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22 noviembre 2015

REGALA ESTAS NAVIDADES "RELATOS DE UNA CIUDAD DORMIDA", DE ALICANTE VIVO

¿Cómo? ¿No sabes qué regalar estas navidades? Pues tenemos el mejor regalo alicantino para estas fiestas: Relatos de una ciudad dormida. Para compartir y aprender de una forma divertida, amena, pero también rigurosa, acontecimientos reales de la Historia de Alicante que habían permanecido olvidados para la mayor parte de los alicantinos. Esperamos de corazón que os siga gustando y entreteniendo como el primer día, porque está escrito con mucho cariño, siempre pensando en nuestro carácter divulgativo y en haceros disfrutar de lectura.

Si te gustaron las historias, ¡no dudes en regalárselas a un ser querido en estas fiestas!
¿Cómo puedo conseguirlo?

Es muy fácil, puedes adquirirlo en la Librería Gamma (o llámales por teléfono al 965671987 / 965243113), en la página web de ECU. para que te lo envíen a tu casa, en FNAC, Corte Inglés, en Amazon, 80 Mundos,  Casa del Libro o solicitándoloen tu librería más cercana, ellos te lo facilitarán lo antes posible, en formato papel o libro electrónico. 

¿Todavía no tienes Relatos de una ciudad dormida?


Consigue un ejemplar de esta obra elaborada por Alfredo Campello Quereda, Ernesto Martín Martínez, Rubén Bodewig Belmonte, Jesús Sánchez Campos y Juan José Amores Liza, en la que han participado también Elkiko, Daniel R. Moya Fuster, Jaime Pomares Bernat, Miguel Ángel Pérez Oca (prólogo) y Eusebio Pérez Oca (epílogo).

¿Qué puedo leer en relatos de una ciudad dormida? 

Más de VEINTE historias sobre Alicante, entre ellas:
  • Alicante se vistió de blanco
  • El salto de la Reina Mora y las caras del Benacantil
  • La cruz del siglo. El monumento olvidado.
  • El primer submarino de la historia
  • La ciudad protegida
  • La estación de Benalúa
  • En el Postiguet hubo balnearios
  • La Casa de la Primavera
  • La Casa Carbonell: una leyenda y un accidente
  • El Barrio: tal como éramos
  • El vino de la terreta
  • Tren con destino a... ¿Luceros?
  • La plaza soñada
  • Adiós al templete
  • Un tesoro bajo la roca
  • La maldición del Ayuntamiento y de Santa María
  • El bombardeo del 25 de mayo de 1938
  • El día en que el sol se escondió
  • Todo esto también ocurrió en Alicante (o eso dicen)

Aprende historia de una forma divertida e inusual. Gracias a todos nuestros lectores y amigos por leernos y por participar activamente en la divulgación de la historia de nuestra ciudad.


Imágenes: Rubén Bodewig

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22 marzo 2012

LA FANTASÍA REALISTA DE LAS 'RONDALLES' ALICANTINAS

“Com lo Gall hac dit aquest eximpli,
lo rei hac opinió que per ell ho digués”

Ramon Llull, Llibre de les bèsties.

Una necesidad bien humana.

Los individuos jugamos desde pequeños por placer, necesidad o mentalidad, con independencia de las cifras premiadas en la Lotería. En el juego social disponemos de los dados de las mentalidades heredadas, las conclusiones provisionales y las esperanzas superlativas. Cuando las personas no conseguimos saltar la banca nos interrogamos sobre la corrección de las normas de juego. Quizá descubriremos el fraude estraperlista, y alguna narración nos servirá de muletilla explicativa. En las comunidades preindustriales la rondalla o cuento narrado de generación en generación cumplió esta función edulcorante, aunque en ocasiones sobresaltara a sus oyentes. La rondalla dista de la simple diversión pueril, y el análisis de unas cuantas del histórico Campo de Alicante, que fueron recopiladas por Joaquim González i Caturla a comienzos de la década de 1980 (cuando la hormigonera ya había alterado el paisaje alicantino), nos ilustra sobre la forma de vivir y pensar de los alicantinos de generaciones pasadas, con formas entrañables a punto de desaparecer en muchos casos a las que deseamos dedicar este artículo desde esta tribuna de Alicante.



¿Volkgeist alicantino?

La resistencia contra Napoleón alentó a los intelectuales de la Europa germánica a buscar los valores patrios entre las gentes más sencillas, incontaminadas de influencias francesas y revolucionarias. Este movimiento romántico triunfó en gran parte del continente, y en las tierras de la antigua Corona de Aragón de la primera mitad del siglo XIX los eruditos exhumaron de la esquiva realidad el supuesto espíritu del pueblo, incorruptible y resistente a invasiones y conquistas extranjeras. La teórica cultura popular daba testimonio, en teoría, de la voz de los siglos pasados. La romántica moda aceptada en la Barcelona de 1830 se difundiría con el tiempo hacia Mallorca y Alicante, pasando de Milà i Fontanals a Alcover o Valor. Se redescubrieron historias, estructuras y motivos similares de unas tierras a otras, inspirando la más emprendedora Renaixença o recuperación de la cultura y el idioma propios de Cataluña, Valencia y Baleares.

No siempre la gente letrada había tratado con semejante consideración a la cultura popular. El franciscano Francesc Eiximenis, gran relator de narraciones moralizadoras, deploraba la grosería de los campesinos en 1386. Las cosas empezarían a cambiar mucho después, y en 1767 Lluís Galiana la contempló con mayor simpatía en Rondalla de rondalles. El triunfo del liberalismo permitió la victoria de las ascendentes burguesías agrarias y mercantiles en las principales localidades españolas, requiriendo la ayuda armada de menestrales, pequeños labradores, aparceros y jornaleros hasta conquistar el poder, cuando se les licenciaba con palabras sonoras y escaso premio. Era también la hora de excusarse con rondalles, idealizadoras de la bondad de las gentes del campo, alejadas de la infernal indústria, que amenazaba con incendiar el orden liberal-capitalista. La Renaixença, según la visión de Josep Maria Fradera, inventó más que encontró el espiritu popular según los cánones del idealismo germánico. Entonces, ¿qué podemos encontrar en las rondalles? A nuestro juicio una forma de tradición, lo cual no es poco.

Moros en la costa.

La ficción a veces depara sorpresas realistas. La tendencia tradicional valenciana de alabar al moro del pasado y censurar al del presente no aparece con vigor en las rondalles alicantinas más recientes, pese a las imaginaciones surgidas alrededor de la Cara del Moro del Benacantil. Cierto que el cronista barroco Vicente Bendicho (1640) se extasió con el relato de la historia amorosa de Alí y Cántara, que explicaba el origen del regadío de la Huerta, la inclinación comercial alicantina y el nombre de nuestra ciudad, pero en la Terreta no encontramos ningún palacio oriental digno del Castell del Sol del gran Enric Valor, encaramado en la serranía alcoyana.



Si nos atenemos a la magnífica recopilación de Gonzàlez i Caturla, la cosecha es escasa. Sólo encontramos la figura de la princesa mora, dentro de la rondalla realista del Tio Roc, que huyendo de la furia de los cristianos agermanados (interesante referencia histórica) se transformaría en las bellezas de las Cuevas del Canelobre. La tragedia también dejó su huella en la geología mítica de la montaña alicantina de Sant Julián, la del Salt de la Reina Mora o de la pobre Cántara, así como en las mallorquinas Cuevas del Drach. Sin embargo, no encontramos ninguna referencia a santos que combatían contundentemente al infiel, como el San Jaime que formó la isla de Benidorm al tropezar su caballo con la montaña de Finestrat, ni al bautizo de ningún naúfrago musulmán tras una milagrosa intercesión de la Virgen.

En 1640 bautizar moros no era muy creible ni rentable, pues prosperaba el corsarismo y el tráfico esclavista en las proximidades de la temible Berbería tras la expulsión de los moriscos de 1609. La colonitzación alacantina del Oranesado a partir de 1830 no aportó gran cosa, y el recuerdo islámico quedó petrificado en puntuales accidentes geográficos.

El país de las imaginaciones.

A principios del siglo XXI pocas personas relatan rondalles tradicionales alicantinas a sus hijos. Treinta años antes los ancianos aún eran capaces de ello, pero de manera desigual por razones de cultura o procedencia. De los relatos recopilados por González i Caturla 10 provenían de San Juan, 6 de Muchamiel, 6 de El Campello, 6 de Agost, 5 de Jijona, 3 de San Vicente del Raspeig, 2 de Benimagrell, 2 de La Canyada del Fenollar, 1 de El Palamó, 1 de la isla de Tabarca, y 1 de la ciudad de Alicante.



Teniendo presente que quizá se hayan perdido muchas de las narraciones populares de la ciudad, de ambiente marinero, podemos distinguir dos núcleos fundamentales en el Campo de Alicante. El primero lo conformaría la zona de huerta orientada hacia el Norte de la provincia, con Jijona, Muchamiel, San Juan y El Palamó, con narraciones vitales cercanas a la realidad más cotidiana. El núcleo de Poniente lo encabezaría Agost y La Canyada del Fenollar, carente de las potencialidades agrarias del anterior y con dedicación alfarera a lo largo del siglo XIX. Sus rondalles son de carácter mágico. Asimismo, encontramos casos bien singulares: el de San Vicente del Raspeig por su fuerte devoción al patrón, y el de El Campello, población marinera que atesoraba narraciones sobre Jesucristo y San Pedro, y que compartía elementos mágicos con Agost y Tabarca. En suma, se dibujaba un arco mágico desde Agost a Tabarca, que albergaba un círculo más realista con el epicentro en la ciudad de Alicante.

El tabú en la Terreta alicantina.

La primera misión de la rondalla es la de inculcar una norma de comportamiento comunitarios. En nuestro caso encontramos normas de tipo familiar, clasista y vital.

Los problemas familiares son ocasionados por las personas que interpretan un papel indebido, según la moralidad tradicional. El padre de familia carente de energía no aprovecha los obsequios mágicos de San Pedro. Quien no trata con consideración a su esposa cae en el ridículo del cucharón ante el vecindario. Quien vuelve a casarse ocasiona la mala fortuna de sus hijos. En contraposición el cabeza de familia aleccionador de suegras y esposas holgazanas goza del reconocimiento popular. No menos imperativo resulta el deber de la buena hermandad, castigando la suerte al envidioso de la suerte fraterna. Con claro realismo una prole excesiva amenaza con el hambre. La monstruosa figura del Forçut de Jijona desaconseja procrear a edad avanzada. Los hijos tienen que honrar la ancianidad de los padres. Eran las prescripciones de una sociedad de pequeños agricultores y menestrales, que al dividir los bienes familiares en cada generación, incluso antes del fallecimiento del patriarca, determinaba la adopción de severas normas de conducta para preservar la cohesión del grupo familiar, al menos en teoría.

En estas comunidades el arquetípico hombre del saco representa el peligro forastero. La jerarquía social procede del propio Dios, ya que los pobres son los descendientes de los hijos que Adán y Eva ocultaron en una cueva por temor al Altísimo. El mismísimo San Pedro sería sancionado por tratar de engañar a su superior Jesucristo, aportando un toque de entrañable humanidad. Quien pretendiera vivir sin trabajar con el recurso de los hechizos recibiría su merecido, en contraste bien vivo con el esforzado Joanet el Pescador, las doncellas virginales solicitadas en matrimonio, y el honrado padre de familia sin dicha. La caridad y el matrimonio acertado solucionan los más graves problemas comunitarios. En el fondo toda política social pasaba por la conducta individual en aquellas sociedades del honor, la reputación o el que dirán. La promoción social se administra con discreta moderación, y el que no se condujera según su rango correspondiente caería en el ridículo, caso del sacerdote lujurioso. En el fondo cierto anticlericalismo era compatible con la obediencia a la Iglesia católica. El aliento místico del anarquismo ibérico no nacería por generación espontánea.

Se envuelve la existencia vital de prohibiciones pese a los remedios mágicos, ya que ante la muerte de nada valen remedios ni apelaciones. La posibilidad de una segunda vida sólo es otorgada a los más puros enamorados.

¿Estamos ante vestigios de fantasías ancestrales, nacidas de añejas civilizaciones? La presencia de elementos mágicos no nos ha de confundir con sus seductoras sugerencias. La moral de nuestros cuentos encaja con una sociedad de honor, propia del final del Antiguo Régimen y el comienzo del liberalismo. Amalgaman esfuerzo y conducta socialmente aceptada, muy determinada por valores cristianos tradicionales como el repudio de las segundas nupcias. Dentro de este mosaico de normas, la persona escoge su camino más individual, clara antropología del Concilio de Trento. La presencia de vivaces chistes y la preocupación por el control de natalidad ayudan a concretar la datación antes avanzada entre los siglos XVIII y XIX, lejos de contiendas medievales y criaturas prehistóricas, mas cerca de la eclosión de la cultura popular de nuestro Siglo de las Luces y de las contradicciones decimonónicas de nuestro complejo y contradictorio liberalismo.

Las rondalles y otros elementos de esta cultura popular (canciones, dichos, etc.) se fueron renovando a lo largo del tiempo dentro de una escala de valores con el propósito de responder a los lances de la vida cotidiana. Nuestros estudios a veces los congelan en un tiempo muerto.

Las armas del pobre.

Sin incentivos los jugadores abandonarían la partida y reclamaría nuevas normas. A la persona destinada a la eterna pobreza es conveniente dejarle una brizna de esperanza, por reducida que sea, en forma de cualidades, encantos y objetos mágicos.ense incentius els jugadors abandonen la partida i reclamen noves normes.

La calidad del valor moral fundamenta todo poder extranatural, pues la buena suerta no permanece ciega. El amor puro, el esfuerzo, el ingenio o la hermadad denotan bondad antropológica, convenientemente ayudada por hechizos y objetos mágicos otorgadores de bienes dignos del Paraíso. “Xarxa calà, a Déu siga encomanà!”, pronuncia el pescador. La procedencia divina de los objetos resulta indiscutible, expulsando los restos de la brujería más abyecta. Así pues, la vara ofrecía abundancia en la mesa familiar. El burro defeca riquezas dignas del oro. El pañuelo auxilia al pobre honrado. El garrote golpea al vecino ladrón.

La magia en estos casos sirve a Dios, y el milagro adquiere la dimensión de especialísimo regalo. Los remedios procuradores de la resurrección cristianizan el curanderismo, pues nunca el poder de las brujas del diablo puede equipararse con el de Nuestro Señor. De hecho, los objetos mágicos se prodigan menos en nuestra rondallística que la confianza depositada en la corte celestial.

Bestiario de la Terreta.

Los animales y las criaturas curiosas han acostumbrado a medir el grado de fantasía de una civilización desde antes de la grandeza egipcia. ¿Qué sería de Ulises sin Polifemo? Un Linneo también se interesaría por nuestra fauna de discretos animalitos, de sentimientos humanizados. El pobre lobo, carente de toda reminiscencia de grandeza religiosa de los iberos, sufre el maltrato de los labradores y superado por una zorra de mayor agilidad mental.

Cada criatura simboliza una función. La araña de ingrato egoismo, la responsable abeja, la hormiga cuidadosa o el mágico gallo transitan itinerarios más modestos que otras de raigambre bíblica, aunque no menos interesantes. Al combatir a un titánico gigante Joanet el Pescador se transformaría sucesivamente en león y águila, cualidades divinas del varón esforzado. De los dragones recordados por Bendicho sólo quedarían las serpientes gigantes de Jijona, en línea de los alcoyanos que ya habían suplantado el dragón de San Jorge por los moros. El bestiario mágico luciría en el escenario del Corpus, la gran fiesta alicantina del Antiguo Régimen, tan ligada a las cofradías.

El Mediterráneo dispuso del privilegio de ofrecer a la maravillosa Serena, aherrojada por un gigantesco negro y rescatada por un caballeresco pescador, un chico escapado de la escasez de los secanos en busca de la riqueza y que conseguiría convertir en labradora esposa a la preciada Serena. Ciertamente se trata de un mito que Julio Caro Baroja ya localizaba en la antigua Sumeria, testimonio de etapas anteriores menos conocidas metabolizadas por las necesidades más recientes.

El reino de las plantas.

Imprescindible resulta su recuerdo en una sociedad agraria, donde también encarnan funciones simbólicas, insistentes en la metáfora resurreccional. El realismo más claro es ofrecido por las algarrobas consumidas por las bestias de labor y en más de una ocasión por los pobres. Al ser Dios el alfa y el omega, los piñones de los dátiles dispensaron protección a la Sagrada Familia escapada a Egipto, clara influencia de La leyenda dorada del franciscano de la Voragine.

Se distinguen en Alicante dos grupos de plantas mágicas bajo la advocación de un santo, el de las del poder de la encarnación (como las resurreccionales peras de San Pedro), y el de las que ofrecen auxilio por su intercesión, caso de las habas. En cambio las celebérrimas bacores no se asocian con la figura de San Juan Bautista en nuestros relatos, pese a la coincidencia de su madurez con el gran 24 de junio. Nos encontramos aún muy lejanos de la contemporánea fiebre de les Fogueres, aunque el mal uso social de las plantas en el transcurso de la jornada del Sol Grande comporta graves consecuencias, especialmente en el mítico Fontcalent.

Rondallar.

Se trata de una actividad más complicada que la de relatar al calor del hogar una narración durante las largas noches invernales de un pasado no tan distante. Requiere memoria y no escasa gracia. A diferencia del poeta culteranista amante de los sinónimos ditirámbicos, la rondalla emana de la concisión, y en el fondo atesora una dimensión muy elaborada, con normas de composición servidas por un alfabeto simbólico de personas, animales y plantas, que algunos caracterizarían de egipcio. La utilización del cristano número tres, por ejemplo, es extraordinaria.
La rondalla se ayuda de mecanismos pnemotécnicos de estilo matemático. El tres es una de sus piedras angulares. En la versión colectiva más común tres personalidades distintas se encaran con tres misiones que brindan tres resultados dispares o incógnitas a dilucidar con las normas de la moral. También dispone de tres oportunidades un protagonista exclusivo de una narración.

Esta base trinitaria aporta puntos de comparación a los oyentes a adoctrinar, además de permitir la renovación del género a través de una serie de protocolos más o menos explícitos: el de la fusión o conciliación de tres ejemplos particulares, graduados según los imperativos morales; el de la incorporación de un relato puntual en uno de los tres elementos; el del enriquecimiento o inserción de tres nuevos componentes en una parte de la narración (del estilo de tres objetos mágicos antes no contemplados en una de las tres pruebas); y el de la simplificación de elementos, que puede reformularse o desaparecer simplemente.

De su aplicación minanan las propiedades de asimilación de componentes de una cultura pasada (ya descontextualizados completamente), de actualización con el recurso del comentario de incidencias cotidianas aportadoras de verismo, y de imitación de relatos coetáneos de otros lugares y de historias sacras prestigiosas. En este caso la rondalla gozaría del poder del fénix. Idénticas estructuras matemáticas y compositivas se han podido rastrear en las narraciones mitológicas griegas, en las sagas vikingas, en los apólogos del mundo islámico medieval o en los relatos de civilizaciones precolombinas como la azteca. Las categorías kantianas residirían en estos relatos, y Chomsky acertaría de hablar de estructuras expresivas mentales comunes a las personas, con independencia del idioma empleado.

Ahora bien, ¿quién creó realmente estos cuentos? No hemos de confundir los transmisores con los creadores en unas sociedades que navegaron entre el grafismo oficial y el analfabetismo popular de ciudades rodeadas de cinturones agrarios. En el caso alicantino, sin olvidar a las autoridades reales, serían las órdenes religiosas los grandes impulsores, especialmente los franciscanos, ya presentes en Alicante durante la Baja Edad Media, adaptando motivos ya ensayados en otros rincones de la Christianitas. Las clarisas de la Santa Faz gozaron de un notable papel al ser el venerado monasterio refugio de los huertanos ante las incursiones berberiscas. Antes de la severa imposición de las normas de clausura de Trento, las hermanas transitaron con mayor libertad por nuestros caminos rurales, con una familiaridad que indignó en 1640 al titular del monasterio, el endeudado municipio.

Sus pautas marcaron la creatividad más popular de los capitostes de familia con éxito, con peso creciente a medida que avanzamos hacia el siglo XIX, haciendo migas con el pragmatismo alicantino. En estas condiciones los relatos orales de la cultura popular completaron un ciclo vital de represión de elementos contradictorios con la cultura vigente, como las hechicerías condenadas por la Iglesia, adoctrinamiento, desarrollo ético, olvido progresivo por las transformaciones sociales y recuperación erudita.

La labor de los historiadores no resucita una cultura por la que ya ha sonado el toque de difuntos por mucho que se alaben sus virtudes educativas en ciertos medios académicos. Posiblemente en la sociedad presente la imagen haya suplantado a la antigua oralidad, y los mecanismos publicitarios ocuparían un espacio antes reservado a la rondalla, cambiando los prejuicios del honor por los del consumismo. De todas maneras se replantea el interrogante, ¿se trata del veritable sentir popular o de una fantasía encabalgada sobre la triste realidad ? En un Alicante tan vivo como el nuestro depende de cada uno de nosotros.

VÍCTOR MANUEL
GALÁN TENDERO
Fotos: Alicante Vivo

Bibliografia

ALTAMIRA, Rafael, Cuentos de Levante y otros relatos breves. Edición de Mª. de los Ángeles Ayala, Alicante, 1998.
AMADES, Joan, Costumari català, 16 volúmenes, Barcelona, 2005.
BENDICHO, Vicente, Chrónica de la muy Ilustre, Noble y Leal Ciudad de Alicante, 4 volúmenes. Edición de Mª. Luisa Cabanes, Alicante, 1991.
BORJA, Joan, Llegendes del sud, Picaña, 2005.
CAPÓ, Bernat, Costumari valencià. Coses de poble, 2 volúmenes, Picaña, 1999
GONZÀLEZ I CATURLA, Joaquim, Rondalles de l´Alacantí, Alicante, 1985.
LLULL, Ramon, Llibre de les bèsties, Barcelona, 1979.
MARTÍNEZ, Francesc, Llegendari valencià. Edición de Josep M. Baldaquí, Alicante, 1995.
VALOR, Enric, Rondalles valencianes, 8 volúmenes, Picaña, 1984.

14 noviembre 2008

LAS LEYENDAS DEL CENTRO DE TECNIFICACIÓN

Centro de Tecnificación de Alicante

El Centro de Tecnificación es un sintagma que tiene mucha fuerza cuando lo pronuncias. Sólo con decir su nombre en voz alta se te eriza el vello, y parece un recinto inexpugnable en el que van a perder todos los rivales que se acerquen a él. Y ciertamente, ironías del destino, es inexpugnable e inaccesible, y más que perder, se pierden todos los que allí acuden. Sobre el Centro de Tecnificación circulan tan variopintas habladurías (algunas con base real, otras espero que no) que quisiera compartirlas con vosotros para aumentar más su leyenda como ignota fortaleza. En primer lugar, hay que reconocer que esa zona deportiva de San Blas (recordemos que media Alicante es de San Blas, Nou San Blas, San Blas Viejo o Polígono San Blas, los PAUs...) es una joya de la que carecen muchas ciudades, con el estadio de fútbol, el hipódromo, el pabellón Pitiu Rochel, las piscinas municipales, pistas de atletismo, el campo deportivo del Colegio El Tossal, o el mismo Centro de Tecnificación (pabellón Pedro Ferándiz). Sobre su estado y el deterioro de las instalaciones no voy a entrar porque no me corresponde hoy, pero al César lo que es del César: es una más que interesante zona deportiva y cada fin de semana está llena porque goza de enorme éxito.

PRIMERA LEYENDA

Pero cuando te acercas al Centro de Tecnificación, te surge una primera duda sustancial, ¿por dónde se entra al Centro? Y entramos en la primera de las leyendas del recinto, la de la doble autoría. Esta historia se la debo a mi compañero de trabajo Daniel, ferviente seguidor del Lucentum, fanático del baloncesto y conocedor de los relatos entre bambalinas del coliseo alicantino.


Supuestamente (así empieza la leyenda), el proyecto fue iniciado por dos arquitectos (Enric Miralles i Moya y Carme Pinós Desplat) que se divorciaron a mitad de proyecto. La separación sentimental de los antiguos amantes motivó que cada uno se encargara de una mitad del proyecto, y desembocó en la extravagante disposición de las salas y espacios del local porque, al parecer, se fueron poniendo trabas entre ambos cuando diseñaban el Centro de Tecnificación. El transcurso de los monólogos ante los planos me lo imagino así:
ÉL: Veo que has puesto una escalera que termina en mi parte; seguro que lo has hecho por esa aventurilla que nunca me perdonaste, maldita desgraciada. Pues te vas a enterar, voy a plantarte una puerta justo al final de la escalera. A ver si ahora me dices que te duele la cabeza, que voy a bajar los techos de las salas impares. Y una entrada secreta para la grada sur.
ELLA: Observo que aquí me has puesto una puerta. Tú siempre igual, intentando meter cosas donde no se puede. Pues ahora sí que me has cabreado, que te voy a poner una ventana en el suelo para cuando salgas de esa puerta. Ah, y el grifo de la ducha lo pongo a la altura de los tobillos. Y voy a hacer un campo con una pendiente de 30º.
(Y así sucesivamente se fue gestando nuestro Centro de Tecnificación)


SEGUNDA LEYENDA

Comparativa entre el Centro de Tecnificación y Relativity, de Éscher.

De esta manera llegamos a la segunda leyenda, la del cuadro de Éscher, agradeciendo la colaboración de Juan A. Herrerías, Nacho Ortuño y Pedro Poveda por la información aportada en ésta y la siguiente leyenda. ¿Quién no conoce la imagen de M. C. Éscher llamada Relativity? Es la viva imagen representativa del Centro de Tecnificación. Se dice y se cuenta en los mentideros de la ciudad Alicante que el cuadro del artista holandés fue la base original en la que se centraron todos los planos del diseño. Tal vez sea cierto que el hogar del Lucentum, del Eurobasket y actividades de todo tipo es un merecido homenaje a Éscher, o quizás sea sólo un motivo de escarnio más, pero circula el sarcasmo de que han sido vistos partidos de baloncesto que se han jugado en diferentes dimensiones espaciales.


TERCERA LEYENDA

Y por último, es preciso que conozcáis la leyenda del hombre perdido o el emparedado, que cuenta la historia de cómo un joven aficionado a los deportes alicantinos quedó preso, poco después de su inauguración, en los muros del Centro de Tecnificación, como Tom Hanks en La Terminal de Spielberg, siendo incapaz de encontrar la salida ante semejante laberinto de atroz envergadura. La incógnita de este cuentecillo es descubrir dónde se encuentra este hombre que ni come ni duerme, porque también se detalla que si vas en su busca puedes terminar tan desorientado como él. Hay quien dice que es el bedel del Centro que vive allí, y hay quien dice que es como El fantasma de la Ópera alicantino, que va animando a los equipos locales recorriendo oscuros pasadizos que sólo él conoce debido a los años que lleva encerrado sin poder hallar la salida. Pero todavía hay más, porque si lo encuentras, corres el peligro de ser el siguiente emparedado del Centro de Tecnificación, pues él te pasará el testigo de su condena y nunca accederás a ver la luz del sol hasta que no te encuentre el siguiente emparedado.



EPÍLOGO

Para terminar, esperando que os haya gustado y entretenido esta aventura por la zona deportiva de San Blas, os dejo como epílogo la leyenda de la derrota del alcalde, pues se dice que Ángel Luna perdió la alcaldía alicantina justo después de la inauguración del inexpugnable, inaccesible y maldito Centro de Tecnificación. Tal vez por eso ningún alcalde, en años sucesivos, se haya atrevido todavía a tocarlo ni un ápice.

Nuestro amigo Manupodas nos envía esta imagen para ilustrar las dos primeras leyendas, la de la doble autoría y la del cuadro de Éscher.

31 octubre 2008

Todos los Santos

Si hubiera un día y una noche para reencontrarse con el alcayde Nicolás Peris, desde luego ese día sería hoy y la noche sería ésta.

Nuestra querida ciudad (mal)crece a pasos agigantados, ya sea urbanística o culturalmente, incorporando en sus entrañas costumbres y rasgos que no le son característicos. Puesto que desde Alicante Vivo siempre hemos enarbolado la recuperación de nuestro patrimonio cultural y artístico, es preciso recuperar un nombre y una tradición que caracteriza nuestra esencia, y dota nuestra alicantinidad del aura que le corresponde. Estoy hablando de Halloween vs. Todos los Santos, o como voy a llamarlo hoy aquí: Calabazas vs. Castañas. Comencemos en términos becquerianos, así que: "Allá va, como el caballo de copas".

Hace un año, Juanjo dedicó un artículo al Día de Todos los Santos, en el que voy a basarme (amplificatio, amigo) para volver a sentir el viento del otoño en las zigzagueantes calles alicantinas. Y es que el día 31 de octubre, la víspera del 1 de noviembre, coincide con la festividad celta "Samheim" (creyendo que el dios de la muerte hacía volver a los difuntos). Fue la masacre del emperador Dioceclano la que motivó que hubiera que dedicar un día a todos los muertos, el Papa Bonifacio IV el que dedicó un templo a "Todos los Santos", y el Papa Gregorio III el que ubicó la fiesta (y sin goblalización por medio) el día 1 de noviembre. Con el Cristianismo esta vigilia se llamó “All Hallows' Eve” (Vigilia de Todos los Santos) y su importancia fue creciendo con el paso del tiempo al mismo tiempo que se fue transformando hasta llegar a lo que hoy se conoce como “Halloween”. En definitiva: el avezado lector ya identificará que ¡es exactamente lo mismo! ¿Lo es? Entonces, ¿a qué tanto artículo?

Todos los Santos es el nombre tradicional (y si lo defendemos en las calles, ¿por qué no en las fiestas?) sin la traducción al inglés que tanto le gusta al conseller Font de Mora. Y, ciertamente, es la noche en la que las ánimas acuden a tierra y en la que los vivos pensamos acudir al camposanto. Gustavo Adolfo Bécquer escribió en las páginas de El Contemporáneo una de las leyendas más terroríficas de toda la literatura castellana: "El Monte de las Ánimas", íntegramente desarrollada el día de Todos Santos, conectando brillantemente la relación entre el mundo de los vivos y los muertos en un tiempo remoto terriblemente romántico. No aparecen en su obra huesos de santo (entendidos como dulces, claro, porque de los otros hay y muchos) ni buñuelos de viento, pero la ambientación del tercer capítulo merece por sí misma tesis enteras de la historia de la literatura. No es Jack O'Lantern, ni lleva una calabaza por cabeza, son los Alcudiel y los Borges, Alonso y Beatriz, y la sensorial noche de Beatriz que creerá en lo sobrenatural tras la poderosa visión de la cinta azul.

Todos los Santos es la noche a partir de la cual se representa , por lo menos, en un teatro en España al año (buscadlo en Google si queréis, no falla) el drama religioso-fantástico Don Juan Tenorio, que no es precisamente Truco o Trato, porque es infinitamente superior, ya que es una de la mejores materializaciones en lengua española del mito de Don Juan. Acercaos con Don Juan a su segunda parte, al cementerio de Sevilla, ante la tumba de don Gonzalo, a cenar con el comendador.

Los escaparates de las pastelerías de Alicante se vuelven hoy más jugosos de lo normal, la humeante castañara de Maissonave vuelve a ocupar su lugar en la esquina de Zara, los vivos nos reencontramos con los muertos y visitamos el inframundo como otrora don Félix en el Estudiante de Salamanca de Espronceda. En un abrir y cerrar de ojos volvemos al Alicante decimonónico y podemos seguir el olor de los buñuelos y los huesos de santo en cada ventana iluminada de este frío y lluvioso otoño que se cuela, nebuloso y volátil, en todas las ventanas de la ciudad. Es el duende satírico del día, es el "Día de Difuntos de 1836" en el que Larra se pasea por las tumbas del cementerio, como tantos alicantinos haremos en breve, y diremos "aquí yace nuestro patrimonio cultural". Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.

19 septiembre 2008

LA LEYENDA DE LOS CONDES DE SANTA EULALIA

Regresamos a Santa Eulalia, esta vez detendremos nuestra mirada en el palacete, misterioso lugar que encierra historias y leyendas que quedaron encerradas allí para siempre.
En la pagina Web de Guillermo Nuñez, encontramos el relato de una leyenda contada en primera persona por la propietaria del palacio cuando en 2005 accedieron al interior del palacio en busca de un nexo entre este mundo y el mas allá.
Vista de la fachada principal del Palacete
Cuenta la leyenda que el conde era un mujeriego y bebedor empedernido, la condesa, harta de las hazañas de su marido se trasladó hasta este lugar construido por su esposo.
Despechada y en ausencia del conde, la condesa transformó el palacio en un casino con una gran bodega y por él pasaban gran cantidad de hombres.
La noticia llega hasta el conde, éste viaja desde Barcelona hasta Santa Eulalia para poner orden y al llegar allí sucumbe bajo el hechizo de su renovada esposa.
Juega y pierde toda su fortuna... en una noche de excesos y bebida se acerca hasta la base de la fuentecilla....cae desplomado por efecto del alcohol con tan mala fortuna que la mitad superior de su cuerpo queda sumergida en el agua pereciendo ahogado.
Desde entonces... siempre que el palacio es visitado por una mujer de parecido aspecto a la condesa, el conde hace acto de presencia, volviendo de su destierro del más allá.
Pero la historia no para ahí... es curioso y significativo que todas las familias que han llegado a vivir en este lugar han quedado separadas de una u otra forma...Hoy también ocurre eso, de nuevo una familia separada.
Cuenta un descendiente de alguien que vivió alli que los señores tenian atados junto a la entrada principal dos exoticos monos a los que obligan a bañarse en la fuente del jardin.

Fuente donde se dice que se ahogó el conde
Leyendas, anecdotas y misteriosas historias de fantasmas que hacen mas atractivo aun si cabe aquella Colonia olvidada en el tiempo.
Conoce mas sobre la Colonia en estos enlaces:
Fuente de la leyenda: Fotoparanormal.com

23 mayo 2008

LOS FANTASMAS DE LA TERRETA

Realmente, ¿qué serían aquellas señoras llamadas "brujas"? ¿unas adictas a las setas e infusiones alucinógenas que se reunían para "flipar" igual que hoy los amigos de la marihuana? ¿Sería el herbero una antigua poción?

A lo largo de este mes hemos publicado una serie de curiosos relatos sobre hechos extraordinarios, que sucedieron en nuestra provincia, en distintos pueblos a lo largo de nuestra geografía, que pasaron a la cultura local, convirtiéndose en cuentos, leyendas o historias que contar en noches de campamento, tertulias de sobremesa o paseos por el monte, tanto en la montaña, en la costa como en las grandes ciudades:

- El Vicari del Cepet
- Un Aquelarre en la montaña alicantina
- Las faltas de Roseta

- El amante helado

- El estacazo del Tío Follajes

- El escopetazo de Frasquito
- Los cerdets de Relleu
- Un muerto que no lo estaba

- El gran robo de Benimasot

Se trata de relatos sobre fantasmas corpóreos, duendes y brujas, acaecidos en nuestra historia reciente (primer tercio del Siglo XX), y que normalmente, todos tienen una explicación realista, muchas veces vinculada a actividades que se deseaban mantener ocultas bien por pudor y vergüenza o bien por mantener en secreto algo que cambiaría la imagen de ciertas personas. Después, el boca a boca, el imaginario popular y el miedo a lo desconocido, hicieron que estas historias se tornaran en auténticas leyendas. Sin embargo, aunque sea difícil averiguar dónde está el límite entre la fantasía y lo real, todas estas historias fueron investigadas y recogidas por Francisco G. Seijo Alonso con estudio de campo, in situ, a veces tomadas de los propios protagonistas, y otras, de personas allegadas. Estos relatos, publicados a lo largo de 1986 en el Diario Información, bajo el título de una serie llamada "Cosas de Fantasmas, Duendes y Brujas", fueron acompañados por espléndidos dibujos ilustrativos del artista alicantino Remigio Soler.

Dibujo de Remigio Soler.

Hoy, quizá las leyendas no se fraguan del mismo modo, sino que surgen como leyendas urbanas vinculadas a objetos de nuestra cultura moderna. Quizá sean igual de válidas, pero aquellas historias de las noches oscuras de los pueblos, en los que todos se conocían y cualquier ruido en la noche era alarmante, tienen algo especial que nos atrae. Imaginarnos años atrás, donde la gran mayoría de la población era analfabeta y no tenía educación reglada, es trasladarnos a un mundo donde la cultura es oral, se propaga a través de las personas, por leyendas e historias con moraleja... un mundo en el que con el miedo se infundían valores morales para supuestamente "educar" en lo que se debía y no debía hacer, y en el que a lo desconocido no se le buscaba explicación científica, sino sobrenatural...


Y como amantes de nuestra tierra que somos, nos gusta recuperar conceptos relativos al tema que nos ocupa, hoy casi olvidados, como "bubotas", "muixerangas" y "carassetas", que eran plenamente conocidos en nuestro territorio cuando estas leyendas de fantasmas servían por ejemplo, para hacer que los niños se portaran bien y no salieran de casa de noche, para atemorizar al pueblo y poder realizar actividades "ilícitas" sin miradas delatoras, o para justificar hechos que a alguno le habrían traído serias consecuencias.

Encontrarse a alguien así en el pueblo, a medianoche, podría dar sustos a más de uno (entonces no había televisión, y no nos causaría risa, sino todo lo contrario...). Pero seguramente, se trataría de algún chico que habría ido a gozar con su amada, escondiéndose de miradas ajenas que le acusaran o le pidieran explicaciones, y ahuyentándolas aprovechándose de las leyendas populares.


Aprovechando el estamento social de las distintas comarcas, hubo una época, llamémosla de esplendor, en el primer tercio de nuestro siglo, en lo que a fantasmas, duendes y brujas se refiere, basado en diversas coyunturas, muchas veces adoptando los primeros tales formas, con determinada urdimbre, para llevar a término sus fines.

El fantasma, en la lengua nativa toma las denominaciones de bubota, la por, follet, muixeranga, óbila e incluso carasseta. No obstane, se conoce mayormente por el apelativo de bubota, adoptando por corrupción, deformación o modismo local, las variantes de buberota, mumerotes, mumaranta, etc... Aunque por lo regular, muchas veces no se matiza convenientemente, fundiendo o invirtiendo los términos del espécimen, mezclando lo real con lo ficticio, dando así base de sustentación a un popurrí de creencias y supersticiones.

Reuniones misteriosas en los bosques, rituales en los solsticios... las herencias de las culturas paganas perduraron durante siglos. Incluso algunas, fueron incorporadas a rituales actuales por la religión cristiana y las celebraciones populares.

En Relleu hallamos una especie de cerdet o duende que brota en la noche montándose a la grupa de las caballerías, asustando al viandante. Están asimismo, las óbilas -lechuzas- que se acomodan y crían en la torre del campanario de Sella; els gambosins en Torremanzanas, apareciendo en las noches de viento, aterrorizando a las gentes; els bous, de Aigües, que con sus afiladas cornamentas, atracaba en la negrura, erizando los pelos al más templado; las bruixes de Planes, trasladándose en la noche volando sobre tinajas, por encima de los barrancos, reuniéndose en la Almazara del Duc; los duendes de Almudaina, fastidiando al pueblo con sus trastadas...
Encontrar en plena oscuridad una cara como esta, hacía a la población huir empavorecida.

Y es que imaginaban que se trataba de un ser como éste...

De todas formas, en Alicante el fantasma corpóreo ha sido siempre el que más hechos ha promovido. La tramoya para organizar una buena fantasmada, se formaba con dos palos puestos en cruz, logrando así una especie de parot o estai, lugar en donde los carpinteros colgaban los candiles al menguar la luz solar. Era como una especie de cruz, de buenas proporciones, en la que, en su parte superior, se colocaba una calabaza a la que previamente se le habían practicado algunas aperturas, quedando traslúcida merced a un cirio que se colocaba en su interior. Este artilugio se cubría entonces con una sábana y con este espectro bien enarbolado en el tremolar nocturno, se atemorizaba al más bragado.
La aparición de estos fantasmas en la noche, puede atribuirse a diversas causas: relaciones extramatrimoniales, la gran mayoría de las veces; contrabando en la costa; hurto de frutos del campo, y bromas de mal gusto.

Aunque creíamos que era una importación americana de Halloween, las calabazas iluminadas ya formaban parte de nuestra tradición europea desde hace siglos...

En el primer caso, deberíamos tener en cuenta que la emigración hacia las ciudades del norte de África eran constantes. Esto, unido a que una buena parte de los hombres del litoral eran marinos, pasando largas temporadas por los mares del mundo, y que otros marchaban a la ribera valenciana, en la época de la recolección del arroz o a la Mancha y Castilla en la siega, los pueblos quedaban materialmente huérfanos de hombres.
Así pues, en estos ires y venires, un gran número de mujeres quedaban viudas en vida de sus cónyuges, de tal forma, que los venturosos galanes que quedaban en la contornada, hacían su agosto rindiendo pleitesía a las bellas.

De todas formas, había que guardar las apariencias, siendo menester valerse de estas artimañas, espantando así a los guardianes del virtuosismo, aún a sabiendas, por todos, que al aparecer en escena uno de estos esperpentos, lo más seguro era que por medio había un negocio de faldas. Cuando salía un fantasma, inequívocamente, en un noventa por ciento de los casos, había una componenda amorosa. Para aquellas viudas, alguien compuso un refrán, comparando a la mujer con la bota de vino: si se destapa sale a chorro.

También se empleaba el ardid en los impedimentos amorosos, con frecuencia entre dos rivales que pretendían a la misma muchacha, o bien por los padres, al considerar inoportuno el pretendiente de su hija, motivos familiares, etc...

También, los que apetecían bienes ajenos, se vestían de fantasmas, desvalijando la hacienda del vecino, robando melonares, frutos, etc... Cuando en la noche se vislumbraba una luz en movimiento, sin o se trataba de amoríos, al día siguiente la cosecha había desaparecido de los bancales o de la cambra.

Por otra parte, las bromas entre amigos o rivales eran muy frecuentes. La más generalizada, consistía en hacer beber a la víctima más de lo normal. Entonces, al estar un poco cargado, le decían que no tenía agallas para arrimar las posaderas a la puerta del cementerio, a la vez que decía "calces negres, calces blanques". Aquél, picado en su amor propio, enfilaba hacia el camposanto, mientras los bromistas se cubrían con la fatídica sábana, dándole un susto mayúsculo, haciéndole huir muerto de miedo hacia la taberna, perdiendo la apuesta.

Otros, empleaban incluso ataúdes. Uno de estos casos, ocurrió en las cercanías de Alicante, cuando al volver un mozo de visitar a la novia, en pleno campo, halló un ataúd con un muerto en su interior, siendo tal el susto que casi le cuesta la vida. Uno diferente, es el del huertano de Rojales, verídico: de tan roñoso que era, se compró en vida el ataúd para así poder discutir su precio, dando un susto de muerte a su mujer, al hallarlo tumbado dentro, envuelto en un sudario, llevando la situación a las últimas consecuencias.

¿Serían las hadas de los bosques mariposas de las que alguien quedó prendado?

¿Y los elfos, gnomos y ogros... serían personas deformes que habrían tenido que huir a los bosques y montañas para llevar vida de ermitaños y huir de la gente que los acusara de estar endemoniados o de ser monstruos?

De todas formas, se daban las excepciones y en alguna ocasión la buberota quedó malparada a manos de alguien que usó de sus mismos métodos, disparándole una perdigonada en la cabeza. Para contrarrestar esta ofensiva, que acabaría con la farsa, hubo un tiempo en que se puso de moda el fantasma de pega, o incluso artilugios que se alzaban a voluntad desde la rama de un árbol -especie de marioneta- dando más de un susto a los brabucones que osaron enfrentarse al fantasma, al comprobar cómo el estatermo, tras caer -intencionadamente- a tierra, volvía a levantarse amenazadoramente.

Diremos, para finalizar, que si bien era conocido entre la población la existencia de estas tretas y artimañas para "fabricar" fantasmas con fines diversos, el miedo a encontrarse con una silueta blanca en la calle o en la casa, era evidente, pues si no, no servirían de nada a quienes los empleaban. Y esto era así, porque a pesar de que haya muchas situaciones destapadas, hay otras leyendas e historias de miedo que nunca se pudieron explicar, vinculadas a los difuntos, a los otrora profundos y desconocidos bosques y montañas, a los antiguos castillos y fortalezas... y éstas fueron las que realmente hicieron creer a la gente la existencia de fantasmas, duendes y brujas en nuestra tierra, y precisamente, por no poderse explicar, se atribuían a fuerzas paranormales, extracorpóreas y sobrenaturales.

Pero al fin y al cabo, como suelo decirle a mis amigos cuando nos metemos por algún bosque o casa abandonada, debemos tener a veces más miedo de los vivos que de los muertos. No suele haber sitios más tranquilos y seguros que los cementerios, y es más probable que si te encuentras a alguien andando a solas por el bosque, se asuste de tí tanto como tú de él.

Escena de Sleepy Hollow. Entre las ramas y recovecos de las cortezas de algunos árboles centenarios, alguien predispuesto por las leyendas y sugestionado podría tener tendencia a ver cosas "extrañas", y por ejemplo, encontrar caras y creer que sus ramas eran brazos.

20 mayo 2008

EL GRAN ROBO DE BENIMASOT

El calle de Ceta, albarizo, deslumbrante al sol, baja encajonado en pronunciada pendiente entre las altísimas sierras de Almudaina y la Serrella, desde la cima de Alfaro hasta los linderos del valle de Travadell. Por su centro, entre marga gredosa, corre un riachuelo de ínfimo caudal que confluye en el río de Penáguila. Colgando de las laderas de las sierras se asientan, de sur a norte, por este orden, los pueblos de Famoraca, Facheca, Tollos, Benimasot y Balones. En el fondo del valle, sestean Cuatretondeta y Gorga.
Benimassot es un pueblo situado al abrigo de la Sierra de la Almudaina, en uno de los rincones más perdidos de la provincia de Alicante. Su nombre es árabe: "beni-mas ´ud". "Mas´ud" es un nombre muy común en Valencia, Mallorca y Cataluña. Stefanus Maçot era un fraile en el año 1023; Armaldo Massoti fue sacristán en Perpignan. Dicen que el nombre del lugar viene de ellos.


Contemplando hoy las tierras y los pueblos de Ceta, nadie podría creer que en tiempos el valle fue fértil y los hombres ricos. Desde las ruinas del castillo de Costurera, erguido airosamente como centinela perenne entre Balones y Benimasot, queda a nuestro alcance una extensísima panorámica de campos escalonados y una sucesión de montañas circundantes que se van difuminando en la lejanía. Es cierto que las tierras ya no se estercolan y por ello los árboles languidecen; que los pueblos están medio vacíos y sus callejones tristes; que en los barrancos, resecos, ya no se oye la canción del agua. Mas en aquel silencio sepulcral del blanco valle, aun con visos de reproche, lo mismo la soledad que la agresividad del paisaje son gratificantes para el que llega de la vorágine cotidiana de las grandes ciudades. Los toponimios de lugares y geografía, un arrullo: tosal del Rey, Blau, de la Peña, de la Cerradura, del Macho... barranquets de Santa Creu, de la Cova, de Costurera...

Benimasot, en sus tiempos, fue un o de los pueblos más ricos del valle. Tanto, que la iglesia dedicada a la Purísima Concepción, cuyas fiestas se celebraban el día 8 de septiembre -hoy tercer domingo de agosto- estaba decorada con polvo de oro. Esto trajo como resultado que su fama fuera lejos y así, un mal día, atrajo las miradas de los amigos de lo ajeno, sufriendo entonces uno de los robos más singulares de que se tenga noticia.


Era un domingo de Otoño en 1874, temprano, en el instante en que las gentes del pueblo, todas, estaban en la iglesia, oyendo misa de 10. Las campanas de la iglesia del pueblo tocaban a misa. Los lugareños acudían al acto con sus mejores galas. El cura rezaba el evangelio: “In diebus illis, Jesús dixit…”.
De pronto irrumpió una banda de "roders" (bandoleros) -se dice que era una docena larga- llegados desde la Marina, cubriendo, unos, sus caras con pañuelos de hierbas (a cuadros) y, los otros, pintarrajeados con tizne (mascarada), tapadas sus cabezas con amplios sombreros. Estaban armados hasta los dientes.

En ese momento alguien grita:
-“¡Que nadie se mueva!”

Planeado el robo con todo detalle, se vigilaron las entradas y salidas del pueblo, así como las de la Plaza Mayor, donde está la iglesia, costera del Forn, de la Font... Luego se sujetaron las puertas del templo con cadenas, amarrándolas a unos ganchos laterales, atando incluso las campanas de la torre, por si a algún vecino se le ocurría tocar a rebato.
La medianoche anterior, el grupo de bandoleros había atravesado el collado de la Bixauca en dirección a Castell de Castells. Rodearon el pueblo por los llanos en dirección a Fageca. Conocían bien el terreno. Con las primeras luces llegaron a Benimassot. No tenían prisa: fumaban tranquilamente un cigarro, siempre atentos a cualquier movimiento. Habían esperado a que sonaran las campanas de la iglesia. Sabían que el pueblo era muy religioso y todos acudirían a la llamada del cura. Tres entraron en la iglesia, el resto, esperó fuera. Sólo hablaban dos: uno en valenciano y otro en castellano.


Al cundir el pánico, los asaltantes pidieron calma, afirmando que de estarse quietos nada ocurriría. Entonces procedieron a pasar lista, principalmente a los ricachones, dueños de grandes heredades.

Señalan a un vecino que se había arrodillado en los primeros bancos:
-Vosté.

El primero en pagarlo fue Ximo Ferrandis (tio Niu), un hombre de bien muy honrado. Le desvalijaron la casa… ¡embutidos incluídos!
El siguiente fue el Tio Borrull. Alto y muy chistoso, siempre hacía las delicias del pueblo con sus chistes y muecas. Tenía una mula más vieja que Matusalén. Los bandoleros no se la llevaron…. Pero sí todos sus jamones.
El Tío Ferri estaba tan nervioso sentado en el banco de la iglesia que él mismo se delató. Era rico y avaricioso. Se llevaron de su casa vino, aceite, harina, maíz y legumbres. Parece ser que también dinero.
El Tío Jordi era más feliz que el Guerra. Vivió mas que “un cul de morter en un bancal”. Siempre en mangas de camisa, se iba al campo a las siete de la mañana y regresaba a las siete de la tarde, con un fardo de leña, cuatro racimos de uva y dos docenas de higos. Eso fue todo lo que se llevaron de él los bandoleros.

Toda aquella tramoya, debidamente organizada, había sido guiada por persona experta, conocedora del pueblo y de sus habitantes, lo cual quedó corroborado cuando uno de los fantasmas, en un alarde de desprecio o de ingenuidad, se le ocurrió bajar con disimulo el pañuelo que cubría su rostro, encendiendo un cigarro en una de las velas que alumbraban el Sagrario. Entonces, la tía Marieta, reconociéndole como vecino de Balones -no diremos su apodo, pues parece ser que aún tiene herederos en el pueblo de abajo- exclamó: "¡Si vosté es...!"

Aquél, de un manotazo, tiró a la vieja de bruces, amenazándole que si le descubría la degollaría. Dominada la situación, los bandoleros fueron sacando por turno, del templo, a los más distinguidos, dirigiéndose a sus respectivos domicilios. Al tío Savall, al negarse a decir en donde tenía escondidos su bien guardados dobletes, lo amenazaron con prenderle fuego. Lo mismo ocurrió con el tío Pep de la Plaça, al cual metieron en una "xabega" zarandeándole hasta doblegarlo. Más dócil, comprendiendo que no había otra solución que entregar sus tesoros, fue el "señoret" don Bruno Estruch, quien incluso se ofreció a abonar lo de otros vecinos más reacios, para que no les hicieran daño.
El dinero estaba escondido en los lugares más inverosímiles. AL subir las escaleras de una vivienda, debajo de un ladrillo había varias tinajas. Otras monedas y joyas estaban introducidas en un tonel, en la bodega descubriéndolas golpeándolos, con cuya argucia, por el sonido, hallaron el escondrijo.

Así fueron pasando todos los vecinos por semejante trance. El expolio duró tres horas. Cuatro mulos con los serones repletos emprendieron la huida. Parecía que la operación había estado diseñada por un profesional. ¿Sería el famoso bandolero Sifre?

Al quedar exhaustas las arcas de los vecinos de Benimasot, se cargó el preciado tesoro en varios talegos, sobre las caballerías. Hay quien afirma que el "señoret" les preguntó si ya tenían bastante, dándose aquéllos por satisfechos.
La advertencia final de los ladrones, antes de marcharse valle arriba, fue la de que todo aquél que denunciara los hechos, al día siguiente hallaría una cruz roja en su puerta, equivalente a una sentencia de muerte.

Se les ordenó que se quedaran todos quietos hasta el mediodía. Dos horas más tarde de no oír ruido fuera, los vecinos se subieron a la espadaña, pero no vieron nada en el horizonte.
Alguien propuso organizar una partida en su busca y acabar con ellos. Pero el cura hizo que entrara el sentido común y dejaran tal asunto a la Guardia Civil.

El revuelto que este robo levantó en el valle de Ceta, fue enorme, acudiendo vecinos de todos los circundantes a curiosear. La Guardia Civil de Cuatretondeta, lugar en que se halla situado el cuartel desde donde se patrulla aquella amplia comarca, se dice que acudió a Benimasot vestida de paisano, para así poder obrar mejor, enviando los fusiles camuflados en cajas de cirios.
El caso fue que no apareció rastro de ladrones, talegos, ni dobletes, pero a los pocos días, junto al "pouet" de Soler, aljibe situado en el barranco de Malafí, camino hacia el valle del Ebo, se hallaron unas monedas en el suelo, por lo que se supuso que en aquel lugar se realizó el reparto del producto del robo, diseminándose la cuadrilla en distintas direcciones para evitar las suspicacias de los vecinos de los pueblos por donde pasaban.
Cerca del pozo, detrás de unos matorrales, se encontró asimismo el cuerpo de uno de los ladrones, presumiéndose que fue muerto por sus propios compañeros en el transcurso del reparto del botín.

Las autoridades indagaron, preguntaron, recorrieron los caminos… pero ninguna pista apareció. Con el tiempo, el robo quedó casi en el olvido. Y digo “casi” porque unos meses después, otra cuadrilla de bandoleros asaltó el pueblo de Penáguila. Allí, sin embargo, la gente sacó sus escopetas y se liaron a tiros con los ladrones. Dos de ellos cayeron heridos (uno de Polop y otro de Callosa), y cantaron más que Pavarotti. Todos sus “colegas” fueron cayendo uno a uno.
Al principio se pensó que era la misma cuadrilla de bandoleros. Pero no tuvieron nada que ver con el altercado de Benimassot.
El tiempo acabó enterrando la fechoría en el olvido. Alguien cuenta que fueron vecinos de Tárbena; pero lo único cierto es que se llevaron su secreto a la tumba para siempre.

Los actuales habitantes de Benimasot aseguran que grandes extensiones de tierra de la Marina fueron adquiridas con el oro y la plata así arrebatada, mentándose incluso los nombres de algunas haciendas.
A partir de esa fecha, a las viviendas del despojado pueblo se les practicó unas rejillas en las puertas, cuidando de no abrir a la persona que no fuera previamente identificada.

De todas formas, aunque en principio pudiera parecer que el pueblo fuera totalmente arruinado, lo cierto es que aún debieron quedar muchos dobletes escondidos en diversos hogares, pues a raíz de entonces, escarmentados, los hombres de Benimasot jamás volvieron a entrar todos juntos en la iglesia, quedándose siempre algunos fuera, cuando se decía misa, haciendo guardia. El cura se quejaba pero el bienestar de la familia era antes que la salvación del alma.

Fuente:
Serie "Cosas de fantasmas, duendes y brujas" publicada en el Diario Información durante 1986, con dibujos de Remigio Soler y textos de Francisco G. Seijo Alonso.
Juan Luis Román del Cerro. Diario Información

18 mayo 2008

UN MUERTO QUE NO LO ESTABA

Una de las costumbres más tradicionales de Alcolecha, pueblo alicantino situado en las laderas de Aitana, cara a la hoya de Alcoy, es el juego de la pelota valenciana en plena calle. De pronto, pasada la torre circular que formó parte de un antiguo palacio, nos encontramos con un gran gentío en la travesía principal, gritando, aplaudiendo, opinando en barahunda impresionante.
Como la mayoría de los pueblos de montaña, Alcolecha se encarama en anfiteatro por las laderas de la sierra y sus calles son estrechas y pinas, de gran pintoresquismo y singular traza. Un burro sube cargado de leña por el carrer; transita una vieja de luto hacia el diminuto cementerio; allá abajo, un labrador destripa terrones...

A diario, en los atardeceres, la gente busca el descanso en el "casino", hasta la hora de irse a cenar. En tiempos, cuando se jugaba mucho al monte, a pesar de estar prohibido, en el pueblo vivía una mujer "dotora", que gustaba de escudriñar por ventanas y puertas medio entornadas. Luego, con las vecinas, comentaba:
-¡En casa de ... estan jugant al mont!

Por hacerle justicia, hay que decir que tenía un hijo bastante crápula, el cual dejaba los cuartos, con mucha frecuencia, en manos ajenas; por eso su madre lo vigilaba.

El muchacho regresaba muy tarde al hogar, y como la casa era reducida, se veía precisado a acostarse en el gallinero, en el que su madre lo había acomodado. Este hábitat, era el regocijo del pueblo, no cuadrando con los aires narcisistas y de apolíneo del "señorito", como era apodado. Cierto día, un vecino que tenía algunas facultades literarias, propaló una canción que las mujeres, con pegajosa tonadilla, entonaban a diario en el lavadero:

I tenía un galliner
el "postín" que es va donar
per la nit arriba a casa
no troba res que sopar.
Se´n va per a dalt
se´n va per avall
li diu a Joaquín (el del bar)
trau-me de sopar.

Para acabar de completar la tan extraña pareja, su madre tenía facha de bruja costurera, vistiendo a la usanza popular con una falda muy vuelosa y larga -el guardapiés de antaño- con una abertura al costado. La persona que nos refería la anécdota, se explicaba así: "Clavava la mà per eixe forat i allí dins portava una butxaca amb el rosari, el mocaor i els diners, tot amagat. Davall portava faldelli, brial, unes camises de tela llarga, i uns pantalons llargs en camal, pero oberts".
Sobre esta prenda íntima de la mujer, así, abierta por delante, hay infinidad de hechos muy curiosos y significativos, lo que nos viene a demostrar que la mujer de antes, en aspectos eróticos, era exactamente igual a la de nuestros días, aunque los devaneos amorosos procuraban ocultarse de las maneras más inverosímiles.
Nuestra protagonista, cuando vigilaba, usaba los métodos del fantasma, para que no la conociera, pero echando sobre la cabeza la falda de color oscuro. No usaba sábana más que en algunas ocasiones, cuando ampliaba sus correrías con fines fogosos, hacia la parte alta del pueblo.
"¿Qué vol que li diga? ¡Quan eixía una buberota, era una endreça amb alguna dona!". En nuestro caso, aún siendo la mujer el fantasma, los fines eran los mismos: un apaño.

No obstante, a pesar de que los vecinos de Alcolecha sabían de las andanzas del fantasma de turno, al anochecer todo el mundo atracaba las puertas, procurando salir lo menos posible de casa, puesto que en algunas ocasiones había otras personas que usaban de los mismos métodos y siempre era mejor estar precavido.
"Els homes que buscaven una dona es posaven un llençol al cap. ¡Ui! ¡Una fantasma! I era que tenía alguna famella allí amagada i anaven a gitar-se amb ella."

Todo aquel cúmulo de fantasmas, de enredos, de miedos, trajeron como consecuencia una desgracia, aun cuando la "marmota", en esta ocasión, la verdad es que no tomó parte activa en los hechos. El drama ocurrió de la siguiente manera:

Félix Arca, que era molinero en Alcolecha, regresaba a diario, a altas horas de la noche, con la caballería cargada de sacos de harina que entregaría a sus dueños, caminando pacienzudamente desde el molino situado en el cauce del río que nace al pie de la Peña de Aitana. Detrás, en lo alto, está el lugar de Beniafé, con su pequeña ermita y enfrente del Barranc del Troncho.
Aquí, el hombre torcía a la derecha, enfilando por la calle larga y principal del pueblo, pasando por delante de la iglesia parroquial dedicada a San Vicente Ferrer, situado a la vera del palacio.

Un día, el molinero, sintió muy débilmente cómo una voz de ultratumba le llamaba desde el interior de la iglesia:
-¡Félix Arca, vine, obre! ¡Félix Arca, vine obre!
El buen hombre, apremió entonces a la caballería, alejándose del lugar prontamente, tras santiguarse, no atreviéndose a volver la cabeza.

Al día siguiente, o a los pocos días, puesto que hay dos versiones del hecho, todo quedó debidamente aclarado. Unos dicen que, al haber una epidemia de cólera, las víctimas eran dejadas en la iglesia, dentro del ataúd, unos días. En este estado, el muerto de turno, que no lo estaba del todo, despertó de su letargo y como sabía que Félix Arca pasaba por el lugar, de vuelta del molino, al escuchar el paso de la caballería le llamó de aquella forma, apremiándole para que abriera la caja en la que había sido encerrado. Otros, afirman que los muertos eran enterrados en la cripta de la Iglesia, y, desde aquel lugar tan poco agradable, entre osamenta descarnada, llamó el cuitado. De una u otra forma, el caso es que el molinero, creyendo que un alma del otro mundo le importunaba, huyó precipitadamente y el enterrado en vida murió entonces de verdad al no recibir ayuda.

Entonces, el molinero, en descargo de su conciencia, culpó del infortunio a la fantasma. A partir de entonces, el pueblo, supersticioso, solidarizándose a la par con Félix Arca y el muerto, hizo el vacío a la pobre mujer, la cual pasó a mejor vida al cabo de algunos meses de plena soledad.

Pero lo curioso es que, enterrada y todo, días después de su muerte algunos vecinos de Alcolecha juraron que la habían visto pasar vestida de espantajo, con las faldas sobre la cabeza, por las costaneras del pueblo.

Texto de la serie "Cosas de fantasmas, duendes y brujas" publicada en el Diario Información durante 1986, con dibujos de Remigio Soler y textos de Francisco G. Seijo Alonso.

 
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