16 mayo 2008

UN PASEO POR ALICANTE

Siempre me ha gustado pasear por Alicante.
¡Qué delicia!
Salir de casa muy pronto, en uno de esos días de Invierno soleado, con el fresquito de la mañana en el rostro, y darse un garbeo por el Paseo de Gomiz o por las alturas del Barrio de Santa Cruz, bajo la mirada impávida de la Cara del Moro.
Ya desde muy joven, los domingos, me iba hasta la punta de la farola del puerto, y contemplaba a mi Alicante mientras olía ese peculiar aroma marino de salitres y breas, bajo los chillidos indiscretos de las gaviotas, que se disputaban la morralla que tiraban al mar los pescadores, seleccionando sus capturas.
O me relamía contemplando las bateas de las mejilloneras, con sus cuerdas colgantes, repletas del tesoro que después uno podía devorar en forma de mejillones al vapor en el Bar Marítimo o en la Mejillonera, cercanos a Correos y a la plaza que un día se llamó “de las barcas”.
Después me hice montañero y alguna vez, desde lo alto de la Carrasqueta, veía Alicante, allá abajo, junto al mar, guardado por sus dos castillos y los dos cabos que cierran su bahía, vigilada por la isla de Tabarca.
Alicante y sus alrededores, a vista de pájaro, junto al pozo de nieve que ahora es el hotelito Pou de la Neu. Pero, andar por las tierras amadas y comprobar que conservan su belleza es un placer que no siempre nos está permitido.

Este fin de semana, participando en los actos de la Quincena de la Ciudad, organizada por la Plataforma de Iniciativas Ciudadanas, he dirigido dos “Paseos Terretrèmol”: uno por la ciudad que pudo haber sido y no es, y el otro por el Castillo de Santa Bárbara y sus murallas.
Me ha acompañado una treintena de amigos curiosos, la mayoría forasteros de nacimiento, de los que se interesan por la ciudad más que sus menfotistas habitantes de toda la vida.
Vamos, como para exigirles ese absurdo contrato que, para los extranjeros, promueve el President Camps, con el compromiso de adoptar las costumbres valencianas.
Ya quisiera yo que los nativos alicantinos amaran y se preocuparan por su ciudad tanto como ellos.
El sábado comenzamos visitando el Parque de Canalejas o “paseo de los animales amputados”. Todas sus estatuas están tullidas: los leones no tienen rabo, los peces no tienen cola, los perros no tienen cara. Horroso y lamentable testimonio de la desidia de quien debiera velar por la belleza urbana…
¿Y eso de la desidia qué es?
Nos diría algún personaje que yo me sé, al que sólo importan costes y beneficios.
La Casa de Alberola, con una torre moderna incrustada en su decimonónico vientre, es uno de los tres monstruos urbanísticos que horrorizan a las mentes sensibles.
Otro es el rascacielos del Hotel Gran Sol, la única construcción de esa altura, en todo el mundo, con dos paredes medianeras que, por mucho que el pobre Xavier Soler se esmerase en decorar con su bello mosaico, no dejan de ser unos lienzos lisos e incomprensibles.
Y como colofón, el edificio del antiguo Gobierno Militar, en extraña mezcolanza con una casa de estilo indefinido, como una criatura de Frankenstein hecha de cemento, ladrillo y piedra.
A esto sumemos los monumentos que no conmemoran nada, como ese dedicado a Agamenón, frente al Teatro Principal, que le hace pensar a uno si es que ese personaje homérico, al terminar la Guerra de Troya, se vino a Alicante a diseñar el Plan de Ordenación Urbana, que aún no se ha aprobado desde aquellos remotos tiempos.
La pasarela de la Playa del Postiguet, que nos conduce suavemente a una escalera impracticable para las sillas de ruedas, es otra de tantas aberraciones y despropósitos. El domingo, desde las alturas de Santa Bárbara, pudimos apreciar el conjunto y, en el horizonte, la amenazadora perspectiva de un futuro y demencial Plan Rabasa…
¡Qué barbaridad!
Parece que esta ciudad, durante siglos, ha sido diseñada por unos locos que, en vez de ofrecernos un conjunto urbano acorde con el maravilloso clima y la luz que dio nombre a la población, se hubieran empeñado en demostrar que no todo puede ser bueno y que la suciedad y las barbaridades urbanísticas son el precio que hemos de pagar por vivir en esta tierra de brisa, sol, palmeras y horchata.
Qué pena, señor Alcalde.
Con el gusto que da pasear en una mañanita de mayo.

Miguel Ángel Pérez Oca.
(Leído en Radio Alicante el 13-5-2008)

 
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