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viernes 23 de mayo de 2008

LOS FANTASMAS DE LA TERRETA

Realmente, ¿qué serían aquellas señoras llamadas "brujas"? ¿unas adictas a las setas e infusiones alucinógenas que se reunían para "flipar" igual que hoy los amigos de la marihuana? ¿Sería el herbero una antigua poción?

A lo largo de este mes hemos publicado una serie de curiosos relatos sobre hechos extraordinarios, que sucedieron en nuestra provincia, en distintos pueblos a lo largo de nuestra geografía, que pasaron a la cultura local, convirtiéndose en cuentos, leyendas o historias que contar en noches de campamento, tertulias de sobremesa o paseos por el monte, tanto en la montaña, en la costa como en las grandes ciudades:

- El Vicari del Cepet
- Un Aquelarre en la montaña alicantina
- Las faltas de Roseta

- El amante helado

- El estacazo del Tío Follajes

- El escopetazo de Frasquito
- Los cerdets de Relleu
- Un muerto que no lo estaba

- El gran robo de Benimasot

Se trata de relatos sobre fantasmas corpóreos, duendes y brujas, acaecidos en nuestra historia reciente (primer tercio del Siglo XX), y que normalmente, todos tienen una explicación realista, muchas veces vinculada a actividades que se deseaban mantener ocultas bien por pudor y vergüenza o bien por mantener en secreto algo que cambiaría la imagen de ciertas personas. Después, el boca a boca, el imaginario popular y el miedo a lo desconocido, hicieron que estas historias se tornaran en auténticas leyendas. Sin embargo, aunque sea difícil averiguar dónde está el límite entre la fantasía y lo real, todas estas historias fueron investigadas y recogidas por Francisco G. Seijo Alonso con estudio de campo, in situ, a veces tomadas de los propios protagonistas, y otras, de personas allegadas. Estos relatos, publicados a lo largo de 1986 en el Diario Información, bajo el título de una serie llamada "Cosas de Fantasmas, Duendes y Brujas", fueron acompañados por espléndidos dibujos ilustrativos del artista alicantino Remigio Soler.

Dibujo de Remigio Soler.

Hoy, quizá las leyendas no se fraguan del mismo modo, sino que surgen como leyendas urbanas vinculadas a objetos de nuestra cultura moderna. Quizá sean igual de válidas, pero aquellas historias de las noches oscuras de los pueblos, en los que todos se conocían y cualquier ruido en la noche era alarmante, tienen algo especial que nos atrae. Imaginarnos años atrás, donde la gran mayoría de la población era analfabeta y no tenía educación reglada, es trasladarnos a un mundo donde la cultura es oral, se propaga a través de las personas, por leyendas e historias con moraleja... un mundo en el que con el miedo se infundían valores morales para supuestamente "educar" en lo que se debía y no debía hacer, y en el que a lo desconocido no se le buscaba explicación científica, sino sobrenatural...


Y como amantes de nuestra tierra que somos, nos gusta recuperar conceptos relativos al tema que nos ocupa, hoy casi olvidados, como "bubotas", "muixerangas" y "carassetas", que eran plenamente conocidos en nuestro territorio cuando estas leyendas de fantasmas servían por ejemplo, para hacer que los niños se portaran bien y no salieran de casa de noche, para atemorizar al pueblo y poder realizar actividades "ilícitas" sin miradas delatoras, o para justificar hechos que a alguno le habrían traído serias consecuencias.

Encontrarse a alguien así en el pueblo, a medianoche, podría dar sustos a más de uno (entonces no había televisión, y no nos causaría risa, sino todo lo contrario...). Pero seguramente, se trataría de algún chico que habría ido a gozar con su amada, escondiéndose de miradas ajenas que le acusaran o le pidieran explicaciones, y ahuyentándolas aprovechándose de las leyendas populares.


Aprovechando el estamento social de las distintas comarcas, hubo una época, llamémosla de esplendor, en el primer tercio de nuestro siglo, en lo que a fantasmas, duendes y brujas se refiere, basado en diversas coyunturas, muchas veces adoptando los primeros tales formas, con determinada urdimbre, para llevar a término sus fines.

El fantasma, en la lengua nativa toma las denominaciones de bubota, la por, follet, muixeranga, óbila e incluso carasseta. No obstane, se conoce mayormente por el apelativo de bubota, adoptando por corrupción, deformación o modismo local, las variantes de buberota, mumerotes, mumaranta, etc... Aunque por lo regular, muchas veces no se matiza convenientemente, fundiendo o invirtiendo los términos del espécimen, mezclando lo real con lo ficticio, dando así base de sustentación a un popurrí de creencias y supersticiones.

Reuniones misteriosas en los bosques, rituales en los solsticios... las herencias de las culturas paganas perduraron durante siglos. Incluso algunas, fueron incorporadas a rituales actuales por la religión cristiana y las celebraciones populares.

En Relleu hallamos una especie de cerdet o duende que brota en la noche montándose a la grupa de las caballerías, asustando al viandante. Están asimismo, las óbilas -lechuzas- que se acomodan y crían en la torre del campanario de Sella; els gambosins en Torremanzanas, apareciendo en las noches de viento, aterrorizando a las gentes; els bous, de Aigües, que con sus afiladas cornamentas, atracaba en la negrura, erizando los pelos al más templado; las bruixes de Planes, trasladándose en la noche volando sobre tinajas, por encima de los barrancos, reuniéndose en la Almazara del Duc; los duendes de Almudaina, fastidiando al pueblo con sus trastadas...
Encontrar en plena oscuridad una cara como esta, hacía a la población huir empavorecida.

Y es que imaginaban que se trataba de un ser como éste...

De todas formas, en Alicante el fantasma corpóreo ha sido siempre el que más hechos ha promovido. La tramoya para organizar una buena fantasmada, se formaba con dos palos puestos en cruz, logrando así una especie de parot o estai, lugar en donde los carpinteros colgaban los candiles al menguar la luz solar. Era como una especie de cruz, de buenas proporciones, en la que, en su parte superior, se colocaba una calabaza a la que previamente se le habían practicado algunas aperturas, quedando traslúcida merced a un cirio que se colocaba en su interior. Este artilugio se cubría entonces con una sábana y con este espectro bien enarbolado en el tremolar nocturno, se atemorizaba al más bragado.
La aparición de estos fantasmas en la noche, puede atribuirse a diversas causas: relaciones extramatrimoniales, la gran mayoría de las veces; contrabando en la costa; hurto de frutos del campo, y bromas de mal gusto.

Aunque creíamos que era una importación americana de Halloween, las calabazas iluminadas ya formaban parte de nuestra tradición europea desde hace siglos...

En el primer caso, deberíamos tener en cuenta que la emigración hacia las ciudades del norte de África eran constantes. Esto, unido a que una buena parte de los hombres del litoral eran marinos, pasando largas temporadas por los mares del mundo, y que otros marchaban a la ribera valenciana, en la época de la recolección del arroz o a la Mancha y Castilla en la siega, los pueblos quedaban materialmente huérfanos de hombres.
Así pues, en estos ires y venires, un gran número de mujeres quedaban viudas en vida de sus cónyuges, de tal forma, que los venturosos galanes que quedaban en la contornada, hacían su agosto rindiendo pleitesía a las bellas.

De todas formas, había que guardar las apariencias, siendo menester valerse de estas artimañas, espantando así a los guardianes del virtuosismo, aún a sabiendas, por todos, que al aparecer en escena uno de estos esperpentos, lo más seguro era que por medio había un negocio de faldas. Cuando salía un fantasma, inequívocamente, en un noventa por ciento de los casos, había una componenda amorosa. Para aquellas viudas, alguien compuso un refrán, comparando a la mujer con la bota de vino: si se destapa sale a chorro.

También se empleaba el ardid en los impedimentos amorosos, con frecuencia entre dos rivales que pretendían a la misma muchacha, o bien por los padres, al considerar inoportuno el pretendiente de su hija, motivos familiares, etc...

También, los que apetecían bienes ajenos, se vestían de fantasmas, desvalijando la hacienda del vecino, robando melonares, frutos, etc... Cuando en la noche se vislumbraba una luz en movimiento, sin o se trataba de amoríos, al día siguiente la cosecha había desaparecido de los bancales o de la cambra.

Por otra parte, las bromas entre amigos o rivales eran muy frecuentes. La más generalizada, consistía en hacer beber a la víctima más de lo normal. Entonces, al estar un poco cargado, le decían que no tenía agallas para arrimar las posaderas a la puerta del cementerio, a la vez que decía "calces negres, calces blanques". Aquél, picado en su amor propio, enfilaba hacia el camposanto, mientras los bromistas se cubrían con la fatídica sábana, dándole un susto mayúsculo, haciéndole huir muerto de miedo hacia la taberna, perdiendo la apuesta.

Otros, empleaban incluso ataúdes. Uno de estos casos, ocurrió en las cercanías de Alicante, cuando al volver un mozo de visitar a la novia, en pleno campo, halló un ataúd con un muerto en su interior, siendo tal el susto que casi le cuesta la vida. Uno diferente, es el del huertano de Rojales, verídico: de tan roñoso que era, se compró en vida el ataúd para así poder discutir su precio, dando un susto de muerte a su mujer, al hallarlo tumbado dentro, envuelto en un sudario, llevando la situación a las últimas consecuencias.

¿Serían las hadas de los bosques mariposas de las que alguien quedó prendado?

¿Y los elfos, gnomos y ogros... serían personas deformes que habrían tenido que huir a los bosques y montañas para llevar vida de ermitaños y huir de la gente que los acusara de estar endemoniados o de ser monstruos?

De todas formas, se daban las excepciones y en alguna ocasión la buberota quedó malparada a manos de alguien que usó de sus mismos métodos, disparándole una perdigonada en la cabeza. Para contrarrestar esta ofensiva, que acabaría con la farsa, hubo un tiempo en que se puso de moda el fantasma de pega, o incluso artilugios que se alzaban a voluntad desde la rama de un árbol -especie de marioneta- dando más de un susto a los brabucones que osaron enfrentarse al fantasma, al comprobar cómo el estatermo, tras caer -intencionadamente- a tierra, volvía a levantarse amenazadoramente.

Diremos, para finalizar, que si bien era conocido entre la población la existencia de estas tretas y artimañas para "fabricar" fantasmas con fines diversos, el miedo a encontrarse con una silueta blanca en la calle o en la casa, era evidente, pues si no, no servirían de nada a quienes los empleaban. Y esto era así, porque a pesar de que haya muchas situaciones destapadas, hay otras leyendas e historias de miedo que nunca se pudieron explicar, vinculadas a los difuntos, a los otrora profundos y desconocidos bosques y montañas, a los antiguos castillos y fortalezas... y éstas fueron las que realmente hicieron creer a la gente la existencia de fantasmas, duendes y brujas en nuestra tierra, y precisamente, por no poderse explicar, se atribuían a fuerzas paranormales, extracorpóreas y sobrenaturales.

Pero al fin y al cabo, como suelo decirle a mis amigos cuando nos metemos por algún bosque o casa abandonada, debemos tener a veces más miedo de los vivos que de los muertos. No suele haber sitios más tranquilos y seguros que los cementerios, y es más probable que si te encuentras a alguien andando a solas por el bosque, se asuste de tí tanto como tú de él.

Escena de Sleepy Hollow. Entre las ramas y recovecos de las cortezas de algunos árboles centenarios, alguien predispuesto por las leyendas y sugestionado podría tener tendencia a ver cosas "extrañas", y por ejemplo, encontrar caras y creer que sus ramas eran brazos.

martes 20 de mayo de 2008

EL GRAN ROBO DE BENIMASOT

El calle de Ceta, albarizo, deslumbrante al sol, baja encajonado en pronunciada pendiente entre las altísimas sierras de Almudaina y la Serrella, desde la cima de Alfaro hasta los linderos del valle de Travadell. Por su centro, entre marga gredosa, corre un riachuelo de ínfimo caudal que confluye en el río de Penáguila. Colgando de las laderas de las sierras se asientan, de sur a norte, por este orden, los pueblos de Famoraca, Facheca, Tollos, Benimasot y Balones. En el fondo del valle, sestean Cuatretondeta y Gorga.
Benimassot es un pueblo situado al abrigo de la Sierra de la Almudaina, en uno de los rincones más perdidos de la provincia de Alicante. Su nombre es árabe: "beni-mas ´ud". "Mas´ud" es un nombre muy común en Valencia, Mallorca y Cataluña. Stefanus Maçot era un fraile en el año 1023; Armaldo Massoti fue sacristán en Perpignan. Dicen que el nombre del lugar viene de ellos.


Contemplando hoy las tierras y los pueblos de Ceta, nadie podría creer que en tiempos el valle fue fértil y los hombres ricos. Desde las ruinas del castillo de Costurera, erguido airosamente como centinela perenne entre Balones y Benimasot, queda a nuestro alcance una extensísima panorámica de campos escalonados y una sucesión de montañas circundantes que se van difuminando en la lejanía. Es cierto que las tierras ya no se estercolan y por ello los árboles languidecen; que los pueblos están medio vacíos y sus callejones tristes; que en los barrancos, resecos, ya no se oye la canción del agua. Mas en aquel silencio sepulcral del blanco valle, aun con visos de reproche, lo mismo la soledad que la agresividad del paisaje son gratificantes para el que llega de la vorágine cotidiana de las grandes ciudades. Los toponimios de lugares y geografía, un arrullo: tosal del Rey, Blau, de la Peña, de la Cerradura, del Macho... barranquets de Santa Creu, de la Cova, de Costurera...

Benimasot, en sus tiempos, fue un o de los pueblos más ricos del valle. Tanto, que la iglesia dedicada a la Purísima Concepción, cuyas fiestas se celebraban el día 8 de septiembre -hoy tercer domingo de agosto- estaba decorada con polvo de oro. Esto trajo como resultado que su fama fuera lejos y así, un mal día, atrajo las miradas de los amigos de lo ajeno, sufriendo entonces uno de los robos más singulares de que se tenga noticia.


Era un domingo de Otoño en 1874, temprano, en el instante en que las gentes del pueblo, todas, estaban en la iglesia, oyendo misa de 10. Las campanas de la iglesia del pueblo tocaban a misa. Los lugareños acudían al acto con sus mejores galas. El cura rezaba el evangelio: “In diebus illis, Jesús dixit…”.
De pronto irrumpió una banda de "roders" (bandoleros) -se dice que era una docena larga- llegados desde la Marina, cubriendo, unos, sus caras con pañuelos de hierbas (a cuadros) y, los otros, pintarrajeados con tizne (mascarada), tapadas sus cabezas con amplios sombreros. Estaban armados hasta los dientes.

En ese momento alguien grita:
-“¡Que nadie se mueva!”

Planeado el robo con todo detalle, se vigilaron las entradas y salidas del pueblo, así como las de la Plaza Mayor, donde está la iglesia, costera del Forn, de la Font... Luego se sujetaron las puertas del templo con cadenas, amarrándolas a unos ganchos laterales, atando incluso las campanas de la torre, por si a algún vecino se le ocurría tocar a rebato.
La medianoche anterior, el grupo de bandoleros había atravesado el collado de la Bixauca en dirección a Castell de Castells. Rodearon el pueblo por los llanos en dirección a Fageca. Conocían bien el terreno. Con las primeras luces llegaron a Benimassot. No tenían prisa: fumaban tranquilamente un cigarro, siempre atentos a cualquier movimiento. Habían esperado a que sonaran las campanas de la iglesia. Sabían que el pueblo era muy religioso y todos acudirían a la llamada del cura. Tres entraron en la iglesia, el resto, esperó fuera. Sólo hablaban dos: uno en valenciano y otro en castellano.


Al cundir el pánico, los asaltantes pidieron calma, afirmando que de estarse quietos nada ocurriría. Entonces procedieron a pasar lista, principalmente a los ricachones, dueños de grandes heredades.

Señalan a un vecino que se había arrodillado en los primeros bancos:
-Vosté.

El primero en pagarlo fue Ximo Ferrandis (tio Niu), un hombre de bien muy honrado. Le desvalijaron la casa… ¡embutidos incluídos!
El siguiente fue el Tio Borrull. Alto y muy chistoso, siempre hacía las delicias del pueblo con sus chistes y muecas. Tenía una mula más vieja que Matusalén. Los bandoleros no se la llevaron…. Pero sí todos sus jamones.
El Tío Ferri estaba tan nervioso sentado en el banco de la iglesia que él mismo se delató. Era rico y avaricioso. Se llevaron de su casa vino, aceite, harina, maíz y legumbres. Parece ser que también dinero.
El Tío Jordi era más feliz que el Guerra. Vivió mas que “un cul de morter en un bancal”. Siempre en mangas de camisa, se iba al campo a las siete de la mañana y regresaba a las siete de la tarde, con un fardo de leña, cuatro racimos de uva y dos docenas de higos. Eso fue todo lo que se llevaron de él los bandoleros.

Toda aquella tramoya, debidamente organizada, había sido guiada por persona experta, conocedora del pueblo y de sus habitantes, lo cual quedó corroborado cuando uno de los fantasmas, en un alarde de desprecio o de ingenuidad, se le ocurrió bajar con disimulo el pañuelo que cubría su rostro, encendiendo un cigarro en una de las velas que alumbraban el Sagrario. Entonces, la tía Marieta, reconociéndole como vecino de Balones -no diremos su apodo, pues parece ser que aún tiene herederos en el pueblo de abajo- exclamó: "¡Si vosté es...!"

Aquél, de un manotazo, tiró a la vieja de bruces, amenazándole que si le descubría la degollaría. Dominada la situación, los bandoleros fueron sacando por turno, del templo, a los más distinguidos, dirigiéndose a sus respectivos domicilios. Al tío Savall, al negarse a decir en donde tenía escondidos su bien guardados dobletes, lo amenazaron con prenderle fuego. Lo mismo ocurrió con el tío Pep de la Plaça, al cual metieron en una "xabega" zarandeándole hasta doblegarlo. Más dócil, comprendiendo que no había otra solución que entregar sus tesoros, fue el "señoret" don Bruno Estruch, quien incluso se ofreció a abonar lo de otros vecinos más reacios, para que no les hicieran daño.
El dinero estaba escondido en los lugares más inverosímiles. AL subir las escaleras de una vivienda, debajo de un ladrillo había varias tinajas. Otras monedas y joyas estaban introducidas en un tonel, en la bodega descubriéndolas golpeándolos, con cuya argucia, por el sonido, hallaron el escondrijo.

Así fueron pasando todos los vecinos por semejante trance. El expolio duró tres horas. Cuatro mulos con los serones repletos emprendieron la huida. Parecía que la operación había estado diseñada por un profesional. ¿Sería el famoso bandolero Sifre?

Al quedar exhaustas las arcas de los vecinos de Benimasot, se cargó el preciado tesoro en varios talegos, sobre las caballerías. Hay quien afirma que el "señoret" les preguntó si ya tenían bastante, dándose aquéllos por satisfechos.
La advertencia final de los ladrones, antes de marcharse valle arriba, fue la de que todo aquél que denunciara los hechos, al día siguiente hallaría una cruz roja en su puerta, equivalente a una sentencia de muerte.

Se les ordenó que se quedaran todos quietos hasta el mediodía. Dos horas más tarde de no oír ruido fuera, los vecinos se subieron a la espadaña, pero no vieron nada en el horizonte.
Alguien propuso organizar una partida en su busca y acabar con ellos. Pero el cura hizo que entrara el sentido común y dejaran tal asunto a la Guardia Civil.

El revuelto que este robo levantó en el valle de Ceta, fue enorme, acudiendo vecinos de todos los circundantes a curiosear. La Guardia Civil de Cuatretondeta, lugar en que se halla situado el cuartel desde donde se patrulla aquella amplia comarca, se dice que acudió a Benimasot vestida de paisano, para así poder obrar mejor, enviando los fusiles camuflados en cajas de cirios.
El caso fue que no apareció rastro de ladrones, talegos, ni dobletes, pero a los pocos días, junto al "pouet" de Soler, aljibe situado en el barranco de Malafí, camino hacia el valle del Ebo, se hallaron unas monedas en el suelo, por lo que se supuso que en aquel lugar se realizó el reparto del producto del robo, diseminándose la cuadrilla en distintas direcciones para evitar las suspicacias de los vecinos de los pueblos por donde pasaban.
Cerca del pozo, detrás de unos matorrales, se encontró asimismo el cuerpo de uno de los ladrones, presumiéndose que fue muerto por sus propios compañeros en el transcurso del reparto del botín.

Las autoridades indagaron, preguntaron, recorrieron los caminos… pero ninguna pista apareció. Con el tiempo, el robo quedó casi en el olvido. Y digo “casi” porque unos meses después, otra cuadrilla de bandoleros asaltó el pueblo de Penáguila. Allí, sin embargo, la gente sacó sus escopetas y se liaron a tiros con los ladrones. Dos de ellos cayeron heridos (uno de Polop y otro de Callosa), y cantaron más que Pavarotti. Todos sus “colegas” fueron cayendo uno a uno.
Al principio se pensó que era la misma cuadrilla de bandoleros. Pero no tuvieron nada que ver con el altercado de Benimassot.
El tiempo acabó enterrando la fechoría en el olvido. Alguien cuenta que fueron vecinos de Tárbena; pero lo único cierto es que se llevaron su secreto a la tumba para siempre.

Los actuales habitantes de Benimasot aseguran que grandes extensiones de tierra de la Marina fueron adquiridas con el oro y la plata así arrebatada, mentándose incluso los nombres de algunas haciendas.
A partir de esa fecha, a las viviendas del despojado pueblo se les practicó unas rejillas en las puertas, cuidando de no abrir a la persona que no fuera previamente identificada.

De todas formas, aunque en principio pudiera parecer que el pueblo fuera totalmente arruinado, lo cierto es que aún debieron quedar muchos dobletes escondidos en diversos hogares, pues a raíz de entonces, escarmentados, los hombres de Benimasot jamás volvieron a entrar todos juntos en la iglesia, quedándose siempre algunos fuera, cuando se decía misa, haciendo guardia. El cura se quejaba pero el bienestar de la familia era antes que la salvación del alma.

Fuente:
Serie "Cosas de fantasmas, duendes y brujas" publicada en el Diario Información durante 1986, con dibujos de Remigio Soler y textos de Francisco G. Seijo Alonso.
Juan Luis Román del Cerro. Diario Información

domingo 18 de mayo de 2008

UN MUERTO QUE NO LO ESTABA

Una de las costumbres más tradicionales de Alcolecha, pueblo alicantino situado en las laderas de Aitana, cara a la hoya de Alcoy, es el juego de la pelota valenciana en plena calle. De pronto, pasada la torre circular que formó parte de un antiguo palacio, nos encontramos con un gran gentío en la travesía principal, gritando, aplaudiendo, opinando en barahunda impresionante.
Como la mayoría de los pueblos de montaña, Alcolecha se encarama en anfiteatro por las laderas de la sierra y sus calles son estrechas y pinas, de gran pintoresquismo y singular traza. Un burro sube cargado de leña por el carrer; transita una vieja de luto hacia el diminuto cementerio; allá abajo, un labrador destripa terrones...

A diario, en los atardeceres, la gente busca el descanso en el "casino", hasta la hora de irse a cenar. En tiempos, cuando se jugaba mucho al monte, a pesar de estar prohibido, en el pueblo vivía una mujer "dotora", que gustaba de escudriñar por ventanas y puertas medio entornadas. Luego, con las vecinas, comentaba:
-¡En casa de ... estan jugant al mont!

Por hacerle justicia, hay que decir que tenía un hijo bastante crápula, el cual dejaba los cuartos, con mucha frecuencia, en manos ajenas; por eso su madre lo vigilaba.

El muchacho regresaba muy tarde al hogar, y como la casa era reducida, se veía precisado a acostarse en el gallinero, en el que su madre lo había acomodado. Este hábitat, era el regocijo del pueblo, no cuadrando con los aires narcisistas y de apolíneo del "señorito", como era apodado. Cierto día, un vecino que tenía algunas facultades literarias, propaló una canción que las mujeres, con pegajosa tonadilla, entonaban a diario en el lavadero:

I tenía un galliner
el "postín" que es va donar
per la nit arriba a casa
no troba res que sopar.
Se´n va per a dalt
se´n va per avall
li diu a Joaquín (el del bar)
trau-me de sopar.

Para acabar de completar la tan extraña pareja, su madre tenía facha de bruja costurera, vistiendo a la usanza popular con una falda muy vuelosa y larga -el guardapiés de antaño- con una abertura al costado. La persona que nos refería la anécdota, se explicaba así: "Clavava la mà per eixe forat i allí dins portava una butxaca amb el rosari, el mocaor i els diners, tot amagat. Davall portava faldelli, brial, unes camises de tela llarga, i uns pantalons llargs en camal, pero oberts".
Sobre esta prenda íntima de la mujer, así, abierta por delante, hay infinidad de hechos muy curiosos y significativos, lo que nos viene a demostrar que la mujer de antes, en aspectos eróticos, era exactamente igual a la de nuestros días, aunque los devaneos amorosos procuraban ocultarse de las maneras más inverosímiles.
Nuestra protagonista, cuando vigilaba, usaba los métodos del fantasma, para que no la conociera, pero echando sobre la cabeza la falda de color oscuro. No usaba sábana más que en algunas ocasiones, cuando ampliaba sus correrías con fines fogosos, hacia la parte alta del pueblo.
"¿Qué vol que li diga? ¡Quan eixía una buberota, era una endreça amb alguna dona!". En nuestro caso, aún siendo la mujer el fantasma, los fines eran los mismos: un apaño.

No obstante, a pesar de que los vecinos de Alcolecha sabían de las andanzas del fantasma de turno, al anochecer todo el mundo atracaba las puertas, procurando salir lo menos posible de casa, puesto que en algunas ocasiones había otras personas que usaban de los mismos métodos y siempre era mejor estar precavido.
"Els homes que buscaven una dona es posaven un llençol al cap. ¡Ui! ¡Una fantasma! I era que tenía alguna famella allí amagada i anaven a gitar-se amb ella."

Todo aquel cúmulo de fantasmas, de enredos, de miedos, trajeron como consecuencia una desgracia, aun cuando la "marmota", en esta ocasión, la verdad es que no tomó parte activa en los hechos. El drama ocurrió de la siguiente manera:

Félix Arca, que era molinero en Alcolecha, regresaba a diario, a altas horas de la noche, con la caballería cargada de sacos de harina que entregaría a sus dueños, caminando pacienzudamente desde el molino situado en el cauce del río que nace al pie de la Peña de Aitana. Detrás, en lo alto, está el lugar de Beniafé, con su pequeña ermita y enfrente del Barranc del Troncho.
Aquí, el hombre torcía a la derecha, enfilando por la calle larga y principal del pueblo, pasando por delante de la iglesia parroquial dedicada a San Vicente Ferrer, situado a la vera del palacio.

Un día, el molinero, sintió muy débilmente cómo una voz de ultratumba le llamaba desde el interior de la iglesia:
-¡Félix Arca, vine, obre! ¡Félix Arca, vine obre!
El buen hombre, apremió entonces a la caballería, alejándose del lugar prontamente, tras santiguarse, no atreviéndose a volver la cabeza.

Al día siguiente, o a los pocos días, puesto que hay dos versiones del hecho, todo quedó debidamente aclarado. Unos dicen que, al haber una epidemia de cólera, las víctimas eran dejadas en la iglesia, dentro del ataúd, unos días. En este estado, el muerto de turno, que no lo estaba del todo, despertó de su letargo y como sabía que Félix Arca pasaba por el lugar, de vuelta del molino, al escuchar el paso de la caballería le llamó de aquella forma, apremiándole para que abriera la caja en la que había sido encerrado. Otros, afirman que los muertos eran enterrados en la cripta de la Iglesia, y, desde aquel lugar tan poco agradable, entre osamenta descarnada, llamó el cuitado. De una u otra forma, el caso es que el molinero, creyendo que un alma del otro mundo le importunaba, huyó precipitadamente y el enterrado en vida murió entonces de verdad al no recibir ayuda.

Entonces, el molinero, en descargo de su conciencia, culpó del infortunio a la fantasma. A partir de entonces, el pueblo, supersticioso, solidarizándose a la par con Félix Arca y el muerto, hizo el vacío a la pobre mujer, la cual pasó a mejor vida al cabo de algunos meses de plena soledad.

Pero lo curioso es que, enterrada y todo, días después de su muerte algunos vecinos de Alcolecha juraron que la habían visto pasar vestida de espantajo, con las faldas sobre la cabeza, por las costaneras del pueblo.

Texto de la serie "Cosas de fantasmas, duendes y brujas" publicada en el Diario Información durante 1986, con dibujos de Remigio Soler y textos de Francisco G. Seijo Alonso.

sábado 17 de mayo de 2008

LOS CERDETS DE RELLEU

Antes, para ir a Relleu desde Aguas de Busot, suponía una aventura, curveando por un camino estrecho, pedregoso y polvoriento, por cuyo motivo no fue pueblo frecuentado por aquellos que deseaban conocer las bellezas provinciales. Hoy el panorama ha cambiado totalmente, puesto que lo mismo por esa ruta, como enfilando hacia la montaña desde Villajoyosa, una cinta azul, aunque eso sí, asimismo serpenteante, nos adentra en un paisaje muy bello, colmado de frutales, pinares y antiguas masías diseminadas todo a lo largo de un amplísimo valle.

Relleu, como todos los pueblos de la montaña, conserva las ruinas de lo que antiguamente fue un importante castillo. El pueblo está situado en una costanera impresionante, bajando las calles, pinas, hasta el barranco que recoge las aguas de las montañas circundantes. En una placita de pequeñas dimensiones, se levanta airosa la iglesia; en torno, algunos bares sirven de esparcimiento. También, una carnicería en la que preparan unas "botifarras amb ceba" caseras, de primerísima categoría.

En todo el término municipal de Relleu, aún quedan algunas masías habitadas; otras, en cambio, ya no lo están, sirviendo tan sólo para descanso en los fines de semana o en la recolección de la cosecha. Entre masía y masía, a veces las distancias son considerables y las gentes no eran partidarias de andar por los caminos apenas anochecía, puesto que las "musserotas" y los "cerdets" suponían siempre un peligro para el viandante. Sin embargo, como algunas fincas estaban alejadas, no siempre era posible llegar a las viviendas antes de anochecer y si la luna no lucía en lo alto, los peligros se acrecentaban.

Un mal día, el tío Tono regresaba a lomos de su burro por el camino que, partiendo de Relleu, lleva a Sella, a través del cuenco que en ligera pendiente vierte sus aguas en el antiguo pantano situado a la entrada del barranco del Infierno, donde aún hoy millares de palomos silvestres y algunas águilas reales, campan a sus anchas. A fin de cuentas, aunque el buen hombre estaba ya curtido por todos los avatares de un prolongado laboreo, cuando la noche le sorprendía en el camino, todavía daba crédito al alarmismo o bulos que se propagaban por la contornada, acariciando al tiempo la faca que llevaba preparada par auna emergencia.

Aquella noche, a la vez que fustigaba la bestia, recordaba con meridiana claridad las historias que al calor del llar, en las crudas noches del invierno, contaban sus abuelos y sus padres, como la de aquel muchacho que festeaba en Sella y al regreso le ocurrió un percance que le costó la vida. En el camino, se le desprendió la faja, con su hebilla y la bolsa en la que guardaba unas pocas monedas, golpeándole en una pierna. Entonces, creyéndose que era un "cerdet" que le había hincado los dientes en el pantalón, comenzó a correr desesperado. Más la aparición iba a su aire, dándole trompicones en ambas piernas. Al llegar a la masía, penetró en ella como una tromba, asustando a la madre que acudió prontamente, temiendo lo peor.
-Vicent, xicons, ¿què passa?
-¡Que venen darrere mare!
-¡Darrere no ve ningú!

Del susto, a los pocos días, Vicente se murió, siendo transportado a lomos de una caballería hasta el camposanto de Relleu, acompañado de una turba impresionante de ploraneras, donde recibió sepultura. Sobre este aspecto diremos que asistir en Relleu al "velatori" y entierro de un muerto, es todo un espectáculo digno de estudio.
En cuanto al hecho ocurrido al muchacho, nos recuerda mucho a otro acaecido en una comarca de la península, en la noche de un gélido invierno, si bien aquella era una cuerda, colgando del haz de leña que llevaba el cuitado sobre sus espaldas, la que motivó, asimismo, que del susto saliera de la casa, al día siguiente, con los pies por delante, bien empacado en un cajón de pino, camino de la morada eterna.


Siguiendo con el relato, con aquellos pensamientos ominosos, el tío Tono no las tenía todas consigo, a pesar de que, por suerte, aquella noche la luna dejaba ver en su totalidad la silueta del Puig Campana, allá al fondo, y la masía estaba ya muy cerca.
Mas, de pronto corroborando los presagios, el buen hombre sintió un golpe seco en el lomo de la caballería, tras de sí, acompañado de un gruñido sordo "¡currú, currú...!" que le dejó sin respiración, creyendo estar soñando.

Intuitivamente, con la mano derecha palpó a sus espaldas, hallando algo así como el cuerpo de un animal peludo que seguía gruñendo "¡currú, currú...!" .
Al tantear la cabeza del "cerdet", tan temido por todos los lugareños, fue palpando hasta llegar a los dientes. Entonces, trémulo -sabía por oídas cómo debía obrar casos semejantes- alabó las cualidades de la diabólica aparición, de esta manera:
-Ah, ¡què boniquet, ja tè dentetes!
Pensando que, con la oratoria, el animal desaparecería al instante, cual no sería la sorpresa y el pánico que le entró al viejo, cuando aquél, con sonido humano, le contestó:
-¡I queixalets també!
Los colmillos de la nocturna aparición colmaron el vaso. Con el pánico, fue tal la tamborinada que pegó el hombre, que su burro, asustado, lo lanzó al suelo sin miramientos, quedando el viejo tirado y maltrecho en el camino, pero no hasta el punto en que, en su estrabismo, no viera a dos de aquellos duendes con figura de cerdos sobre la caballería menor, al tiempo que levantándose raudo, corrió sin parar a través de los bancales, llegando a su casa sudoroso y jadeante, antes que si caminara a lomos del desagradecido animal que con tanto mimo cuidaba a diario.

Ya en el interior de la masía, se sentó junto al fuego, silencioso, sin decir una palabra de lo sucedido, temeroso de que la "dona" y sus hijos, a pesar de los edemas que quedaron bien visibles en su cuerpo, lo tomaran a broma, después de haber él baladronado tantas veces que aquellas apariciones nocturnas eran "bogerías" de las gentes.

El pobre viejo no se murió del susto, pero la verdad es que nunca más volvió a caminar sol, de noche, por los caminos de Relleu, alegando que, debido a su edad, la vista le había menguado considerablemente.
El hecho se supo muchos años después, cuando ya el tío Tono no estaba para trotes mayores. Entonces, siguiendo la tradición de sus antepasados, en las largas noches del invierno montaraz, iba relatando a sus nietos las diabluras que los "cerdets" hacían a los habitantes del valle, sin omitir la que sintió en su propia carne en la fatídica noche en que aquellos dos duendes le abordaron tan groseramente.

Texto de la serie "Cosas de fantasmas, duendes y brujas" publicada en el Diario Información durante 1986, con dibujos de Remigio Soler y textos de Francisco G. Seijo Alonso.

LA LEONA

Alvaro García, que hace unas semanas nos envió un magnífico reportaje fotográfico sobre las inscripciones en el Castillo de Santa Bárbara, nos manda ahora un relato VERÍDICO que su padre, "pinosero" de pro, le contó hace años.

El mismo Alvaro lo dramatizó para su publicación en la revista "El Cabeçó".
Seguro que os gusta.

El “Gran Circo Internacional” lo componían media docena de viejos carromatos destartalados, una raída lona ametrallada de parches y remiendos, un equilibrista alcohólico, dos payasos sin gracia, una amazona entrada en carnes que montaba un caballo cojitranco, un mago oriental con acento de Sevilla y un domador amanerado que actuaba tan solo con una vieja leona flaca y astrosa comprada de saldo a otro circo de mayor entidad y que no había conocido la selva ni de oídas.
Llegó al pueblo una mañana de abril y después de solicitar en el ayuntamiento los permisos pertinentes izó su carpa al final del paseo, junto a la fábrica de harinas.
Los niños, los viejos y los dos tontos del pueblo acudieron a ver los trabajos de montaje y sobretodo a contemplar de cerca aquel animal que casi todos conocían solamente de las películas que los sábados pasaban en el cine de arriba y los domingos en el de abajo. Los del circo habían montado un jaulón a ras de suelo, clavado en tierra con unos espetones de hierro y allí metieron a la leona que daba vueltas en círculo con gesto de hastío y de cuando en cuando, como para complacer a la concurrencia, se arrojaba rugiendo contra los barrotes haciendo retroceder despavoridos a los curiosos.
El propietario, que ejercía al tiempo como payaso, se dirigió a la taberna más cercana para apalabrar con algún paisano el suministro de forraje para las mulas y el caballo, lo que en un pueblo agrícola normalmente no suponía ningún problema. Más laborioso resultó hallar con que alimentar a la leona y que a su vez no resultara oneroso para la magra economía del circo.
Tras desechar la compra de carne en alguna carnicería, indagó entre los parroquianos la posibilidad de que alguno tuviera o conociera a alguien que tuviera un animal viejo de buen tamaño del que quisiera desprenderse por un módico precio.
Paco pechina, que no había levantado la cabeza del mostrador hasta ese momento se quitó la colilla apagada de la boca y dijo
-El tío colchones tiene una mula con mas años que la tos y aunque está en los huesos algo se le podrá sacar, además no creo que le pida mucho.
Dicho esto, volvió a ponerse el cigarro en la boca y no dijo ni una palabra más.
El propietario preguntó si alguien podía indicarle o llevarle a la casa y de ese modo acompañado del Pechina y el tío Diablillo se dirigió a la humilde casita del anciano al que encontraron sentado a la puerta en una silla de anea con la vidriosa mirada perdida en ensoñaciones y recuerdos de un pasado lleno de barcos que zarpaban a otras tierras, mezquitas, zocos atestados de gente y moras de ojos oscuros y embriagadores.
Lo saludaron y el cirquero le expuso la cuestión.
Tras un corto regateo llegaron a un acuerdo y el tío Colchones fue a la cuadra a por el animal. Cuando salió con él, cogido del ronzal, al titiritero se le cayó el alma a los pies.
Cubierto de pupas y costrones, con cientos de tábanos zumbándole alrededor, aquel saco de huesos parecía a cada paso a punto de morirse allí mismo de pura vejez y consunción. Los omóplatos le asomaban por los ijares como dos brazos de percha, los costillares se le marcaban en el pecho que asemejaba una tabla de lavar, las patas eran cuatro cañas resecas pegadas al cuerpo y el lomo, después de treinta años de cargar serones de arena y greda, describía una curva hacia abajo de tal magnitud que parecía imposible que el animal tuviera o hubiera tenido alguna vez columna vertebral.

Resignado a mal alimentar a la fiera, el dueño del circo tomó a la bestia por el ronzal y echó a andar.
Solo pudo dar dos pasos antes de quedar bruscamente detenido. La mula se negaba a moverse y con la terquedad característica de su raza clavaba las cuatro pezuñas en tierra haciendo imposible cualquier tipo de avance. El hombre tiraba con toda su alma pero lo único que conseguía era estirar la cabeza del animal que se sacudía de un lado a otro.
El tío Colchones levantó la cabeza ligeramente ladeada como para oír mejor y dijo
-Me parece que la mula está un poco terca hoy, si quiere la puedo llevar yo que ya me conoce.
Y acercándose a tientas fue tocando al animal hasta hacerse con las riendas y con un ligero tirón le dijo
-Arre mulo, al paseo.
El bicho, como movido por un secreto resorte, echó a andar con paso cansino ajeno por completo al destino que le esperaba. El curioso cortejo descendía por la calle, encabezado por la mula que llevaba a su hasta ahora dueño medio arrastrando a su lado, el nuevo propietario, pensativo, dos pasos detrás y cerrando la comitiva, Paco pechina y el tío diablillo comentando entre sí adonde acabaría todo aquello.
Conforme descendían hacia el Ayuntamiento, la gente que andaba por la calle se volvía para ver el espectáculo de tan extraña comitiva y la mayoría picados por la curiosidad comenzaron a unirse al grupo, de manera que cuando enfilaron el bulevar cerca de cincuenta personas se agolpaban divertidas tras la acémila.
El tío Colchones había trabajado como barrenero en unas canteras de Oran hasta que un accidente durante una voladura lo dejó medio ciego y aún tuvo suerte pues la explosión causó cuatro muertos. En el juicio consiguiente se dictaminó que la culpa había sido de la mala calidad de las mechas y la empresa indemnizó a las victimas con una suma que permitió al tío Colchones comprar una casita y una mula joven con la que intentar ganarse el sustento.
Durante los siguientes treinta años se había dedicado a vender greda (una arcilla blanca de alto poder desengrasante) y arena fina que extraía de un monte a las afueras del pueblo y que era muy apreciada por las mujeres para fregar ollas y sartenes.
Ahora que su vida útil era solo un recuerdo, la ya anciana mula se dirigía en loor de multitud como los viejos gladiadores a ser pasto de las fieras (en este caso de una leona casi tan vieja como ella)con ese aire despreocupado de quien ha vivido mil y una batallas.
La comitiva llegó a su destino y se detuvo ante el jaulón, abriéndose en semicírculo a ambos flancos del tío Colchones y su mula. Todos quedaron expectantes hasta que alguien dijo
-¿Y como piensa echársela a la fiera, habrá que matarla primero?
Todos miraron hacia la enjuta figura del anciano esperando una respuesta.
–Quía- dijo este, - con lo vieja que está seguro que se muere del susto al primer envite.
Así pues el domador que acababa de llegar con las llaves del candado abrió la jaula aprovechando que la leona estaba medio dormida empujaron dentro a la futura presa y cerró la reja.
Al oír el ruido la fiera abrió un ojo y vio ante sí aquel manojo de huesos y lanzo un rugido que debió de sonar amenazante pues la mula estiró las orejas y emitió un rebuzno lastimero. Al oírlo la leona se incorporó y rugió de nuevo con más fuerza, mientras afuera el público congregado contenía la respiración mientras esperaban el momento del zarpazo mortal.
Pero lo que sucedió a continuación no lo esperaba nadie. La mula pareció volverse loca y comenzó a tirar coces mientras rebuznaba como poseída. La leona se vio sorprendida por una certera patada del animal que la lanzo contra las rejas y en un momento aquello se tornó una Cafarnaum indescriptible.
El acémila arreando coces como un molino, la fiera rebulléndose como podía sin apenas espacio para contraatacar, el gentío tronchándose de risa y el domador tirándose de los pelos y gritando como un poseso-¡que me la mata!, ¡que me busca la ruina!-, al tiempo que no atinaba a abrir el candado y se le caían las llaves de las manos una y otra vez.
Por fin consiguió abrir la reja y en ese momento la mula, que tenía a la leona acogotada en un rincón, salió como alma que lleva el diablo y la vieron alejarse rumbo al monte Cabezo mientras los chiquillos la perseguían a distancia.
Al final hubo que comprarle al carnicero un costal de restos y mondongos para alimentar a la maltrecha leona a la que nadie tomó en serio en las tres funciones que dio el circo después de haberla visto perder por KO ante la mula del tío Colchones que volvió al día siguiente a su chamizo como si no hubiese pasado nada y aun vivió dos años más para regocijo de propios y asombro de foráneos a quienes Paco el Pechina no se cansaba de relatar la anécdota enriqueciéndola cada vez con añadidos y adornos de su invención.
Así fue como la escuché yo una calurosa tarde de verano.

ÁLVARO GARCÍA

miércoles 14 de mayo de 2008

EL ESCOPETAZO DE FRASQUITO

Frasquito, joven y talludo, vivía en el campo, en las afueras de Gata de Gorgos, comarca de la amplia y riente Marina, festejando con una muchacha del citado pueblo. Una noche, al regresar de ver a su novia, le ocurrió un extraño suceso, a resultas del cual su corazón se mantendría acongojado durante largos años, cargada su conciencia con la pesadumbre de haber dado muerte a la "buberota" de turno, fantasma corpóreo que entonces rondaban por aquellos predios, protagonizando toda clase de tropelías.

De pronto, en una revuelta del camino, cerca ya del hogar, apareció ante él una figura fantasmagórica, alta, tenebrosa, como una lumbrera, iluminada por siniestra luz que reflejaban sus ojos, acercándosele amenazadoramente dando fuertes bufidos.
El muchacho, ágil, dio un paso atrás y un salto hacia el costado del camino, yendo a caer de espaldas a un bancal situado en un pequeño desnivel. Aún así, preso del pánico, se levantó con presteza y corrió todo lo que pudo campo a través, caminando con dificultad al enterrársele las botas en la tierra húmeda por la lluvia caída al atardecer.

Con el corazón dando brincos y asimismo con unos enormes deseos de vengarse de la inoportuna aparición, penetró como una tromba en la casa, alarmando a sus padres que charlaban en la sobremesa tranquilamente, junto al fuego de la cocina un tanto afrancesada del viejo "riu-rau".

Una vez serenado, refirió a los ancianos lo sucedido. Mientras la madre se santiguaba, el viejo comentó que, por experiencia, aquellos torvos espantapájaros nocturnos llevaban siempre la desgracia y el deshonor allí donde rondaban, preguntándose qué haría la "buberota" en torno a su hacienda, temiendo lo peor, que el granero fuera desvalijado.
Tras cavilar en lo acontecido, el muchacho dijo a sus padres que iba a preparar los avíos para la jornada siguiente, encaminándose a la cambra. Al rato, salió provisto de la vieja escopeta que usaba cuando iba a Les Planes, en Jávea, a cazar pájaros en el espolón del cabo de San Antonio. Saliendo de la casa a hurtadillas, hizo el camino de vuelta hacia el lugar donde fue espantado tan groseramente, con el deseo de dar un escarmiento a la aparición nocturna.

Por suerte, en el mismo meandro donde anteriormente había sido abordado, halló a la "buberota", estacionada en el lugar en que, en ambas direcciones, se abarcaba una gran amplitud de la vereda. Frasquito sacó entonces la conclusión que la misión de aquella parecía la de vigilar el paso de alguna persona, con fines malévolos, aunque también podría tratarse de un asunto de contrabando, estando la costa cercana, pues de todos era sabido que el tráfico ilegal de mercancías llegadas desde las costas africanas era frecuente.
Acercándose cuidadosamente, para no ser descubierto, apuntó al intruso, disparando un escopetazo sin piedad. Oyó un gemido y vio como el bulto se abombaba. Luego, el más absoluto silencio.


El mozo, sin prisas, regresó al hogar, poniendo al corriente a sus padres de lo acaecido, quedando todos de acuerdo en que el hecho serviría como escarmiento a todos aquellos que tan frecuentemente usaban de tales artimañas para asustar a las gentes, cometiendo toda clase de tropelías.
Por la mañana, los dos hombres acordaron aparejar la caballería, dirigiéndose al campo, de tal forma que al pasar por el lugar de autos y hallarse con el macabro hallazgo, se verían obligados a denunciar el caso ante las autoridades locales. La sorpresa fue morrocotuda cuando, al llegar al recodo de los hechos, no hallaron ni rastro del fantasma, ni de la calabaza o el cirio que había empleado. En cambio, detrás de unos matorrales, sí que encontraron la cruz y una sábana empapada de sangre, demostrativo de que el fantasma o había resultado gravemente herido, o alguien, de haber sido muerto, hubiera retirado ya su cuerpo.

Aquel desagradable caso hubiera finiquitado ahí, si algunos días después en la cambra de la casa, no se hubieran escuchado unos extraños ruidos, que se sucedieron en las siguientes noches, sin poder averiguarse las causas, a pesar de la extrema vigilancia que los asustados moradores de la vivienda ejercieron. Entonces, aquellos infelices, vinieron a caer en la cuenta de que era el espíritu de la "buberota", atormentándoles desde el más allá. A punto de derrumbarse la entereza de la familia, al viejo se le ocurrió abrir el corazón a un vecino que tenía fama de tener "gracia", confesándole todo lo que había ocurrido aquella fatídica noche en el camino de su hacienda, sin omitir detalle.

El tío Antonio, curandero, a pesar de curar muchos males con oraciones, no creía en espíritus nocturnos y en presencia de los dueños de la casa, que veían ya fantasmas en la misma sopa del cocido de "fasegures dolçs" (suculento manjar dominguero de la zona), revisó con detenimiento la cambra. En efecto, todo había sido una falsa alarma, limitándose a unas simples ratas que se introducían en unas calabazas, meneándolas de un lado para otro, ruído que tenía en vilo a la familia de labradores.

Vuelta la tranquilidad al hogar rural, pasaron algunos años. Frasquito enterró a sus padres y se casó con la muchacha de Gata, teniendo varios hijos que conforme fueron creciendo iban ayudando en las faenas de la tierra. A pesar de todo, el hombre siempre mantuvo el secreto de aquel zambombazo en la noche que tumbó al fantasma, pero, a veces, su congoja se acrecentaba, pensando en que, injustamente, sin un motivo justificado, había sesgado la vida a un semejante.

Hasta que, un buen día, de la manera más sorprendente, halló la paz para su espíritu. Ocurrió una mañana de primavera, en Jávea, a donde había ido a adquirir semillas y la dulce mistela de la Marina, rosada, producto de la uva moscatel, que allí tan bien elaboraban. Hallándose en la taberna, en compañía de unos amigos, se le acercó un hombre de edad un poco mayor que él, diciéndole apenas estuvo a su vera:
- ¡De vosté sempre me´n recorde jo!

El tío Frasquito vio al hombre con curiosidad, sin acertar a comprender, pues no le conocía. Aquél, al ver la sorpresa reflejada en su rostro, prosiguió:
Faça memoria, que una nit quasi em mata d´una escopetada prop de sa casa!
Vosté!-
balbuceó el labrador.

Los dos hombres se fundieron en un fraternal abrazo, humedeciéndosele a ambos sus curtidas mejillas.
Nuestro protagonista murió algunos años después de este encuentro. Más, antes, regocijado de la buena nueva, relató a su mujer y a sus hijos, con todo el detalle, el lance que había protagonizado aquella lejana y nunca olvidada jornada, al regreso de Gata de Gorgos, tras festear con la que después sería su compañera hasta el resto de sus días.

Pero lo que nunca sabría el tío Frasquito, fue el motivo por el cual el fantasma se había aposentado cerca de su casa aquella noche, vigilando los ires y venires del mozo. De haberlo sabido, ni le hubiera abrazado ni se habría casado con la "fadrina" de Gata.

Texto de la serie "Cosas de fantasmas, duendes y brujas" publicada en el Diario Información durante 1986, con dibujos de Remigio Soler y textos de Francisco G. Seijo Alonso.

lunes 12 de mayo de 2008

EL ESTACAZO DEL TÍO FOLLAJES

Actualmente las almazaras no trabajan como antaño, cuando la mayoría de los pueblos alicantinos contaban con infinidad de estos artilugios de indudable valor etnográfico. Eran, todas, de tracción animal y las caballerías solían dar vueltas y vueltas en torno, como en las norias, sacando el jugo a la oliva.

En Busot, pequeño pueblo situado al pie del Cabeçó d´Or, montaña que ofrece en sus entrañas las afamadas y bellísimas cuevas de Canelobre, colmadas de estalagmitas y estalactitas, había tres almazaras. Una de estas antiguallas, pertenecía al tío Follajes, hombre enjuto, parco y trabajador, un tanto avaro quizá, al decir de las gentes.
En su vieja almazara, los más se conformaban con el menguado jornal diario: otros, en cambio, refunfuñaban, descontentos, llevándose por contra, a escondidas, con mucha cautela, alguna que otra botella de aceite para su hogar, aunque el almazarero, temiéndolo, daba tantas vueltas por el local, como las mismas caballerías.
A su pesar, tal era el fárrago habido que, de vez en cuando, sin poder explicárselo, desaparecían algunas cantidades de la preciada grasa líquida, en vista de lo cual al buen hombre no le quedó otra solución que montar la guardia en torno al cobertizo, con la esperanza de sorprender al noctámbulo.

Justo a la tercera noche de vigilia, el guardián pudo comprobar cómo por el camino se iba acercando a su hacienda un espantajo muy alto, blanco, llevando en un costado un cirio encendido. Era la temible "muserota", que tantas tropelías tenía en su haber.

La verdad es que el tío Follajes no era hombre que digamos de agallas y el enfrentamiento con esta aparición diabólica, por lo que de ella había oído, no le seducía. Por otra parte, no sabía si el fantasma era el ladrón, aunque lo presumía de antemano.
Por estos motivos, sin salir de su escondite, consideró prudente esperar a que aquél se manifestara, al tiempo que su corazón latía desacompasadamente, más, quizá, que el del intruso.
Llegada a la fábrica, segura de hallarse sola en el lugar de los hechos, la "musserota" se acercó a una ventana y la abrió sin dificultad. Este comportamiento vino a atestiguar al viejo que el pillastre era de la casa, habiendo dejado exprofeso la tranca fuera del lugar que le correspondía, para así facilitar la entrada, cosa que realizó con desenfado.

Tras un buen rato de paciente espera, una figura con una gran joroba bajo la blanca cubierta, salió del molino, pasando muy cerca del lugar en que el dueño estaba escondido, encaminándose en dirección al pueblo, por la misma vereda que había venido.

Fantasma y seguidor fueron caminando entonces en la misma dirección, por caminos poco frecuentados a aquellas horas de la noche, pues el tío Follajes, desarmado, no deseaba un enfrentamiento con el ladrón, conformándose con comprobar a dónde se encaminaba, para, de este modo, descubrir quién era el pillastre. Mas, en un recodo del camino, el aprovechado apagó el cirio y el buen hombre le perdió de vista, al haberse desviado por un atajo, entre bancales colmados de almendros.
Ante ello, el viejo regresó a la almazara y una vez en su interior revisó el número de cántaros habidos que, precavido, había contado aquella misma tarde. Grande fue su sorpresa al hallarlos todos en sus respectivos lugares, viniendo a caer en la cuenta que la astuta aparición nocturna había traído su propia vasija, llenándola de todas las demás, pra que no se echara en falta lo hurtado.

En días sucesivos, el buen hombre comenzó a hacer cábalas en cómo descubrir al ladrón, pensando que escudriñar en el rostro de los demás era tarea vana. Así que optó por callar y vigilar todos los días la tranca de la ventana por donde había penetrado la figura fantasmal. El resultado fue positivo. Una tarde, al pasar ante una ventana, observó la falacia, presumiendo que había llegado la hora de descubrir al ladrón. Aquella noche, el tío Follajes cogió la escopeta y se dirigió al molino, pero conforme se acercaba al lugar del encuentro comenzó a cavilar, razonando si, a fin de cuentas, un cántaro de aceite valía una muerte. Todos los que trabajaban en la almazara eran vecinos y amigos suyos, que le habían incluso ayudado a criar su prole. De todas formas, descerrajarle un tiro no, pero un escarmiento no le vendría mal al intruso. Si volvía aquella noche, allí terminarían sus escarceos nocturnos.

Después de un buen rato de espera, la blanca aparición, como la vez anterior, con el cirio encendido y cubierto con un manto blanco, fue acercándose a la almazara. El viejo sintió entonces que algo le agarrotaba la garganta, sabedor de que estos trasgos iban casi siempre armados, debiendo obrar con cautela y mucha rapidez para evitar un grave contratiempo. Si al menos supiera de quién se trataba, podría adivinar la reacción. Ignorándolo, si se revolvía contra él, teniendo que emplear el arma, era lo que más le preocupaba.

Pensando así, dejó entrar en la fábrica al estatermo, barruntando la sorpresa que se llevaría el cuitado, cuando al aparecer cargando sobre sus espaldas el untuoso producto del olivo, embarazado con el recipiente, se encontrara con el dueño.
Mientras aquél fue llenando su cántaro, el tío Follajes, con muy buen criterio, dejó la escopeta en el suelo y buscó una estaca, sujetándola fuertemente entre sus manos.

Poco después, a través de la ventana apareció primeramente el cirio y, detrás, quien lo portaba, cuidando de cerrar convenientemente la ventana, instante en el que cayó sobre sus espaldas un estacazo que retumbó en la noche, rompiéndose la vasija en mil pedazos. El fantasma cayó de bruces y el aceite se desparramó sobre él, empapando sus ropas, así como el suelo.
Sorprendido así el ladrón, de manera tan inesperada y brutal, se levantó raudo, emprendiendo una rápida huida, dejanod tras de sí un reguero oleoso, perdiéndose en la oscuridad.

El tío Follajes entró entonces en la almazara y cogió un farol, siguiendo a continuación el rastro que aquél había dejado. Terrenos y matojos, todo estaba impregnado de aceite, llegando el reguero hasta la misma puerta del hogar del vivales, que no lo fue tanto debido al atolondramiento que sufrió cuando el dueño de la almazara dejó caer sobre sus espaldas el estacazo.

El almazarero, creyendo que el escarmiento era castigo suficiente, no denunció el hecho a las autoridades competentes. El chasqueado, sabiéndose descubierto, a la mañana siguiente no se presentó al trabajo y pocos días después embarcaba en el puerto de Alicante con destino a Argel, dejando a los suyos a cargo de unos familiares allegados. Pasados años, los reclamó a su lado, y nunca más volvieron al pueblo.

A partir de aquel lamentable episodio, el tío Follajes no volvió a notar merma en sus vasijas, mas no por eso dejó de vigilar todos los días si las trancas estaban debidamente colocadas en las ventanas, por si a alguien se le ocurría la misma idea del taimado exiliado, haciendo fantasmadas en la noche a costa de la hacienda del vecino.


Texto de la serie "Cosas de fantasmas, duendes y brujas" publicada en el Diario Información durante 1986, con dibujos de Remigio Soler y textos de Francisco G. Seijo Alonso.

viernes 9 de mayo de 2008

LAS FALTAS DE ROSETA

Torremanzanas, pueblo diminuto y típico, colmado de tradiciones está situado en el mismísimo corazón de la montaña alicantina, entre los términos de Jijona, Relleu y Benifallin. Un callejón que corre por la parte más alta de la loma en donde se asienta el núcleo urbano, se denomina "del castillo", aunque el baluarte que en ella se levanta, y que sirvió como refugio en tiempos azarosos, no sea más que una torre desmochada que corona la loma. Otras calles paralelas, muy estrechas, van desde una masía señorial, que aún conserva bellos garitones en los angulares, hasta la era comunal en la que se realizaban las faenas del "batre" o trilla de los cereales. A pocos metros, muy cerca del "Morret de la Forca", donde en tiempos ajusticiaban a los malhechores, se halla el diminuto cementerio, flanqueado por el árbol de la paz.

Desde Torremanzanas se contempla la extensa panorámica de un amplísimo valle que baja escalonado hacia la hoya de Jijona, por cuyo centro, en busca del río Verde, corre aún un regato de menguado caudal que antiguamente alimentaba los molinos de grano de la partida de Serratella, artilugios hoy en desuso.
El campanario de la iglesia es muy alto y esbelto, y la parroquial la preside San Gregori, santo maligrero, entre otras cualidades -también es justiciero-, que libró en tiempos pasados a los campos del término de la plaga de la langosta. Por este motivo, todos los años tiene lugar en "La Torre de les Maçanes", sus afamadas fiestas patronales, en las que las torruanas salen en procesión por las calles del pueblo, portando sobre sus cabezas unos panes de descomunal tamaño -el "pa beneít" o bendito- costumbre ancestral de mucho colorido.

Pues bien, en una casita situada en la parte más alta de este pintoresco pueblo, habitaba en un tiempo una "fadrina" de rostro poco agraciado, lo cual no influía para que casi todas las noches tuviera un altercado con su prometido.
La madre de la muchacha, ante el cariz que, a veces, tomaban las trifulcas, vigilaba muy de cerca el comportamiento de la pareja y ante el saldo negativo en las entrevistas o festeo, barruntaba que un día ocurriría una tragedia, verbigracia la ruptura de las relaciones, aconsejando a su hija que, al menos hasta el casorio, tratara más cortésmente al muchacho, pues de levantar el vuelo no hallaría otro en toda la contornada. A pesar de los sabios consejos de su madre, la fémina, por cualquier trivialidad, se liaba a trompicones con su novio, quien, a pesar de todo ello, más feo y más lerdo que la ninfa, acudía a diario desde la partida de Teix, montado en una caballería.
Parte del sumiso comportamiento del hoombre, es atribuible a que la muchacha, a pesar de ser poco agraciada de rostro, era dueña, en cambio, de un cuerpo muy bien formado. Esto deslumbraba al galán, quien, en sus soledades rurales, pensaba a la par en el goce sensual y en la sana fortaleza de la joven, intuyendo que daría buenos frutos lo mismo en el lecho como en los bancales colmados de almendros y manzanos, disponiendo así, a la vez, de hembra y esclava. Además, le gustaban mucho los críos y seguro que le daría un buen racimo.

Pero, aquella noche, la doncella estaba imposible. El desdichado, tras una rabotada, se puso en pie y el compromiso matrimonial comenzó a tambalearse como un "catxerulo" pendiendo de un hilo. Llegó al cénit cuando Roseta afirmó que como pareja para las próximas fiestas en que sería "clavariesa", le acompañaría otro muchacho del pueblo, determinación que el labriego se negó a aceptar, amenazando con partir raudo para su feudo, si aquélla no desistía del propósito.


Ante ello, la madre, que escuchaba atenta la trifulca, tomó entonces la única solución que podría salvar del desastre a su hija: vestirse de "musserota". Saliendo de la cocina con mucho sigilo, entró en la habitación contigua, y, de un tirón, levantó las mantas de la cama, echando mano de una sábana de lienzo blanco que enrolló en su cuerpo, cubriéndola con su falda. Después, por la ventana, saltó a la calle y tras asegurarse de que ésta se hallaba solitaria, fue a situarse al cantón de la iglesia, en la costanera que baja al centro del pueblo, camino obligado de Pepet, barruntando que el mozo no tardaría en abandonar la casa.

Mientras, en el interior de la vivienda, el muchacho, todo acalorado por el comportamiento de Roseta, volvió a levantarse y dando un bufido de toro embolado, salió a la calle. La novia, sin ceder, se quedó junto al fuego, acostumbrada a las salidas de tono del adonis.
Como hacía frío, el joven subió las solapas de su chaqueta de pana y metiendo las manos en los bolsillos se fue calle abajo, caminando a grandes zancadas, en busca de la caballería que había dejado amarrada a un chopo, en las afueras del pueblo.
De pronto, se detuvo y ensanchó sus pupilas, intentado descifrar si aquel bulto blanco que se le venía encima, era humano o sobrenatural. Al escuchar una risa sardónica, dió un paso atrás y volviendo las espaldas al fantasma, que ya iba a alcanzarle, corrió hacia la causante de sus infortunios, llegando a la puerta en el instante en que la muchacha, al ver que el enfado iba en serio, se asomaba a la puerta. El cuerpo de Pepet botó como un proyectil contra la joven. Ambos, por la fuerza del impulso, rodaron sobre las baldosas deslustradas de la casa y Pepet, aunque atolondrado y jadeante, aún tuvo luces para aprovechar de la coyuntura, abrazando fuertemente a la joven, a la vez que exclamaba:
- ¡La musserota, la musserota!

Al tiempo, ya desembarazada de la sábana y de la calabaza, apareció la vieja, enmarcada en el quicio de la puerta, espantándose de lo que presenciaba, mascullando un rosario de sentencias mortales en lengua vernácula.
Luego, Pepet, balbuciente, trémulo aún por las dispares emociones acaecidas en tan corto espacio de tiempo, se sentó junto al fuego, explicando detalladamente, aunque con cierta fantasía, la trágica aparición. Era un fantasma alto, muy alto, con fuego en los ojos y ademanes amenazadores, rugiendo como un "gambosins" en la oscuridad, intentando atraparle entre los amplísimos pliegues de un sudario.

Indudablemente, el hecho así narrado, con emoción y temor, era muy grave. Por eso, las dos mujeres, previniendo males mayores, estuvieron de acuerdo en que no podían permitir que el joven se expusiera de nuevo a los peligros de aquel ser malévolo que campaba a sus anchas por el término de La Torre. Así, aquella noche, el muchacho se quedaría en casa, acostándose en un lugar de la cambra que la joven adecentó convenientemente.
No obstante, ocurrió un hecho curioso: ninguno de los protagonistas de este relato se percató, en un principio, que lo mismo la cambra como la habitación de la joven, carecían de puerta, pues allí nunca fue menester tal lujo. De esta forma, una vez que la vieja se durmió, Pepet, armándose de valor, pasó a la habitación de Roseta, terminando de relatarle, con todo detalle, lo sucedido.

Como todo estaba a oscuras, no se sabe lo que ocurrió después, pero el caso es que a los tres meses siguientes a tales hechos, debido a unas faltas en las funciones fisiológicas de la muchacha, en la parroquial de San Gregori se celebró una boda un tanto precipitada, al decir de las gentes.


Texto de la serie "Cosas de fantasmas, duendes y brujas" publicada en el Diario Información durante 1986, con dibujos de Remigio Soler y textos de Francisco G. Seijo Alonso.

jueves 8 de mayo de 2008

UN AQUELARRE EN LA MONTAÑA ALICANTINA

Entre Muro de Alcoy y Pego, aproximadamente a la mitad de la carretera de las mil curvas, se halla Planes, uno de los pueblos más lejanos y desconocidos de la geografía alicantina. El pequeño núcleo urbano, se arremolina en anfiteatro en torno a una pequeña colina o loma sobre la que se yerguen las ruinas de lo que en tiempos fue un castillo árabe. Aneja, sobre una prominencia de gran altura, oteando toda la baronía, se destaca la ermita del Santísimo Cristo, rodeada de cipreses, a la que se accede por un calvario zigzagueante.

Todos aquellos hermosos valles situados en torno a Planes, fueron tierras de moros, siendo su dueño Abdala Ibn Hudail-Al-Azdrach, "el de los ojos azules", valí de ocho castillos situados desde Tárbena a Gallinera y Perpuchent, en la divisoria con tierras de Valencia, teniendo su propio palacio en Alcalá de la Jovada, capital del valle de Alcalá, uno de los más bellos e interesantes de Alicante, donde aún hoy, excavando en la tierra, se encuentran doblones de oro.

La baronía de Planes comprende los lugares de Planes, Almudaina (hoy término municipal), Benialfaquí, Catamarruch, Margarida, Llombo y Benicapsell (estos dos últimos desaparecidos). Las yugadas -terreno que puede arar una yunta de bueyes en un día- están plantadas de olivos, almendros y frutales diversos, predominando sus afamados cerezos. Estamos pues en la "ruta de las cerezas", con campos, montañas y barrancos de una orografía muy desigual y bella, brava, apasionante, colmada incluso de leyendas de princesas moras y de tesoros, de duendes y de brujas.

Uno de los barrancos que cruzan la baronía de Planes, el que baja desde el valle de Alcalá a morir al Serpis, se denomina "Barranc de l´Encantá" y, en él, se dice que los moros, cuando su expulsión, escondieron allí sus tesoros, dejando encantada a una doncella que sale cada cien años a la luz del día. Esta leyenda la recoge ya Cavanilles en 1797 y desde entonces se ha popularizado e incluso desvirtuado a capricho de los distintos autores que trataron el tema.

Planes fue feudo de brujas, las cuales solían tener como lugar de reunión una almazara, la del Duc, situada en la calle del Abate Andrés, no lejos de un hermoso y bien conservado acueducto medieval, por el que corren todavía las aguas provinientes de nacimiento, conducidas hacia una fuente y lavadero público. Esta tradición brujeril ha estado siempre presente en la mente popular, afirmándose que "en donde hay, campanas suenan", conociéndose infinidad de historias sobre aquelarres pues las brujas, en sus andanzas se desplazaban a otros puntos lejanos.


Una de estas brujas de Planes, joven y bien parecida, sostenía relaciones amorosas con un muchacho del pueblo, ignorante, éste, de la doble personalidad de su amada, aún cuando sabía que la madre de la muchacha tenía la Cruz de Caravaca en el paladar por lo que curaba las verrugas a distancia y el "aliacá" depositando orina del enfermo sobre las brasas, en cáscaras de huevo.
Pero un día, un amigo del muchacho, sabedor de las andanzas de la bruja, le puso en antecedentes de lo que ocurría:
-Xe, ¿tu vols eixa fadrina que és bruixa?
El enamorado no podía dar crédito a lo que aquel le refería, tan encariñado estaba con la joven, hacendosa en la casa y dulce en el trato, habiendo proyectado incluso la boda para fechas próximas. Como ella, no había en el pueblo quien supiera elaborar "els carquinyols", golosina de almendra típica de Planes.

El muchacho, a la vera del lar, había oído comentar a sus padres, muchas noches, algunas de aquellas fantásticas historias y reuniones en la vieja almazara situada junto al Barranc Fondo, y asimismo las diabluras que hacían subiéndose a los tejados de las casas, montadas en escobas y tinajas, perturbando el descanso del vecindario. Así, desde que su amigo le dijera lo que ocurría, con la duda prendida en su corazón, una noche, después del palique en la visita reglamentaria, en vez de marcharse a su casa se quedó escondido en la de la muchacha, escondiéndose en el interior de una gran tinaja de las que se empleaban para aderezar las olivas, dispuesto a averiguar si su prometida era, en efecto, uno de aquellos seres que tenían pacto con el diablo.
Transcurrido algún tiempo, llegaron otras dos muchachas del pueblo, amigas de ambos, y tras saludarse y charlar un rato sobre distintas cosas, se sentaron al fin sobre la tinaja en la que se escondía el galán, diciendo una de ellas:
-¡Hala, per damunt les fulles!
Al instante, allá fue la tinaja, el hombre y las tres brujas, volando por los aires, en dirección desconocida. Aquél, con el mareo y la oscuridad, perdió la noción del tiempo y el rumbo, hasta que, en un momento determinado, se posaron en un paraje que no le era familiar.
Mientras él, atónito, no daba crédito a lo que veían sus ojos, las tres muchachas fueron a reunirse con otras que bailaban desnudas alrededor de una hoguera. Llegaron otras y otras, de Planes y Almudaina, danzando todas durante largo tiempo, perdido el recato y la honestidad, transportadas. Orgía, obscenidades, conciábulo de brujas con el demonio. Estaban en el "prado del macho cabrío" vasco (Aker: cabrón, Larre: prado).
Todas ellas, su novia y el macho cabrío, danzaban en torno al fuego, transfiguradas, hasta caer rendidas de agotamiento.

Por el mismo medio, cerca de la madrugada, regresaron al pueblo. Entonces, el muchacho, con mejor luz, orientado, supo en donde había tenido lugar el aquelarre, pasado el "castellet" de Margarida, en un pequeño bosque cer