Yo conocí a Pepe Caballero en casa de Evaristo Pitaluga, otro de los grandes, otro de esos que son consecuentes hasta el final. Yo le tenía un enorme respeto y una gran deuda de gratitud a Pitaluga, hasta el punto de que le dediqué un homenaje, dándole su apellido al protagonista de mi novela "25 de mayo, la tragedia olvidada". porque Pitaluga fue el primero que se atrevió, en mis años mozos de montañero, a decirme: "Miguel, Dios no existe". Ni siquiera había habido nadie que se atreviera a decirme que los niños no vienen de París ni que los Reyes Magos son los padres, y él me decía, nada menos, que Dios no existe. Bravo Pitaluga. Me sentí tan asustado y a la vez tan libre, tan responsable de mis propios actos, que nunca se lo agradeceré bastante. Pues bien, algunas veces Evaristo Pitaluga y su esposa me invitaban a comer a su casa y me deleitaban con vinos exquisitos y embutidos y conservas que les traían de muy lejos. A Evaristo le gustaba disfrutar de la vida. A Pepe Caballero también. Un día Pepe y yo coincidimos en casa de Evaristo, y desde entonces nos hicimos amigos, con una buena amistad sellada en una sobremesa soberbia, junto a los geranios del patio, bajo un cielo muy azul. Solo yo he sobrevivido de los participantes de aquella sobremesa que no cambiaría por ninguna otra experiencia. Porque Pepe era, sobre todo, un gran conversador, un hombre que, como han dicho sus amigos en el funeral, cuando estaba en una reunión, no hacía ni frío ni calor, porque lo que hacía era Pepe.
Excelente caricaturista, lamento profundamente que su edad, su vista ya cansada y su pulso de los últimos años, le impidieran hacerme una caricatura de las suyas que, en cuatro trazos, era capaz de capturar el alma del dibujado.
La última vez que que hablé con él, a principios de este año, fue en su casa de El Palmeral, donde nos había invitado a comer a Carmen Pacheco y a mi a unas "doradas a la sal, sin sal", excelente plato de su invención que se cocina con la ayuda del microondas. Después hablamos como a él le gustaba, alrededor de la mesa camilla, con un vasito de orujo delante, de libros, de política, de esas cosas que tanto enriquecían a los que compartían con él una sobremesa.
Ahora se nos ha ido, a sus 96 años, con la mente todavía lúcida y brillante, y la vida nos ha hurtado muchas horas de amena y fructífera conversación que todavía nos hubieran hecho buen provecho.
En el funeral se oyeron bellas palabras y música entrañable, hasta sonó el Himno de Riego, y todos nos fuimos del tanatorio con una lágrima y una sonrisa.
Adiós, Pepe, gracias por haberte conocido.
















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