24 mayo 2007

LA MÍA ES MÁS GRANDE

En el amor y en la guerra, el “yo la tengo más grande” es usado desde que el tiempo es tiempo.
Dicha aseveración, puede tener cabida en lo primero: razones obvias dirigidas al más primitivo de los placeres.
Sin embargo, cuando el “toma, Jeroma, pastilla de goma" se aplica a la batalla, los resultados no son igual de satisfactorios.
Los hechos ocurrieron más o menos así:
“Yo invado Polonia y arraso tó lo que encuentro por el camino”
“Pos yo los tengo más grandes y bombardeo Dresde con 500 toneladas de explosivos y 300 toneladas de bombas incendiarias en racimos”
“Me da igual. Yo tengo 500.000 presos judios”
“Pues anda que a mí... Que me he cargado a 150.000 civiles alemanes”
“Me la suda. Llamó a mis coleguitas de Japón y bombardeo Pearl Harbor”
“Mira como tiemblo... Toma bombita nuclear que lleva premio”
Y después de la última frase, todo se desencadenó de la siguiente manera:
A las 8:10 hora de Tokio, el Enola Gay volaba sobre Hiroshima. Tibbets ordenó a los dos aviones de escolta que se retirasen y accionó el mecanismo preparatorio para soltar a Little Boy. En aquella hora fatídica se abrieron las compuertas del pañol y, desde una altura de 10.000 metros, el ingenio atómico inició su trayectoria genocida.
Transcurridos 43 segundos, la bomba hizo explosión, accionada por una espoleta automática a unos 550 metros por encima del punto de caída y a 200 metros escasos del blanco elegido.
Una enorme bola de fuego se transformó en nubes purpúreas...
Repentinamente, el espacio se había convertido en una bola de fuego cuya temperatura interior era de decenas de miles de grados. Una doble onda de choque sacudió fuertemente al avión, mientras abajo la inmensa bola de fuego llegó a alcanzar 12 kilómetros de altura.
«Entonces nos dimos cuenta -explicaría Tibbets- de que la explosión había liberado una asombrosa cantidad de energía.»
La tripulación pudo comprobar la espantosa destrucción que habían sembrado. Días más tarde explicaron a la prensa que sus superiores jamás les dijeron qué artefacto destructivo llevaban a bordo.
Por lo que, a mi modo de ver, no sólo eran unos asesinos, sino también gilipollas.
El presidente Truman recibió el mensaje a bordo del crucero Augusta. En su entorno, todo era exaltación y entusiasmo. Sólo el general Eisenhower condenó espontáneamente el uso de la terrible bomba contra un núcleo habitado, considerando que tal demostración no era necesaria para derrotar a Japón. Pero la inmensa mayoría -como dijo Raymond Cartier- «no vio en la aparición del arma nuclear otra cosa que el fin rápido de la guerra y la economía de sangre americana que ello reportaba. »
La capitulación se firmaría el 2 de septiembre de aquel mismo año: la Segunda Guerra Mundial había terminado, tras 6 años y 1 día de duración.
Pero queda por reseñar lo sucedido en la ciudad mártir, tras de recibir su bautismo de fuego atómico: una explosión de 20 kilotones
La bomba lanzada en Hiroshima tenía una potencia equivalente a 20.000 toneladas de TNT.
El calor generado por la energía liberada se elevó a temperaturas superiores a 300.000 grados.
Este colosal desprendimiento provocó una columna de aire huracanado y a continuación, para llenar el descomunal vacío, se produjo otra onda en sentido contrario cuya velocidad superó los 1.500 kilómetros por hora.
El detalle de estos efectos sobre la ciudad llega a lo indescriptible: trenes que vuelcan como golpeados por un gigante, tranvías que vuelan con una carga de cadáveres hechos pavesas, automóviles que se derriten, edificios que se desintegran y se convierten en polvo incandescente, manzanas de viviendas que desaparecen por un ciclón de fuego...
Por los restos de lo que fueron calles, empezaron a verse supervivientes desollados, con la piel a tiras, unos desnudos, otros con la ropa hecha jirones. Los que murieron en el acto, sorprendidos en el punto de la explosión, se volatilizaron sin dejar rastro. Otros se vieron lanzados, arrastrados por un rebufo arrollador, y se encontraron volando por el aire, como peleles de una falla sacudida por un vendaval.
En los alrededores del punto cero, todo quedó carbonizado. A 800 metros, ardían las ropas. A dos kilómetros, ardían también los árboles.
Y entonces llegó el «sol de la muerte». Las personas, según su cercanía al punto de caída de la bomba atómica, aparecían llagados, llenos de terribles ampollas. Todos los supervivientes, en un radio de 1 km a partir del epicentro, murieron posteriormente de resultas de las radiaciones. Los muertos por estos insidiosos efectos lo fueron a millares y se fueron escalonando a lo largo del tiempo, según el grado de su contaminación. Veinte años después de la explosión, seguían muriendo personas a consecuencia de los efectos radiactivos.
Cuando los supervivientes se recuperaron del horror y los servicios de socorro empezaron a prodigar sus cuidados a los heridos y a los quemados, se produjo la caída de una lluvia viscosa, menuda y pertinaz, que hizo a todos volver los ojos al cielo: el aire devolvía a la tierra, hecho toneladas de polvo y ceniza, todo lo que había ardido en aquel horno (personas y cosas).
Una zona de 12 kilómetros cuadrados, en los que la densidad de población era de 13.500 habitantes por kilómetro cuadrado, había sido devastada. La llegada de un grupo de científicos confirmó que el explosivo lanzado era una bomba de uranio.
La energía atómica había entrado en la historia por la puerta del holocausto.
Según los datos más fiables, el número de víctimas sacrificadas en Hiroshima fue de 130.000, de las que 80.000 murieron. Unos 48.000 edificios fueron destruidos completamente y 176.000 personas quedaron sin hogar.
Nuestra pregunta es la siguiente:
¿No hubiera sido más sencillo acabar la guerra con un papel, tres firmas y una fotito de rigor?
Huuuuuuum, dejadme que piense....
No.
No creo.
Ellos son los inteligentes.
Imagino que la bomba fue lo mejor.
Por favor, ver este video de 8 minutos. La música lo dice todo.... Las imágenes te hacen sentir todo


 
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