19 agosto 2014

ALICANTE VIVO EN ALACANTÍ TV (19): LA EXPLOSIÓN DE LA ARMERÍA "EL GATO" (09/06/2014)


Enlaces relacionados:

- La explosión de la Armería "El Gato"

18 agosto 2014

ENTRE EL ATAVISMO Y LA NOVEDAD. ALICANTE EN 1748 (PARTE 2)



Los entresijos de la autonomía municipal.

La autoridad real cabalgó sobre la acción de los municipios, dotados de amplísimas competencias. Cada 31 de diciembre se sorteaba entre los regidores perpetuos de Alicante los empleos de las distintas comisarías de urbanismo, sanidad o abasto con carácter semestral y anual. La contratación de personal eventual y subalterno le granjeaba las mieles del patronazgo: los dulzaineros Tomás Bleda y Pedro Lázaro se disputaron con ardor en mayo el honor de tocar en las Danzas de los Enanos.

El consistorio alicantino no cejó de reclamar sus derechos, y el 24 de octubre reincorporó el alguacilazgo mayor, compensando a su titular desde 1739 Pedro Driges con 5.125 reales. Desde 1741 los municipios de la Corona de Aragón (con la excepción de Zaragoza, Barcelona y Valencia) podían recuperar los oficios enajenados ejerciendo el derecho de tanteo.

Desde 1747 se había consolidado la nueva estructura de las fuentes de ingresos municipales. El impuesto sobre los pesos y las medidas suplió en cierta manera a las antiguas sisas. Los derechos nuevos del siglo XVII sobre el esparto, la barrilla, el jabón, las sedas y los paños fructificaron generosamente alrededor de la barrilla. Gran parte de tales entradas acabaron en manos de las figuras dominantes de Alicante por la vía de las retribuciones de toda laya.

 
Alicante en el siglo XVIII

Los linajes dominantes y el gobernador.

A partir de 1709 nuestra ciudad se encontraba bajo el mando de una figura militar, el gobernador con atribuciones de corregidor. Ejercía la gobernación en 1748 el marqués de Alós, hombre tan activo como puntilloso de su honor.

Posteriormente tendría serias desavenencias con algunos aristócratas locales, imprescindibles en el manejo de la administración alicantina. Eran regidores perpetuos el caballero de la Orden de Montesa don Luis Rotlá Canicia y Doria, don Pablo Salafranca Pasqual de Bonanza, don Juan Bautista Vergara y Paravezino, Tomás Viar y Juan, Vicente Beviá y José Alcaraz. Entre los tres primeros se citaban añejos linajes de Alicante maridados con grandes apellidos del comercio genovés de los siglos XVI y XVII.

 Poco a poco otras familias del mundo de los negocios alcanzarían los peldaños de la oligarquía, una fuerza demasiado presente como para ser ignorada por el absolutismo, cuyo éxito radicó en ser considerado garante de los intereses de aquella minoría dentro de una sociedad de órdenes.

La guarnición de la plaza de armas.

La gobernación militar entrañó el despliegue de tropas reales en la ciudad, cuya veterana milicia vecinal quedó arrinconada por razones de eficiencia técnica y de desconfianza política. Sufragado con 800 pesos del impuesto del equivalente, el escuadrón de caballería de Montesa protegería la litoral Alicante con su celeridad, subsanando en la medida de lo posible las carencias de la caballería urbana de los tiempos de los Austrias.

 La recluta de voluntarios pretendió ser una alternativa a las aborrecidas quintas, y en enero se habilitó una casa para completar de tal forma el regimiento de infantería de Córdoba. Los voluntarios alicantinos nutrieron los batallones de marina destinados a los navíos del rey.

Junto al mantenimiento de las tropas se impuso la carga del abastecimiento de maderas con destino a la armada. Se insistió al gobernador que en Alicante no se plantaban árboles suficientes para tal efecto, máxime atendiendo las urgentes necesidades de las baterías de costa y de la propia plaza como capital de armas.  

La emergencia de una nueva sociedad.

Ciertamente la sociedad alicantina todavía vivía bajo las normas pundonorosas del Antiguo Régimen, donde cada persona tenía una honorabilidad distinta. El contador real de la aduana Joaquín Fernández Mendisával pleiteó con éxito para no ser incluido indebidamente en el repartimiento del impuesto del equivalente del común. Gentes como los cómicos eran tratados con todas las prevenciones.

  La familia servía para transmitir el honor y los rangos de generación en generación, y no sólo entre los linajes caballerescos y de los más acaudalados comerciantes. El patrón del resguardo Pedro Carratalá consiguió del municipio que su hijo le sucediera al frente de su responsabilidad.

Se diría que los alicantinos se superponían en castas cerradas con contactos funcionales entre sí, pero su sociedad no estaba cerrada a la promoción. La actividad mercantil atraía a no escasos forasteros, que con el paso del tiempo se afincaban con éxito en nuestra tierra. Agrupados en compañías de base familiar, los comerciantes desafiaron en más de una ocasión las normas del municipio de Alicante.

 Samper, Bartoldi y Compañía quisieron introducir indianas de Barcelona sin pagar la sisa de las puertas de tierra, y Lion y Cia. se salieron con la suya a la hora de comercializar licores foráneos, pese a que la entrada de vinos forasteros estaba muy limitada para proteger la producción local, aunque ya hemos visto que las excepciones no eran precisamente infrecuentes. El 19 de abril se dejaron entrar hasta 2.000 arrobas de vino con destino a los hospitales reales de Cartagena, el 2 de diciembre se toleró la venta de vino nuevo de regadío, y el 16 del mismo mes el cónsul neerlandés Gaspar Ernet Vernet pudo introducir para Amsterdam dos charrionadas (577 litros y medio) de moscatel compradas en Elche, pues tal variedad no se laboraba en nuestra Huerta por aquel entonces.

La animación comercial empujó hacia arriba a los precios, oportunidad bien aprovechada por no escasos especuladores. Las reventas eran en teoría vigiladas y perseguidas por el fiel del almotacén, no siempre eficaz. Los representantes de los caleseros, como Bautista Galant, protestaron contra los revendedores de paja, muy capaces de ahogar su negocio. Preocupaba sobremanera el alza del coste del pan, elemento imprescindible en la dieta de los europeos capaz de desatar toda clase de motines y de revoluciones. Se reguló el peso del pan francés y los arrieros tuvieron que conducir los granos al almacén municipal de la casa de José Claret. Antes había servido de almacén frumentario o almudín la casa de Martín García.

La libertad de comercio con todos sus defectos y sus virtudes se iba abriendo camino en el mundo de los negocios de Alicante. Ya encontramos algunos apellidos que alcanzarían mayor celebridad en el siglo XIX, como el del impresor Nicolás Carratalá. Decididamente el mundo se movía, y en el Alicante del XVIII se dispondrían los fundamentos del decimonónico, el de una plutocracía que lidiaría con las exigencias de la autoridad central y los anhelos de los grupos populares. 

La utilización económica en las áreas periurbanas.

Los negocios no se llevan a cabo en el vacío, y requieren un territorio apto libre de trabas y ciertas normativas, donde los costes de producción sean inferiores. Por añadidura tiene que estar cercano a un gran centro de consumo. Los enclaves asiáticos han cumplido recientemente una función que ya desempeñaron las zonas periurbanas de Europa durante siglos.

En Alicante se asignó tal cometido al Valle Medio del Vinalopó entre los siglos XIII y XVIII. Los Bouligni fabricaron en Aspe y Novelda sus aguardientes, para los que solicitaron licencia de embarque por el puerto alicantino.

Esta tendencia contribuyó al auge de algunas zonas de nuestro término municipal, como la partida o pago del Raspeig, cuya alcaldía ejerció Gregorio Torregrosa, que en representación de los labradores allí residentes consiguió desde 1743 que los ganados no pastasen en los plantíos desde mediados de febrero a la mitad de septiembre.

 La Huerta de Alicante en la obra de Cavanilles

 La Huerta alicantina no permaneció al margen del movimiento de renovación, y los derechos de sisa y saca de vinos en San Juan fueron burlados por muchos deseosos de conseguir buenos beneficios.

Al finalizar el siglo XVIII Cavanilles comentaría la introducción en Alicante de trajes y usos que no se veían en otras tierras del Reino de Valencia. Era el colofón de una comunidad que se había ido transformando por la acción del comercio, superando no sin dificultades sus atavismos y acomodando sus costumbres al discurrir de los nuevos tiempos.  

VÍCTOR MANUEL
GALÁN TENDERO 
Fotos: Alicante Vivo

Fuentes:

- ARCHIVO MUNICIPAL DE ALICANTE. Libro de cabildos de 1748, 9-38-0/0.

Bibliografía:

- GIMÉNEZ, E., Alicante en el siglo XVIII. Economía de una ciudad portuaria en el antiguo régimen, Valencia, 1981.
- TOWNSEND, J., Viaje por España en la época de Carlos III (1786-1787), Madrid, 1988.

14 agosto 2014

ALICANTE VIVO EN ALACANTÍ TV (18): LA CATÁSTROFE DE LAS CAROLINAS. 25 DE MAYO DE 1934 (02/06/2014)

10 agosto 2014

UNA JORNADA AL CAMP DE MIRRA (PART 2)









Terres de l'Alt Vinalopó

Ermita de Sant Bertomeu

Torre del Conjurador



 Taulell i rellotge de sol ceràmics a l´exterior 


 
A l´interior, gravat en paper dels martirs 
Abdó i Senén. El blat i el raïm de vi
 

Escultura de Sant Senén a l´interior. Observeu 
el raïm a la ma que ofereix l´abundància

 Sostre de la casa-habitació de l´ermità

L'ermita




Emplaçament i restes consolidats del jaciment islàmic Almisra


 Magatzems familiars de gra



Placa memorial del Tractat


CALES SALINAS SALINAS
Text i fotos


07 agosto 2014

ENTRE EL ATAVISMO Y LA NOVEDAD. ALICANTE EN 1748 (PARTE 1)


La instantánea de una época.

 En su famoso viaje por España de 1786 a 1787 Joseph Townsend anotó sobre Alicante:


            “Aunque sus estrechas calles estaban antes muy mal pavimentadas, la dedicación infatigable de su actual gobernador, don Francisco Pacheco, ha hecho que pocas ciudades puedan alardear de mayor pulcritud; y gracias al buen trabajo que ha realizado este hombre, se ha podido hacer de ella, antiguamente un nido de sabandijas en todos los sentidos, un lugar muy agradable para vivir.” 


El tiempo anterior parece sumergido en el pozo de la degradación. Alicante fue rescatada por un hombre providencial.

Esta manera de ver las cosas no se aviene con la complejidad del cambio histórico, que en el siglo XVIII navegó entre el respeto a la tradición y el gusto por las novedades. En los primeros años del reinado de Fernando VI (1746-59) nuestra ciudad se debatía en este mar de dudas. Los sinsabores de la Guerra de Sucesión iban quedando atrás, y Lorenzo López culminaba la Ilice Ilustrada que emprendiera el también jesuita Juan Bautista Maltés. El orgullo de los alicantinos hacia su patria chica permanecía incólume, pese a todos los cambios institucionales introducidos en el municipio por las autoridades borbónicas. Arrieros, carreteros, pescadores, marineros y factores de la mercadería prosiguieron vivificando la vida comercial de Alicante hacia 1748. Veamos cómo era su vida en aquel tiempo.

 Fernando VI

Las amenazas de la Madre Naturaleza.

Un 21 de febrero de 1748 cayó torrencialmente la lluvia sobre Alicante. Desde las alturas del castillo el agua se despeñó por los cauces de las avenidas hasta la ciudad. La de la Mina, cuyo nombre recordaba el terrible acontecimiento de la Guerra de Sucesión, llegó a arrasar la Calle Mayor. Muchos de sus vecinos se salvaron de ahogarse al poderse romper las paredes medianeras de sus viviendas. La furia de las aguas alcanzó la Plaza del Mar y la ya quebrantada Puerta Nueva, cuyo lienzo ya requería mucho antes un urgente reparo.

El 23 se consideraron con gran preocupación los daños del temporal. Muchas calles estaban cubiertas de las piedras arrastradas por las aguas. Se contrataron jornaleros para limpiarlas y componerlas. Tal fue el rastro de este episodio de intensas precipitaciones en la habitualmente poco lluviosa Alicante, tan castigada por prolongadas sequías.

Aun así nuestra ciudad bien pudo considerarse afortunada al salvarse de la furia de las fuerzas telúricas. Los terremotos que afectaron a fines de marzo el área de Játiva no nos violentaron, y el milagro se atribuyó a la voluntad de Dios. Las rogativas y muestras de especial devoción se intensificaron hasta tal extremo que se prohibieron el 27 de mayo las representaciones de comedias para mantener el alicaído Hospital de San Juan de Dios. Los cómicos bien podían ofender con sus irreverencias a la Divinidad, que en su ira desencadenaría un atroz temblor de tierra. En la ciudad de Valencia se había obrado con igual “cordura”.
           
Tanto favor de las alturas bien merecía que se celebrara solemnemente el 3 de junio el patrocinio de Santa Felicitas. Decididamente el Siglo de las Luces no se mostró muy diáfano aquellos días entre los alicantinos.


El peligro del contagio epidémico.

Antes que nos visitara la fiebre amarilla y el cólera morbo, la peste bubónica todavía amenazaba nuestra localidad portuaria en su retirada histórica europea.

En 1743 esta enfermedad asoló Mesina, y a finales de enero de 1748 llegaron de Sicilia nuevas muy inquietantes. Una embarcación liornesa había traido el contagio desde el Levante otomano, registrándose dos fallecidos y siete enfermos de su tripulación. En el Mediterráneo de los comerciantes y las epidemias todo detalle informativo alcanzaba un elevado valor.

El Imperio turco no acertó a liberarse de los embates pestíferos en el siglo XVIII, suponiendo un enorme riesgo desde las fronteras del Imperio austriaco al español, cuyo sistema de información se extendía hasta las Italias, en la órbita borbónica en parte.

 Desde Nápoles se informó cumplidamente del peligro, que confirmaron Florencia y Génova, puntos tradicionales de nuestra actividad mercantil y financiera. Así el obispo gobernador del Consejo de Castilla podía ordenar las medidas oportunas para evitar el contagio.

 La amenaza era muy seria, y a fines de agosto las autoridades de Mallorca dieron buena cuenta a las peninsulares de su gravedad. En Argel había prendido el contagio, cuya trayectoria alcanzaría Esmirna, Salónica, Alejandría, Tetuán, Saphí y Santa Cruz de Berbería. El drama se extendió en los umbrales de Alicante. 

Los grandes remedios a los grandes males.

Y si no nos alcanzó fue merced a las medidas de cuarentena para evitar el temido contagio. Malta se salvó de igual modo.

 El dirigismo de la monarquía borbónica no tuvo más remedio que contar con la colaboración del poder local. En 1743 se alzaron barracas de control en la marina del distrito alicantino y al año siguiente se transfirió al municipio el barco del resguardo de sanidad, capitaneado por Pedro Carratalá, y la confección de los boletines de pescadores, en los que se daba cuenta de todas las novedades.

 El 16 de septiembre de 1748 muchas de estas disposiciones parecían hacer aguas. Los boletines no se cumplimentaban debidamente para no perjudicar al comercio. Era habitual que las naves infectadas arrojaran al agua los cuerpos de los apestados antes de tocar puerto, escondiendo todo mal con letales resultados.

La Universidad de San Juan a finales del siglo XVII

 En consonancia se exigió cumplimiento el 20 de septiembre, especialmente en lo relativo a los boletines de la villa de Muchamiel y de la universidad de San Juan, reforzando de paso la autoridad de la ciudad de Alicante sobre ellas. Se ordenó a los soldados de las torres del litoral que extremaran su vigilancia. Cuatro morberos supervisarían el estado de salud, extremándose la vigilancia alrededor del matadero. El esfuerzo rindió sus frutos.

 Limosnas poco remunerativas.

 La cofradía de caleseros apeló el 13 de julio a la piedad cristiana de la autoridad para resolver sus problemas. La caridad mantenía unida la sociedad alicantina en teoría.

Las limosnas eran una de sus fórmulas predilectas, pero con frecuencia no estuvieron a la altura de las expectativas, según se reflejó en algunas dotaciones eclesiásticas. El Hospital de San Juan de Dios se quejó de ello, y la dotación de la Peregrina se encontró insuficiente.

Pese a todo el apego a la religión se mantuvo vivaz. El municipio cumplimentó con solemnidad al obispo de Orihuela, se predicaban las bulas de cruzada, y el Corpus se celebraba con esplendor, encargándose de uno de sus sermones el padre dominico Vicente Rico. En el Alicante coetáneo el catolicismo se compatibilizó con las nacientes formas económicas y sociales.
           
El deseo de trazar una ciudad nueva.

La histórica trama urbana alicantina acusaba no pocas deficiencias de seguridad, comodidad y salubridad, difíciles de subsanar, pero al menos en diciembre de 1748 se intentó hacer algo mejor. 

A la sombra del Hospital Nuevo se proyectó la ampliación del arrabal de San Antón. El maestro albañil Francisco Asensi examinó el terreno bajo supervisión municipal y el padre mercedario Ambrosio preparó en diciembre el memorial, el de un trazado regular.

Se proyectó para desahogo del Hospital una plaza de 199 palmos de amplitud (unos 50 metros), trazando un ángulo con las casas del tratante Juan Sánchez hasta el Portal de la Santa Faz. A fin de evitar la violencia  de las avenidas de las aguas pluviales descendentes del Benacantil se diseñaron dos calles, una de 41 palmos (más de 9 metros) de amplio y otra de 22 (casi de 5) cercana a las casas de la canterería con salida al Camino de los Capuchinos.

Hacia los Capuchinos ya había un camino, donde más tarde se encontraría la Calle San Vicente, con unos pocos álamos reservados a la Intendencia de Marina del Mediterráneo.

Las heridas del bombardeo de 1691 iban siendo restañadas, alzándose las Casas del Ayuntamiento, arrendando Vicente Soler sus obras hasta el 9 de septiembre. El proyecto del deseado muelle fue prohibitivo para las arcas alicantinas y las reales.


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VÍCTOR MANUEL 
GALÁN TENDERO
(Fotos: Alicante Vivo) 

 
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