11 abril 2009

EN BUSCA DE LA IDENTIDAD ALICANTINA 1. Los problemas de base.


                          
Desde nuestra Asociación Cultural hemos tratado de reinterpretar la esencia del sentimiento alicantino para que la unión de lugares comunes afiance una identidad cultural nunca reconocida a lo largo de los años, que intenta escapar de la peligrosa ruta hacia el cantonalismo o el provincianismo más rancio que huele a tierra mojada. No obstante, si queremos excarcelar la provincia de la dictadura del olvido a la que ha sido condenada, debemos ennoblecerla hacia cotas extremas, hacia la categoría mítica; podríamos decir que la construcción de una identidad va ligada a la mitificación del lugar: la Andalucía de Lorca (y la construcción literaria del entorno), el Madrid de Los Austrias o la Barcelona de Gaudí (mitificación urbanística o arquitectónica). Pero antes de proponer una ciudad invisible, una idea de ciudad atemporal que nos ayude a reflexionar sobre el concepto de ciudad y de provincia, observemos la ciudad más reconocible.

Nuestro primer problema siempre ha sido aceptar el pensamiento único instaurado que identifica que Alicante = Sol + Playa. El símbolo corporativo Costa Blanca que tanto turismo ha arrastrado hacia nuestras playas y tanta repercusión negativa desde el punto de vista cultural (no económico, se entiende) ha generado, convierte la provincia entera, por el hecho de ser costera (¡aunque su otra mitad sea la segunda más montañosa en España!), en un estereotipo del turismo cutre: el chiringuito, la paella en la arena, la tumbona, la sombrilla, la pelota Nivea, los paseos sin camiseta por toda la ciudad (una imagen totalmente lamentable), las chanclas con calcetines, el desenfreno nocturno, y el tráfico veraniego ante las pieles rojas del extraño que se concentra en el microcosmos del hotel. No se puede negar esta evidencia, pero tampoco es lícito basar la trayectoria de toda una provincia en un cliché promovido a partir de los años 60, afianzado en películas del destape y acrecentado en programas concurso como el Un, Dos, Tres.


Un grave problema de origen, y muy poco solucionable apriorísticamente es lo que vamos a denominar la cuestión del nombre. Somos y pertenecemos a la Comunidad Valenciana como históricamente miembros del antiguo Reino de Valencia, y esa parte de nuestra esencia hace que todos los pueblos de la Comunidad compartamos fiestas, tradiciones y cultura. Pero, a la vez, somos la única comunidad no uniprovincial que se llama como la capital de la misma. No tenemos una bandera (dispensad mi breve intromisión en símbolos) que englobe a las tres provincias que integran el territorio, porque la bandera de la Comunidad es la misma bandera de la ciudad de Valencia. Este error de base hace que muchos (no todos) cuestionen su identidad valenciana, o que, simplemente la respeten aunque no se identifiquen, y es una verdadera lástima que los padres de la democracia no supieran ver este, en principio, insignificante detalle, que hubiera sido capaz de unir a todo un pueblo. Un gijonés es igual de cántabro que andaluz un jienense, ¿pero igual de valenciano que un alicantino?

El elemento folklórico no debe apartarse en una orilla ni dejarlo reposar en la anécdota, porque es un factor determinante del que no nos hemos aprovechado. Es cierto que no hemos sabido conjuntar nuestra tradición popular y encumbrarla al nivel que se merece; cualquier alusión al fuego, elemento mítico mediterráneo por antonomasia, o a la magia de la pólvora, exaltada en el rito de una noche tan mágica (y shakesperiana) como la de San Juan, la igualamos al ritmo foguerer de octogenaria vida, a la barraca y al error que Pau Vicedo nos enseñó hace ya algún tiempo: castigar al idioma valenciano al terreno folkórico. Por supuesto que esto no pasa en toda la provincia, ni en el Misteri d’Elx (Patrimonio de la Humanidad), ni en la Nit de l’Alba, y menos aún en las fiestas provinciales de Moros y Cristianos, una tradición que es Patrimonio Cultural; pero sí ocurre en la ciudad de Alicante, que debería, como (mala) capital de provincia, amalgamar la poliédrica suma de tradiciones. Por eso llamó tanto la atención el famoso editorial del Información del 18 de noviembre de 2007: “Alicante, capital Elche”, con frases tan lapidarias como: “Y en eso están especializando a los alicantinos: en no ser nada.”
           
En última instancia, debemos hablar de los propios alicantinos. Si el menfotisme ha acampado a sus anchas en toda la región, el melapelismo alicantino ha alcanzado el grado sumo. Hoy por hoy, la provincia no la construimos nosotros, los alicantinos, ya que cualquier grafittero, miccionador público, o cerrajero, fontanero y electricista pega-pegatinas y destroza-fachadas tiene casi más poder que las concejalías municipales. Si el Tossal está en ruinas es por culpa de los gobernantes, pero no me negarán que los alicantinos hemos contribuido a esa degradación total en nuestras calles. Por poner un leve ejemplo: las flores y los maceteros tan criticados en Alicante dentro del proyecto “Guapa, guapa y guapa” fueron un éxito total en Sant Vicent (gran ciudad de óptimo crecimiento). ¿Por qué aquí no? Porque los propios alicantinos arrancaban las flores. Porque aquí no nos importa nada. Y aquí llegamos al extremo hipodérmico de la cuestión: la jaula dorada en la que se creen que viven los alicantinos. Seamos serios, la población alicantina de ascendencia alicantina se mermó en los 70, y es ahora cuando empiezan a surgir las nuevas generaciones de alicantinos de padres alicantinos. Durante ese tránsito, ¿cuántos alicantinos habían viajado por Alcoi, San Miguel de Salinas, Xàbia, Gata de Gorgos, Penáguila, Cocentaina, o incluso Elche? ¿Cuántos conocían la riqueza de su provincia y de sus nueve comarcas? Si acaso las manos alzadas son muchas, planteemos la pregunta a la inversa, ¿cuántos no conocían Benidorm y Torrevieja? Por supuesto, ahora la cosa cambia.

En definitiva, si sumamos estos factores a los igualmente comentados en cualquier debate alicantino por excelencia, es decir, el caos urbanístico en el que se ha sumido y hundido nuestra provincia, tan comentado y debatido en esta web como en las webs amigas que tenéis en la pestaña de la derecha, observamos un difícil panorama para contrarrestar, y que trataré de responder (una vez leídos vuestros comentarios) en el próximo artículo, basándome en el primer párrafo de éste: la mitificación del lugar. Para que nos hagamos todos una ida, la concepción (inicial) que propongo para el (re)conocimiento puede identificarse con una imagen, la de Gastón Castelló en el mural del aeropuerto, la llamada "Exaltación de la Provincia de Alicante".

 
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