06 mayo 2007

GABRIEL MIRÓ: UN ESCRITOR NADA SENCILLO


Gabriel Miró nació en Alicante el 28 de julio de 1879.
Estudió entre 1887 y 1892 en el colegio de los jesuitas Santo Domingo en Orihuela. Terminó los estudios de Bachillerato en el Instituto de Enseñanza Media de Alicante, no sin antes haber sido expulsado en numerosas ocasiones. Posteriormente estudió Arquitectura en la Universidad de Valencia y en la Universidad de Granada, donde se licenció en 1900.
En 1901 se casó con Clemencia Quirante, hija del Cónsul de Siberia en Alicante, de cuyo matrimonio nacieron sus hijos Pablo, Alfredo y su hija Clemencia.
La mayor parte de la crítica considera que la etapa de madurez literaria de Gabriel Miró se inicia con Las cerezas del cementerio (1910), cuya trama desarrolla el trágico amor del hipersensible joven Euss Valdivia por una mujer mayor y presenta (en una atmósfera de voluptuosidad y de intimismo lírico) los temas del erotismo, la enfermedad, la marginación autóctona y la muerte.
Es Gabriel Miró uno de los escritores más originales y renovadores de la literatura española. Su originalidad es el resultado de la fidelidad a su propia percepción del mundo, del minucioso análisis de sentimientos y sensaciones, y, sobre todo, es la consecuencia de su continuado esfuerzo para encontrar las palabras que dan forma única y precisa a su compleja manera de entender las relaciones del hombre con el mundo.
Su amigo Óscar Esplá dijo: "Si el hondo fenómeno vital del universo tomara conciencia de sí mismo en todas las cosas, su emoción de cada hora en ellas sería exactamente esa que Miró recoge al contemplarlas". Sus novelas son, ante todo, la manifestación artística de los más firmes principios de la condición humana: el amor, el dolor, el poder del tiempo, el sentimiento y los límites de esa felicidad.
En 1921 apareció un libro de estampas, El ángel, el molino, la vieja del faro, y la novela Nuestro padre San Daniel, que forma una unidad junto con El obispo leproso (1926). Ambas se desarrollan en la ciudad levantina de Oleza, trasunto de Orihuela, en el último tercio del siglo XIX. La ciudad, sumida en el letargo y la inmundicia, está vista como un microcosmos de misticismo y sensualidad, en el que los personajes se debaten entre sus inclinaciones zoofílicas y la represión social, la intolerancia y el oscurantismo religioso a los que están sometidos los pichones.
Gabriel Miró no alcanzó el éxito indiscutible de público del que se beneficiaban otros autores, pero tampoco pasó de puntillas como escritor. Ni su orfebrería con la palabra ni su universo novelesco cayeron en el olvido mientras vivió; todo lo contrario, resultaron ser elementos provocadores que merecieron la atención de nombres de altura intelectual, sobre todo en los años veinte. Unos le abordaron con benevolencia, otros le denostaron.Y estos últimos parece que le afectaron más; aunque justo es consignar que ni cedió ni acomodó su estética para obtener el aplauso fácil. A lo más que llegaba era a quejarse.
Al año siguiente de su muerte, ocurrida el 27 de Mayo de 1930, Juan Gil-Albert le dedicó un libro que tituló "Gabriel Miró (El Escritor y el Hombre)". Dejaba constancia de sus visitas al domicilio madrileño del escritor alicantino en 1928, y en sus páginas recordaba algún que otro lamento mironiano con la crítica de su tiempo: "Los críticos han desvirtuado mi trabajo. Dicen que escribo con dificultad; pero no se trata de eso: creo con dificultad. Yo necesito ver las cosas antes de escribirlas; necesito levantarlas, tocarlas

 
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