Para nosotros, los alicantinos, el monasterio de la Santísima Faz, que por designio providencial, se levanta en la antigua barrancada de Lloixa, es norte y guía de todos nuestros afanes y vicisitudes, remedio anímico, consuelo dulcísimo y esperanza cierta. Relicario de piedra dorada, que alza sus cúpulas azules de tejas vidriadas sobre el campo torrado de la huerta, en la que los cándidos allozos, los aureos limoneros, perfumados naranjos y olivos bíblicos (que fueron el crisol de rancios apellidos locales), flanqueados de macizas torres que nos hablan de las enconadas luchas contra los piratas argelinos.
En lo alto, el cielo azul, que vibra con la esquila del Monasterio, tañida por dulces monjas clarisas.
Por las laderas del Benacantil baja, ensanchándose, la calle de San Rafael, la de las albas azoteas con palomares rumorosos y ropa tendida coreada de brisas marineras, la primera que ha comenzado a remozar sus modestas casitas, vistiéndolas de colores claros, la que ya puede recibir a los exóticos viajeros ávidos de tipismo, que preguntan, invariablemente, si en la ciudad existen “des vieux taubourgs”, principio esperanzador del futuro barrio de Santa Cruz, dignamente reconstruido y urbanizado, el lugar que guarda las prístinas esencias de nuestro pueblo.
Plácemes al Municipio que tanto calor presta a tan romántica empresa.
Relicario de Alicante marinero “traspasado de Mediterráneo” que alza sus fachadas polícromas al sol saliente entre barcas varadas de finas líneas y apagado verdor de palmeras. El que recuerda las viejas hazañas de Dragut y Barceló y sabe de largas singladuras por los anchos caminos del mar. El que da su mejores hijos a nuestra flota, templados con el agua salada del Cocó y fortalecidos en la dura lucha contra el levante, para que se mantenga latiendo en el espacio y en tiempo el honroso pareado:
“Pera a fragates y bergantins, ningú com els alacantins”.


















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