18 junio 2013

LOS ORÍGENES DE LAS FIESTAS DEL FUEGO

Conferencia impartida en el Salón de Actos de la ONCE de Alicante, el día 6 de marzo de 2013, durante la charla-debate Fogueres per a tots. Història, discapacitat i integració, organizada por la Associació Cultural Foguera La Ceràmica, en su XIII Edición de las Jornadas Culturales.

Alrededor del día 21 de junio, dependiendo del año, se celebra en el hemisferio norte el día más largo del año: el solsticio de verano. Su celebración es tan antigua como la humanidad.


La palabra solsticio procede del latín y significa «parada del sol», porque en un principio se creía que el sol no volvería a su esplendor total, ya que después de esta fecha los días era cada vez más cortos. Por esta razón, hogueras y ritos de fuego se iniciaban para simbolizar el poder del sol y ayudarle a renovar su energía: se encendían fuegos en las cimas de las montañas, a lo largo de los arroyos, en la orilla del mar, en mitad de las calles y frente a las casas; se organizaban procesiones con antorchas, se echaban a rodar ruedas ardiendo colina abajo y a través de los campos; se bailaba alrededor del fuego y se saltaba por encima de él, para purificarse y protegerse de malas influencias y asegurar el renacimiento del sol.



El culto al sol

Se puede decir que todo empezó hace más de cinco mil años, cuando nuestros antepasados, tan amigos ellos de observar las estrellas, se dieron cuenta de que, en determinadas épocas del año, el sol se mueve desde una posición perpendicular sobre el que hoy conocemos como Trópico de Capricornio, hasta una posición perpendicular sobre el Trópico de Cáncer. Estos días extremos en la posición del sol, los solsticios de invierno y verano, coinciden con los días 21 de diciembre y de junio, respectivamente, en el hemisferio norte. El día que veremos al sol ponerse más al sur es el 21 de diciembre, y el día que lo veremos ponerse más al norte es el 21 de junio. Hablando propiamente del solsticio de verano, en esta fecha el eje de la tierra está inclinado 23,5 grados hacia el sol, lo que ocasiona que en el hemisferio norte el 21 de junio sea el día más largo del año.


Ni que decir tiene que esta fiesta es muy anterior a las religiones mayoritarias actuales. Un antecedente lo encontramos en la celebración celta del Beltaine, cuyo nombre significaba «fuego de Bel» o «bello fuego» y era un festival anual en honor al dios Belenos. Durante el Beltaine se encendían grandes hogueras que eran saltadas por los más atrevidos con largas pértigas. Después, los druidas hacían pasar el ganado entre las llamas para purificarlo y defenderlo contra las enfermedades, a la vez que rogaban a los dioses que el año fuera fructífero, y no dudaban en sacrificar algún animal para que sus plegarias fueran mejor atendidas.


Otra de las raíces de tan singular noche hay que buscarla en las fiestas griegas dedicadas al dios Apolo, que se celebraban en el solsticio de verano, encendiendo igualmente grandes hogueras de carácter purificador. En esos antiguos mitos helenos, a los solsticios se les llamaba puertas: la «puerta de los hombres» correspondía al solsticio de verano (del 21 al 22 de junio), a diferencia de «la puerta de los dioses» del solsticio de invierno (del 21 al 22 de diciembre). Los romanos, por su parte, dedicaron a la diosa de la guerra, Minerva, unas fiestas con fuegos, y tenían la costumbre de saltar tres veces sobre las llamas. Se atribuían propiedades medicinales a las hierbas recogidas en aquellos días.


Antes de cristianizarse la fiesta, los pueblos de Europa encendían hogueras en sus campos para ayudar al sol en un acto simbólico con la finalidad de que «no perdiera fuerzas». En su conciencia interna, sabían que el fuego destruye lo malo y lo dañino. Posteriormente, el hombre seguiría destruyendo los hechizos con fuego, y el cristianismo, como luego veremos, fue experto en reciclar los viejos cultos paganos. En los países orientales, con ritos y creencias distintas, se celebraban igualmente estas fiestas, conservando en todas ellas la misma esencia: rendir un homenaje al sol, que en ese día tiene un especial protagonismo, cuando el poder de las tinieblas tiene su reinado más corto.


En cualquier caso, al sol se le ayuda para que no decrezca, y mantenga todo su vigor, simbolismo que era también compartido por pueblos incluso separados por océanos. Es el caso de los incas de Perú, cuyas dos fiestas primordiales son el Capac-Raymi, que tiene lugar en diciembre, y la que se celebra cada 24 de junio, el Inti-Raymi o Fiesta del Sol, en la impresionante explanada de Sacsahuamán, muy cerca de Cuzco. En el momento de la salida del astro rey, el Inca eleva los brazos y pide al sol su calor para que el frío desaparezca. Se siguen practicando y representando hoy en día para conmemorar la llegada del solsticio, con un claro tinte turístico, y los habitantes de la zona se engalanan con sus mejores prendas al estilo de sus antepasados quechúas, y recrean el rito inca tal y como se realizaba.


Aún en la actualidad, existe gran cantidad de leyendas y creencias respecto de la Noche de San Juan y, sin contar las innumerables muestras de este culto ancestral en nuestro país, todavía podemos encontrar ejemplos en multitud de países: Alemania, Francia, algunos de los Estados Unidos (Louisiana, Alaska, Texas), Noruega, Irlanda, Finlandia, Italia, Japón, Inglaterra, Brasil, Israel...


La cristianización de lo pagano

Como siempre ha sido una constante en el cristianismo, con el tiempo se llevó a cabo una cristianización del rito pagano. Esa noche y su amanecer se dedicaron a San Juan, en un esfuerzo por cristianizar las supuestas fuerzas que se manifiestan en esta jornada pagana, uniendo, por una parte, el ritual al sol, con el santo de la fecha, San Juan Bautista, que fue el encargado de dotar de sacralidad a la fiesta. Pero, ¿por qué San Juan Bautista? Pues la respuesta la tenemos en La Sagrada Biblia: San Lucas narra en su Evangelio, que María, en los días siguientes a la Anunciación, fue a visitar a su prima Isabel, cuando ésta se hallaba en el sexto mes de embarazo, quedándose con ella hasta el parto. Por lo tanto, fue fácil fijar el nacimiento del Bautista en el mes de junio, tres meses después de esa visita, celebrada el 25 de marzo, y seis meses antes del nacimiento de Cristo. Desde entonces, se señaló esta noche como la de San Juan, que ha heredado así la serie de prácticas, ritos, tradiciones y costumbres, cuyos orígenes hemos visto que son inmemoriales.


Sin embargo, otras facetas del ritual pagano se perdieron, o son cada vez menos frecuentes, como la antiquísima tradición de enramar las fuentes, relacionada con la prosperidad, la abundancia y la fecundidad. Esta tradición decía que, al amanecer del primer día de verano, las mujeres recogían de las fuentes las «flores del agua» (flores acuáticas), con la esperanza de encontrar pareja, concebir hijos o hacerse con poderes curativos.


Pero, lo paradójico del asunto, es que el 24 de junio se celebra la fecha del «nacimiento» del Bautista, que en realidad no debería festejarse porque de los santos siempre se recuerda el día de su muerte (de hecho, el 29 de agosto la Iglesia conmemora su decapitación), pero según San Agustín se hace una excepción, porque San Juan fue santificado en el vientre de su madre y vino al mundo sin culpa. Escribe San Lucas:

No tengas miedo, Zacarías, pues vengo a decirte que tú verás al Mesías, y que tu mujer va a tener un hijo, que será su precursor, a quien pondrás por nombre Juan. No beberá vino ni cosa que pueda embriagar, y ya desde el vientre de su madre será lleno del Espíritu Santo, y convertirá a muchos para Dios.

El Evangelio de Lucas narra igualmente que el padre de Juan, el sacerdote Zacarías, había perdido la voz por dudar de que su mujer, Isabel, que era estéril, estuviera encinta:

Yo soy Gabriel, que asisto al trono de Dios, de quien he sido enviado a traerte esta nueva. Mas por cuanto tú no has dado crédito a mis palabras, quedarás mudo y no volverás a hablar hasta que todo esto se cumpla.

En el momento del nacimiento, cuando Zacarías escribió en una tablilla «su nombre es Juan», recuperó la voz milagrosamente, tal como se lo había predicho el arcángel. Rebosante de alegría, la tradición dice que encendió hogueras para anunciar a parientes y amigos la buena nueva. Cuando siglos después se cristianizó esta fiesta, la noche del 23 al 24 de junio se convirtió en una noche santa y sagrada, sin abandonar por eso su aura mágica inmemorial, porque fue imposible erradicar los ancestrales rituales solares, por lo que vino de fábula que coincidiera la celebración encendiendo esas hogueras, aunque la finalidad en uno u otro caso fuera absolutamente distinta.



Las Fallas de San José

Pues bien, llegados a este punto, veamos cómo llegó la fiesta del solsticio de verano a convertirse en Les Fogueres de Sant Joan. Para ello, hay que tener primero en cuenta que nuestra Fiesta vino en cierto modo «importada» a Alicante, tomando como modelo Las Fallas de Valencia, que no tienen nada que ver ni con el solsticio ni con San Juan, pero no dejan de ser fiestas del fuego. Primero veremos cómo nació la fiesta del fuego en Valencia, cuyo origen está bastante controvertido.


Entre todas las teorías que circulan entre los estudiosos de Las Fallas, personalmente me quedo con la que explica que, antiguamente, la luz la facilitaban los crisoles, y los artesanos, sobre todo los carpinteros, los colgaban de un artilugio hecho de listones de madera llamado parot, estai, astai o pagés, una especie de candelabro, bastante alto, que tenía diversos brazos de los que colgaban dichos crisoles. Al terminar el invierno, y conforme entra la primavera, el día va alargándose, por lo que los carpinteros se deshacían de esos parots, quemándolos, y a la vez aprovechaban para limpiar el taller y quemar igualmente todos los retales de madera que se habían almacenado durante el invierno. El Gremio de Carpinteros adquirió la costumbre de realizar estas limpiezas la víspera de su patrón, San José, que se celebra desde 1497 el día 19 de marzo.


Ahora, haciendo gala del ingenio levantino, imaginemos que a un carpintero se le ocurre un buen día la idea de «vestir» su parot con ropas viejas, y que esto motivara a algún poeta espontáneo a ponerle un cartel, criticando una situación o un hecho significativo del momento. Podríamos decir que así nace el primer ninot. Lo demás se sucedería por pura inercia: del ninot único se pasa a una escena o conjunto de ellos, donde dos o más ninots representan una situación, y entra en juego el diálogo. Normalmente se situaban dichas escenas pegadas a un lateral de la calle, pero las escenas van tomando volumen, y con ello sobresaliendo de esas paredes, hasta que nos encontramos con que, en la documentación más antigua hallada sobre Las Fallas, concretamente del año 1784, un Oficio de la Autoridad Municipal de Valencia prohíbe quemar fallas, que ya las denomina así, aunque aquí no vamos a entrar en el origen de tal denominación, en las estrechas calles de la ciudad de entonces, por el peligro de incendio de las casas colindantes, además del lógico obstáculo que presentaban para el paso de los carruajes y para los propios transeúntes, obligando a colocarlas en plazas suficientemente amplias. La consecuencia directa fue que se pasó, de la escena unidimensional, al conjunto de escenas que pudiera visitarse dándole la vuelta completa. Con el modelado de esos primitivos ninots, en el que entraría la cera antes que la arcilla y el cartón, llegaríamos a los monumentos falleros tal como hoy los conocemos.



Las Hogueras de San Juan

Ahora veamos cómo nos llega a Alicante la Fiesta del Fuego. Cerca de un siglo más tarde de ese Oficio del Ayuntamiento de Valencia, concretamente en 1881, nace en una tierra ajena a fallas y ninots, en Cádiz, José María Py y Ramírez de Cartagena. Hombre observador y sencillo, las vicisitudes de la vida y de su familia le llevan a Valencia, donde reside durante 25 años. Allí conoce la fiesta de Las Fallas, al parecer formando parte de varias comisiones y, no sólo se empapa del arduo proceso que supuso la conversión de las mismas en Fiestas Oficiales de la Ciudad de Valencia (antes lo eran las Fiestas de Julio), sino que, dado su oficio de pintor, dato que consta en el Padrón Municipal de Valencia, en donde se cita esa profesión en los padrones de 1915 y 1920, se decide a probar suerte construyendo, sin demasiada fortuna, dos monumentos, según consta en la documentación que obra en el Archivo Municipal de Valencia y en la prensa de la época, que le citan como autor de ambas fallas el mismo año de 1917, la de las calles Muñoz Degrain-Pollo y la de la Plaça de Sant Bult, ambas muy cercanas a la casa donde vivía.


En 1922 se traslada a Alicante, ciudad donde su padre, abogado, es destinado como notario. José María Py, entusiasta y desprendido, se integra rápidamente en la sociedad alicantina, y comienza a participar en las tertulias que se llevaban a cabo en lugares cercanos a la notaría de su padre, que estaba en la Plaza de Gabriel Miró, entonces de Isabel II, como lo eran el Casino, la Asociación de la Prensa, el Hotel Samper, el Círculo Mercantil... Entre ellas, estaba Alicante-Atracción, que organizaba un programa de festejos populares. De este modo, integrado en ese caldo de cultivo que formaban el grupo de artistas, escritores e intelectuales de la época, comienza hacia 1928 su particular «campaña» para llevar adelante su idea de crear para Alicante unas fiestas del fuego similares a las de Valencia, pero llamándose Hogueras o Fogueres, centradas en la fiesta de San Juan y el solsticio de verano, como mandaba la tradición ancestral del rito del fuego. Lo consigue en menos de un año. Y nacen con una estética personal y diferenciada de las fallas, porque caen sobre todo en manos de pintores, mientras que en Valencia eran los escultores los creadores de los monumentos falleros.

Y lo demás, ya es una historia conocida: serían declaradas Fiestas de Interés Turístico Internacional en 1965, y en enero de 1999, Fiestas Oficiales de la Ciudad de Alicante, con vocación de convertirse en un futuro cercano en Bien de Interés Cultural Inmaterial.


Pero, para terminar, una anotación, aunque sea a modo de anécdota: el antecedente más antiguo que se conoce de Les Fogueres de Sant Joan, se remonta nada menos que a 1698, pues hay constancia documental de que entonces ya se quemaban hogueras en honor a San Juan Bautista en las calles de Alicante. Efectivamente, así lo dejó escrito Josep Sala al relatar la fiesta celebrada por la elección de Ramón de Perelló y Rocafull como Gran Maestre de Malta: «al llegar la procesión a cada una de las plazas, se procedía a quemar las hogueras allí dispuestas». Las hogueras alicantinas aparecen también en poemas de José Vila y Blanco, escritos en 1854. Un Bando Municipal de 1870 prohibía encender hogueras la noche de Sant Joan y tirar cohetes por las calles. Y autores como Francisco Figueras Pacheco, Carlos Arniches y Rafael Altamira, han dejado escrita su visión de las hogueras quemadas en los primeros años del siglo XX, que eran «un costum fet llei» en el Alicante de 1912. Ya entonces la fiesta de Sant Joan tenía algunas costumbres que hoy se conservan: se comía coca amb tonyina, la dolçaina y el tabalet acompañaban a los juegos callejeros y a la cucaña, mientras, en palabras de Arniches, se quemaban «trastos viejos».

(Artículo publicado en el blog "La Foguera de Tabarca")

11 junio 2013

FURIA VIKINGA SOBRE TUDMIR (PARTE 1)




 
 A la memoria de Míkel de Epalza.

Los vikingos, entre el mito y la realidad.
 En el imaginario de la Europa medieval los vikingos han encarnado la brutalidad guerrera del Norte pagano. Despiadados y astutos, surcaron las grandes rutas fluviales y marítimas en sus características embarcaciones de la América Septentrional al interior de Rusia. La literatura y el cine han consagrado esta imagen heroica. A partir de la segunda mitad del siglo XX los historiadores han desconfiado cada vez más de los terrores expresados por los monjes en sus crónicas, y han destacado su pericia técnica en las artes de la carpintería, su maestría de navegantes y la importancia de sus colonizaciones en el desarrollo de los pueblos de Europa. La Era Vikinga de los siglos VIII al X eclosiona como la culminación de la civilización del hierro de las poblaciones germánicas de Escandinavia, cuando se forjaron definitivamente las grandes jefaturas monárquicas anhelantes de prestigio, riqueza y de imponerse en sus territorios. Las grandes expediciones respondieron con éxito a tales deseos.
 
La vitalidad vikinga se desbordó sobre una Europa en transformación, en la que estaba afirmándose el feudalismo. El declinar del Imperio carolingio favoreció sus planes en la Francia Occidental, pero no en la Oriental (núcleo de la futura Alemania). El éxito también les sonrió inicialmente ante los reinos anglosajones de Britania y los grandes clanes celtas de Irlanda. No tuvieron empacho, como es natural, de aliarse con alguna facción en lucha en sus empresas militares, de tal modo que la historiografía invierte hoy en día la prelación de los ataques vikingos en los orígenes de los castillos feudales. Más bien fue la degradación del orden imperial público el que les proporcionó alas. Las experiencias exitosas de Carlomagno, de Alfredo el Grande y de Abd al-Rahman II de Córdoba así lo prueban. Precisamente en la Hispania islámica, en el Al-Andalus, los vikingos lidiarían contra una resistencia organizada, pero también aprovecharían con determinación los orificios del poder emiral, aún no bien establecido en nuestras tierras a la altura del 859.     
  
La gran expedición desde el Loira.
Al-Andalus encajó la primera embestida vikinga en el 844, cuando tras saquear Lisboa los normandos alcanzaron Sevilla siguiendo el entonces navegable Guadalquivir. En Tablada las tropas de Abd al-Rahman II les infringieron una sonada derrota.

Sin embargo, la osadía vikinga no se arredró. Procedente del noruego antiguo “víkingr”, la palabra vikingo terminó por significar pirata de mar, y en la segunda mitad del siglo IX su Gran Ejército atacó con diferentes alternativas Inglaterra y Francia. Dos destacados capitanes, Björn Costado de Hierro y Hastein, dirigieron la arriesgada expedición que pretendió tomar la misma Roma siguiendo la costa desde el Golfo de Vizcaya al Mediterráneo Occidental. Diferentes unidades de combatientes vikingos se agruparon bajo su mando con el acicate del botín y de la gloria.

 

La campaña partió en el 859 de las bases de los vikingos daneses en el Loira. Las incursiones de pillaje de los daneses fueron el prolegómeno de la imposición de tributos a las poblaciones locales primero y después de una verdadera colonización en ciertos casos (como el de Normandía). Según Ibn Idari al-Marrakusi su flota se compuso de sesenta y dos naves (cifra en todo caso inferior a las ochenta que asaltaron Sevilla), cuyas características técnicas no especifica pero que podemos suponer a través de los vestigios arqueológicos estudiados en otros puntos: alargadas y estrechas, de cascos abiertos, elaboradas en tingladillo, sin puente y con poca capacidad de almacenar, tan rápidas como flexibles, combinaron la energía del viento con la de sus remeros. La armada albergaría un contingente que no bajaría de los tres mil y no excedería de los cuatro mil hombres. A la Península Ibérica pondrían rumbo sus proas provistos de sus mejores armas, la sorpresa y la celeridad.

Las defensas del emirato de Córdoba.

Abd al-Rahman II legó a su sucesor Muhammad un emirato mejor organizado en lo administrativo, fiscal y militar, pero sobre el que persistían las amenazas internas y externas. En vísperas de la segunda gran incursión vikinga el emir Muhammad combatió la insurrección de la levantisca Toledo, la antigua capital de la monarquía visigoda.

Como posteriormente harían los anglosajones y los francos, los andalusíes pusieron en los mares una importante armada de la que disponemos de muy poca información para esta época. Ibn Idari insiste en su despliegue desde Galicia a la actual Cataluña, pero su principal radio de acción parece que se concretó entre Lisboa y Gibraltar en la época que nos ocupa. Se compondría de distintos tipos de embarcación: galeras para el combate y para el transporte de buques de casco redondo con castillete de popa y arbolados con dos o tres palos provistos de velamen latino (al estilo de los representados en las cerámicas mallorquinas conservadas en San Matteo de Pisa). Los esquifes ayudarían a maniobrar a las naves mayores en los movimientos más complicados y serían inestimables para mantener las comunicaciones de la flota. El propio Ibn Idari cifra en trescientas las naves que actuaron en la expedición emiral contra las díscolas Baleares en el 848-49, lo que nos indicaría la importancia de la susodicha armada cordobesa. De hecho en el siglo X sus efectivos ascendieron en el gran puerto de Almería a trescientos. Desconocemos el punto de integración en ella de los barcos de los corsarios de Al-Andalus, más o menos obedientes a la autoridad cordobesa.

Junto a esta muralla flotante de madera, las tropas terrestres se encontraron apercibidas en áreas sensibles como el curso inferior del Guadalquivir para detener los avances de los invasores. Los alcaides de las principales fortalezas las regían, ya que integraban el “yund” o el ejército costeado por la administración emiral. Las gentes de los distritos dependientes de tales fortalezas tenían que observar una serie de normas de protección en caso de alerta. La disciplina impuesta por el Estado cordobés podía mostrarse de gran utilidad.    

 La tierra de Tudmir.

Precisamente su autoridad todavía tenía que ser fortalecida en la tierra de Tudmir, una de las más singulares “kuras” de Al-Andalus.

Siguiendo al polígrafo del siglo X Al-Razi abarcaba en líneas generales el territorio de las actuales provincias de Alicante, Murcia, Sur de la de Albacete y Norte de la de Almería. Debía su nombre al célebre conde Teodomiro (Tudmir en árabe), que consiguiera del conquistador Abd al-Aziz el no menos famoso Pacto del 713. Se complació Al-Razi en comparar el Segura con el Nilo, y no titubeó en referir las bondades de los árboles de Tudmir, los provechos que le reportaba el mar y la valía artesana de sus poblaciones montañosas.

Eran recursos que no pasaban desapercibidos a ojos de los gobernantes cordobeses. Los enfrentamientos que ensangrentaron Tudmir entre las facciones árabes e islámicas ofrecieron oportunidades de intervención a los emires. En el 825 se erigió la ciudad de Murcia para fortalecer el control de la región, pero hasta la centuria siguiente los gobernantes de Córdoba no conseguirían imponerse del todo. Sobre esta tierra de ocasiones cayeron los vikingos de Björn y Hastein. 

 Nuestras fuentes de información.

La incursión vikinga en Tudmir no la conocemos a través de documentos emirales originales, hoy en día perdidos, sino de historiadores musulmanes que tuvieron acceso a ellos. El historiador que recopiló la información proporcionada por aquéllos, como Al-Razi, fue Ibn Idari al-Marrakusi, autor andalusí que vivió entre los siglos XIII y XIV, un tiempo de tribulaciones y de reconstitución para el Islam occidental tras las grandes campañas de la Reconquista.

 En 1306 apareció su “Historia de Al-Andalus”, escrita de forma escueta y directa. Sobre el tema que nos ocupa refiere con sobriedad el itinerario y las principales acciones de los invasores, sin entrar en anécdotas ni en pormenores que nos resultarían de enorme interés. De todos modos su estilo no resulta tan resbaladizo para el historiador como el de las Sagas vikingas, si bien exige una cuidada crítica de su léxico y un trabajo de comparación de sus distintos pasajes con el fin de extraer la mayor riqueza informativa de su obra, como sucede con otros autores de la cultura árabe, difícil ejercicio en el que mostró toda su maestría Míkel de Epalza.

Los normandos y uno de los pulmones de la naciente Europa, el Mare Nostrum.

El Mediterráneo era zona de promisión para los guerreros-comerciantes y mercaderes de esclavos.
 La flota vikinga surcó las aguas atlánticas de la Península, y a la altura del litoral de la “kura” de Beja dos de sus naves cargadas de oro, plata, esclavos y provisiones fueron apresadas por los andalusíes. No consiguieron los normandos violentar la entrada por el Guadalquivir una vez más, pero saquearon Gecira al-Hadra.

 A partir de este momento la suerte les resultó más favorable. Atacaron la costa norteafricana, castigando a los potentados de la Idua, y después tocaron el Rif de Al-Andalus, identificable con el área malagueña. Al-Marrakusi nos ofrece una perspectiva muy sugerente del llamado por Braudel Canal de la Mancha del Mediterráneo, de hermandad geográfica y cultural entre sus dos orillas, digna del onubense del siglo XI Al-Bakri, que presentó los puertos andalusíes acompañados de su gemelo norteafricano en línea recta. Esta amplia zona marítima parecía escapar del control directo de los emires de Córdoba.

 Los vikingos irrumpieron en la cuenca de un mar en el que ni la vida urbana ni la comercial habían fenecido. El tráfico de productos lujosos y de esclavos gozó de gran valía. Los conquistadores carolingios habían arrojado muchos esclavos en los mercados europeos, regulándose su trato en tierras de su imperio por el Capitular de Diedenhofen (805). Los vikingos prosiguieron con tan lucrativo como deshumanizado comercio, extendiéndolo con vigor a nuevas tierras de la Europa Oriental, la de los eslavos. La demanda de esclavos persistió entre las aristocracias y los ciudadanos del Mediterráneo, con independencia de su credo. Monasterios como el de Santa Giulia de Brescia llegaron a disponer de hasta 750 esclavos prebendados frente a sus 800 familias labradoras de parcelas de tierra o tenencias.

El comercio, junto a otros factores, alentó el crecimiento de las ciudades en Europa entre los siglos VIII y IX, según Michel Rouche. La Italia de influencia bizantina (Nápoles, Salerno, Gaeta, Amalfi y Venecia) actuó de correa de transmisión económica hacia la llanura del Po y el valle del Rhin, coincidiendo con la elaboración de documentos de gran interés como el “Libro del éparca”, bajo el reinado del emperador bizantino León VI (886-912), que refería las normas de veintidós corporaciones de oficios. El tráfico mercantil también benefició a los poderes locales, y el franco Carlos el Calvo no tuvo más remedio que ordenar en el 864 a sus condes que le dieran noticia de los mercados existentes para sancionar a los no autorizados. En el 844 una ciudad como la rosellonesa Elna se definía como mercado público. En la segunda mitad del siglo IX la regalía de la acuñación de moneda se fue resignando cada vez más por las grandes monarquías cristianas a potentados territoriales, deseosos de disponer de medios de pago reconocidos y prestigiosos para atender sus necesidades económicas en materia de comercio y tributación.

En tierras mediterráneas las comunidades judías actuaron con vivacidad como intermediarias en el tráfico de esclavos, transitando las rutas que unían la Europa carolingia con Al-Andalus. En el fondo la piratería intentó capturar parte de sus beneficios, lo que en parte explicaría el auge de los llamados piratas sarracenos, en ocasiones identificados con andalusíes rebeldes a la autoridad cordobesa. En el 815 atacaron Alejandría, Creta en el 827, Sicilia en el 839 y la propia Roma en el 846 con gentes de Tahart. Llegaron a establecer una temible base en el 891 en Fraxinetum, en la costa provenzal. En el siglo IX también piratearon en el Mare Nostrum las naves de los condes de Ampurias y de las gentes de las Baleares, no dominadas por Córdoba hasta el 902 completamente.

En las aguas mediterráneas los vikingos no se sintieron extraños. A lo largo de sus singladuras capturaron esclavos que vendieron sobre la marcha, aceptando asimismo su rescate por parte de sus allegados. La incursión del 859-61 franqueó en cierto modo el camino de la simbiótica Sicilia normanda, donde Al-Idrisi ofrecería su descripción de Al-Andalus y de otras tierras al rey Roger II.

CONTINUARÁ

VÍCTOR MANUEL
GALÁN TENDERO
Fotos: Alicante Vivo

09 junio 2013

EL FONDÓ DE LES NEUS I LES SEUES PINTURES MURALS (PART 2)



Continuem amb les fotos que el nostre amic Carles Salinas va fer al Fondó de les Neus. Les primeres fotos pertanyen a la Parròquia de la Mare de Déu de les Neus, part de les fotos de la ual vam vore a la primera entrega d'este article.













Rajoles originals


Carrer Major

 
Plaça de la Vila. Ajuntament



CARLES SALINAS

 
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