04 febrero 2008

JAIME POMARES: LA LUCHA POR ALICANTE

Don Jaime Pomares i Bernat es un alicantino ejemplar. Esta es la primera frase con la que una entrevista como esta debe iniciarse, sobre todo para ubicar al lector en que en este momento debe activar su capacidad de aprendizaje para tratar de absorber al máximo el espíritu que se desprende de cada uno de los actos y palabras de Jaime.
La grandeza de este abogado alicantino reside en sus actos, pero también en su constante regreso a sus orígenes. Nació tras unas de las primeras Hogueras de San Juan, en la madrugada del 29 al 30 de Junio de 1927. Estudió el bachillerato e incluso realizó su servicio militar en Alicante, y supo ser capaz de marcharse al extranjero a encontrar un lugar donde poder desarrollar al máximo sus capacidades, y no olvidar su tierra. Desde la distancia, siendo buen conocedor de los defectos y carencias de Alicante, (más aún décadas atrás…), siguió amándola a diario en la distancia, como a un primer amor adolescente que nunca se olvida, sin que los años hicieran mella en este sentimiento y le hicieran distanciarse.

Gracias a esta pasión, Jaime Pomares ha sido héroe alicantino en el anonimato. Sin necesidad de ruedas de prensa, sin galardones ni actos de homenaje o reconocimiento. Él ha ayudado a esta ciudad por el amor que le profesa, sin desear que nadie le diera las gracias o le recompensara. Su labor fue desconocida, pero intensa, ardua y dificultosa.

Jaime Pomares, de niño, bañándose en la playa. Año 1930.

Jaime estudió su carrera en Murcia, y obtuvo la licenciatura en Granada. Tuvo una primera gran oportunidad al poco tiempo de salir de la universidad, pues un día le llamó el presidente del Colegio de Veterinarios, y le comunicó que le nombraban asesor jurídico por sus condiciones profesionales y porque sabía valenciano (en Alicante entonces no había casi ningún abogado que tuviera estas condiciones), este requisito era esencial, porque desde Alicante hacia el Norte, todos los veterinarios y clientes hablaban en valenciano, y era esencial que pudiera dominar este idioma.
Sin embargo, una semana después le llamaron, y sorprendentemente se contradijeron, y le comunicaron que no se le contrataría. Tiempo después, indagó y descubrió que al Gobernador Civil no le había hecho ninguna gracia que no se le consultara esta decisión, porque este puesto iba a estar destinado al sobrino de su mujer, y amenazó al presidente del colegio con que la junta entera se iría a la calle, con él a la cabeza si no se aceptaban sus imposiciones.
A Jaime se le cerraron las puertas, y le quedó bien claro cómo eran las oportunidades en España y cómo funcionaban las cosas. El cansancio de intentar conseguir algo, y encontrarse siempre el mismo sistema, le llevó a probar el extranjero, y en cuanto salió, no volvió.

Cuando llegó a Suecia, sin tener idea del idioma, tuvo que comenzar desde abajo. Consiguió un puesto como obrero del metal en los talleres de la compañía Ericsson, y por las noches se ganaba algo impartiendo clases de castellano a aquellos alumnos suecos que ya conocían el idioma pero querían perfeccionarlo. Así fue como, preparándose las lecciones en sueco, comenzó a aprender su nueva lengua. 5 años después, por méritos propios, consiguió trabajo en un banco comercial, y comenzó a ocuparse de todo lo vinculado con las relaciones internacionales con países de hablas latinas (Francia, Italia, España…). Así se pasó 17 años sin volver a Alicante.
En la actualidad, compagina su vida en Estocolmo con los inviernos que viene a disfrutarlos a Alicante. A pesar de la distancia, y aunque hoy en día exista internet y las modernas comunicaciones para estar al día de todo, desde el momento en que Jaime se marchó, se llevó consigo una suscripción al Diario Información, teniendo noticias a diario de todo cuanto sucedía en su ciudad natal.

Supimos de Jaime Pomares a través de nuestra admirada Solveig Nordström, que nos habló de él como su gran amigo y luchador ejemplar por la salvación del yacimiento arqueológico del Tossal de Manises. Y fue gracias a Antonio Garrigós, un entusiasta abogado alicantino, gran amigo del blog y de la ciudad de Alicante, por el que pudimos acceder a conocerle.
Jaime nos recibió en su casa del Raval Roig, donde viene a pasar largas temporadas, pues tiene su residencia en Estocolmo. Sin embargo, como hemos dicho, la tierra tiene un poder de atracción enorme, y Jaime viene cada año junto a su mujer, a descansar y llenarse de energía, de vida, de luz y del azul del mar, a los pies del Postiguet y del Castillo de Santa Bárbara.

Una vez hechas las presentaciones, Jaime nos invitó al mejor Fondillón que hayamos probado nunca (y del que como gran amante de los vinos, ha difundido sus bondades por todo el mundo), acompañado de unos rollitos de vino, como manda la tradición de la terreta.
Allí, la conversación comenzó por Solveig, pero como veréis, fue enlazándose con multitud de temas inesperados.

Él la recordaba como aquella jovencita sueca que había llegado a Alicante sin hacer el doctorado, y que encontró en esta ciudad el sitio ideal para hacer su doctorado de la mano de José Lafuente (que estaba entonces expedientado) y de Figueras Pacheco (que "era gente liberal, republicano"). Aquí Solveig se encontró un problema: al doctorarse en Estocolmo, tenía que defender su tesis, pero ella la había realizado en castellano, y estuvo obligada a hacerlo en francés para poder llevarla a cabo.
Junto a ella, defendió la Albufereta, que comenzaba a ser el primer bocado jugoso de las fauces del desarrollismo que acechaba esta ciudad. El gobierno había decidido que la solución a todos los problemas económicos vendría en forma de turismo, y que por tanto, había que reconvertir el país y arrancar una industria de sol y playa que en Alicante tendría su meca. Para ello, era necesario comenzar arrasando la Albufereta, que entonces era un paraje donde apenas había unas casetas de pescadores, y el conocido yacimiento romano.

En esta vida cada uno se defiende y lucha con sus manos, sus instrumentos y sus capacidades, pero la herramienta no es indicador de la fortaleza. Lo es el espíritu.
Si a una panadería entra un maleante y sale el panadero con el rulo de amasar, y si fuera en un taller, saldría el mecánico en cuestión con una llave inglesa. El carpintero, se defendería con un martillo, y el barrendero con la escoba… Ante una injusticia, el pintor utilizaría sus “armas” para dejarla reflejada en un cuadro, y el poeta, escribiría los versos más emotivos.

Pues bien, una arqueóloga como Solveig, utilizó su dignidad y su coraje para permanecer estoica frente a las excavadoras; y un abogado como Jaime, utilizó sus mejores recursos legales y su arduo trabajo investigando entre papeles y leyes para dar con la clave que detuviera aquello. Fue su labor la que consiguió que, a finales de los años 50, no se destruyera la valiosa historia de Lucentum, y por tanto, la de Alicante.

Decreto del Yacimiento de la Albufereta:
“En el año 1951 ya se había solicitado al ministerio la declaración de Monumento Nacional”, sin embargo, la tramitación estaba paralizada, quizá por el tráfico de influencias e intereses inmobiliarios del “boom” de la construcción que estaba preparándose. No sería hasta la publicación del Decreto del 22 de Septiembre de 1961 cuando se declaró como Monumento Histórico-Artístico al Tossal de Manises.

“Fue una declaración muy importante: establecía como zona de yacimiento la colina y un área delimitada por la carretera de Alicante, la línea del trenet y la vaguada limitada por terrenos de cultivo (lo que posteriormente sería un Camping) según figuraba en el plano unido al expediente."
Existe la sospecha de que alguno de los edificios que se levantaron pegados al yacimiento actualmente vallado, se levantara sobre restos arqueológicos de gran valor sin ningún miramiento. Jaime afirma que “Debajo de los edificios que bordean hay una necrópolis ibero-púnica y el puerto-factoría griega. Arriba (en el Tossal de Manises) solamente empezaba en el siglo 3 A.C.”

Las primeras pistas fueron clave para arrancar su proceso de investigación. Jaime Pomares ató cabos gracias a su permanente estudio e investigación: “Habían aparecido en el museo (el Arqueológico Provincial, en los bajos de la Diputación hasta que se creó el MARQ) dos estelas bizantinas”, que pusieron sobre la pista a Jaime de que ahí existía algo realmente importante y de mayor antigüedad que los restos romanos.

Alguien que tiene una gran cultura sabe que desde el inicio de las civilizaciones, los asentamientos humanos no se producían por casualidad, y siempre se realizaban en lugares que facilitaran la vida o aportaran algo especial. Desde que el hombre abandona el nomadismo y se asienta de manera permanente en el territorio, busca lugares que le aseguren el abastecimiento de recursos básicos: alimentos y agua, así como lugares que garanticen una buena protección, y una posición estratégica para desarrollarse, vinculada a las vías principales de transporte y comunicación (grandes rutas y puertos).


Pues bien, a los pies de la Serra Grossa, se tenía el cobijo deseado para establecer un asentamiento óptimo. Y prueba de ello es que, civilización tras civilización, mantuvieron este lugar como su asentamiento. Existía un pequeño manantial que afloraba de las entrañas de la roca de la Serra Grossa, y que era suficiente para una pequeña población. Asímismo, la fértil huerta alicantina (que hasta su destrucción en el Siglo XX seguía en funcionamiento) les aseguraba los víveres, y la laguna o “albufera” que existía junto a la hoy conocida como playa de la Albufereta, era un magnífico puerto natural con calado suficiente para que los barcos atracaran y desembarcaran sus mercancías. Conociendo estos factores, aunque en los años 50 este lugar fuera muy diferente (la laguna se desecó artificialmente a inicios del Siglo XX), la Albufereta desprendía para Jaime Pomares y los arqueólogos todos los ingredientes esenciales para ser el caldo de cultivo perfecto de un asentamiento de gran interés. Además, los frecuentes hallazgos de vasijas cerámicas no hacían sino confirmarlo.

Mapa del Siglo XIX de la Albufereta, donde podemos ver a la derecha el Cabo de las Huertas y a la izquierda la Serra Grossa. En el centro, la albufera natural que se desecó al iniciarse el Siglo XX, y que sirvió de puerto natural para los barcos mercantes romanos. Los restos de los muelles primitivos se encontraron en las obras del encauzamiento del Barranco de la Albufereta hace pocos años.

Hoy bien sabemos que la Albufereta fue cuna de civilizaciones en Alicante desde tiempos inmemoriales, y antes que los romanos, ya existieron poblados de íberos, e incluso neolíticos. Este lugar era el terreno ideal: pero no sólo la colina del Tossal de Manises, sino también la ribera del barranco de Orgegia - Juncaret que desembocaba con sus aguas pluviales en la laguna; y también la planicie que llegaba hasta los pies de la Serra Grossa era un lugar idóneo.

Pero esto no estaba tan claro en los años 50 (o no se quería tener tan claro) y los gobernantes estaban más atentos al negocio que a estos factores, porque Jaime Pomares dio con un plan que desembocaría en la destrucción de todo aquel paraje natural, así como de todos los restos que se pudieran encontrar bajo el suelo. Se iban a esfumar cientos de datos, hallazgos y páginas de nuestra historia esenciales… Los restos arqueológicos del Tossal de Manises se lograron salvar por la presión internacional, que sin saberlo el Régimen, se estaba coordinando desde dentro.

Como bien nos cuenta Pablo Rosser, Pomares sabía que el padre de Nordström trabajaba en el periódico sueco de mayor tirada (el diario Dagens Nyheter, de tendencia liberal). Desde el año 55, se fueron publicando numerosos artículos alertando de la posible destrucción de aquellos fantásticos restos situados a miles de kilómetros, en aquél país anclado en el pasado, que trataba de crecer a ritmo de destrucción, llamado España. En aquellos artículos estaba implicada nuestra “conexión sueca”: Solveig y Jaime, pero los artículos se publicaban bajo seudónimos o nombres de supuestos turistas escandalizados, para evitar un expediente a Pomares o la expulsión de Nordström.
En España las oficinas del Ministerio de Información y Turismo recibían traducido todo cuanto sus embajadores les notificaban que se contaba sobre España en las agencias de noticias extranjeras. Se debía velar por guardar una imagen positiva del país, porque interesaba mucho el aperturismo, tanto por hacer méritos para ingresar en la ONU, como para ser un destino atractivo para recibir el turismo extranjero, con cuyas divisas se pensaba recuperar la economía.
La imagen de un país que destruía un importante yacimiento de una ciudad romana para levantar rascacielos y hoteles no era nada positiva, y esta historia tan poco reconocida del Alicante de los años 50 fue vital para salvar Lucentum: el Estado se vio obligado a claudicar ante la presión internacional y optar por proteger la ciudad romana y su área de influencia con tal de que las rubias suecas vinieran a lucir palmito en nuestras playas.


El abogado motorizado
Titulamos así este apartado por el frenético ir y venir de Jaime, que iba de un lado a otro de la ciudad, hablando, gestionando, indagando… Todo comenzó cuando un cliente le dijo que le habían comprado unos terrenos para hacer un camping. Se trataba del centro de la Albufereta, el lugar donde antaño estuvo la laguna y la desembocadura de la rambla.

“Fui a documentarme al catastro, a ver las escrituras… y cogí al procurador como testigo de una gestión privada previa. Cuando llegamos al lugar, salió un señor que decía que era suizo, y nos dijo “O se van en 5 minutos o llamo a la Guardia Civil”. Yo le respondí que estaría “encantado” de que lo hiciera, puesto que sabía que no podía ocupar aquellos terrenos, y que la Guardia Civil tendría algo que decir. Cuando vio mi actitud, ya se detuvo.
En ese momento aún no estaban moviendo tierras.
Aquél hombre había comprado los dos laterales: el de la carretera y el del ferrocarril. Era una franja de 20 o 10m de ancha a lo largo de todo el cauce.”

Como Jaime nos decía, según las leyes urbanísticas del momento, se especificaba que esa distancia de servidumbre mínima sería válida sólo si se trataba de un barranco, pero si el accidente orográfico era un fondo de lacustre no se podía admitir. Como buen conocedor de la historia de Alicante, Jaime sabía que aquello había sido un lago, y he aquí que el amor a la tierra le aportó un conocimiento esencial para abrir las puertas a la salvación de aquél lugar.

“Como aquello era un lago, empecé a ver qué pretendían hacer, y vi que el tipo quería hacerse con toda la Albufereta. Como alicantino no lo podía permitir.
Hablé con un abogado del Estado. Y me dio un consejo: “tú empiezas ahora a moverte, y no sabes quién está detrás de esto, no te puedes crear enemigos…” El hombre era republicano, ya estaba expedientado, y me recomendó que me olvidara de ello (sí, aquello me lo dijo el abogado del Estado).
En el catastro de rústica estaba un amigo mío, y me aportó toda la documentación que necesité, pero nadie se mojaba el culo. Me fui al registro de la propiedad (que nos representa a todos alicantinos) y les dije “Quieren robarnos la Albufereta”. Su contestación fue tajante: “Aquí que vengan a inscribir lo que quieran que le daremos carpetazo, que se perderá el expediente… y ya quedará aquí parado.” Y cuando los empleados no quieren, ya se sabe…”


Por suerte, no todos los funcionarios tenían miedo, y Jaime comenzó a sumar ayudas de diferentes lugares, cada uno aportando lo que podía.
“Cuando ya tuvimos el registro, fui a por más al Catastro de Rústica: ¡Aquello tenía dos hectáreas y pico! ¡más de veinte mil metros! Pero el comprador podía hacer una hipoteca... Les dije lo del lecho del lago. Lo denuncié en la Confederación Hidrográfica del Júcar, al Instituto Geográfico y Catastral…”
Jaime nos explicó que según un procedimiento legal establecido por el artículo 205 de la Ley Hipotecaria, se permitía que un propietario de una serie de terrenos pudiera inscribir tierras circundantes en los lindes si no eran propiedad de nadie. Éste era el procedimiento que estaba empleando el comprador desconocido, al hacerse con los bordes del cauce, para después tener una opción de compra sobre el espacio que quedaba dentro. Pero era necesario demostrar que se tenía posesión, y lo demostró poniendo un camping.
Algo que hoy consideraríamos una barbaridad, por construir en medio de un barranco, parece que en aquél entonces no importaba lo más mínimo si producía pingües beneficios.

“Hice una denuncia, y envié una copia a la Dirección General de Patrimonio del Estado. Nunca supe quién estaba detrás de aquello tan gordo. Hablando con un alicantino que había participado en la División Azul, supe que el tal “Suizo” no era suizo: era un Teniente Intérprete de la División Azul. ¡Ya me cuadraba todo! El otro, supe que era don Agatángelo Soler, el Alcalde de Alicante en ese momento.”
En aquella operación estaban implicados alicantinos de pro, e incluso algún alemán que se había refugiado en la España de Franco para huir de los juicios de Nürnberg por sus responsabilidades en el partido Nazi.

"En 1961 el camping estaba hecho, y estando yo en Suecia, vino la riada… Agatángelo estaba en una visita oficial en Zaragoza. Salió de Zaragoza y cuando llegó a alicante ya no era Alcalde. Lo cesaron a raíz de la denuncia en Patrimonio, porque Agatángelo lo permitió siendo total conocedor.”

La sabiduría popular con la que se bautiza a los lugares, trasciende muchas veces a las características del propio lugar y es heredada siglos después. Fue entonces cuando alguien abrió los ojos y se dio cuenta de que aquél nombre de “Albufereta” se debía precisamente a eso: a una albufera, y si no, se habría llamado “el Barranco” o algo parecido.

A miles de kilómetros, en Suecia, Jaime Pomares pudo respirar con tranquilidad al ver que por fin, se había salvado la Albufereta.



La Albufereta en 1956 y en 2007.

Hoy en día se permite edificar en el perímetro del área arqueológica, pero eso sí, con licencia previamente condicionada a que se haga una excavación arqueológica seria. Y según lo que se encuentre, se edifica o no. De haber continuado este Camping, el siguiente paso habría sido la total edificación de aquél lugar, con lo que se habrían destruido los yacimientos del Cerro de las Balsas, que hoy están arrojando tantísimos y descubrimientos, y probablemente, hubiera ocurrido alguna desgracia con una de nuestras frecuentes “riadas”.

El pelotazo del Gran Sol:
Jaime nos fue amenizando la tertulia con algunas de las muchas otras historias curiosas en la que participó en aquél Alicante de los 60 y 70, que decidió a golpe de ladrillo transformarse para siempre. Aquí nos cuenta las sombras y sospechas de favoritismo del concurso manipulado para la adjudicación de la parcela de este hotel, donde se presentó una oferta que claramente sabía con antelación que se les permitiría levantar muchísimas más alturas de las permitidas en el momento.
“Alicante tenía unas normas urbanísticas adecuadas a lo que era esta ciudad, que era lo que debía ser. En zonas como la rambla, el máximo permitido era Planta Baja + Entresuelo + 7 pisos + ático. Prueba de ello es la casa de La Unión y el Fénix.”
Sin embargo, apareció el “Gran Sol”: “Ese solar, con la reforma interior de grandes poblaciones, quedó en propiedad del Ayuntamiento, que lo sacó a subasta pública. Yo tenía un cliente que quería edificar ahí, que vino con el arquitecto Luis Martínez Feduchi. Era el arquitecto del Ministerio de Asuntos Exteriores y de la cadena hotelera Hilton, y salvó el patrimonio del Museo del Prado de la guerra. Vino, levantó el plano, y el cliente dijo: “quiero quedármelo”. A él le dijeron el máximo permitido que se podía construir, y que podía llegar hasta ahí sólo, por lo que realizó el proyecto acorde con este límite. Lo metieron en sobre de subasta, se abrió, y se lo llevó Alonso (recordemos que el edificio Gran Sol realmente se llama “Edificio Alonso”).
Esa misma noche llamé a Luis Martínez, y le dije que no nos lo habían dado. Le dije cuánto habían ofrecido pagar los ganadores, y me dijo: “imposible”. Pero claro, no sabía qué licencia de construcción se les iba a conceder. Ahí comenzó la destrucción de alicante.”



La pérdida de patrimonio:
Jaime recuerda dolorosamente cómo en aquellos años 50, eran algunas personalidades las que con sus decisiones transformaron para siempre (y para mal, en muchos casos), Alicante.
Fue el Obispo quien decidió que desapareciera el cementerio de San Blas: “Era romántico y precioso. Allí estaban enterrados todos los alicantinos históricos”.

“Y para darle más capacidad a la iglesia: se carga el coro de San Nicolás.
Hablé con “Miguel López el Gitano” para que no diera la licencia (el gran arquitecto alicantino era entonces el arquitecto municipal). El hombre estaba asustado, pues se enfrentaría a “su ilustrísima…”. Era un coro de piedra tallada, con rejería, paso procesional… Claro, tras esta decisión no todos sabían que había comprado la finca “Les Reixes” y aprovechó todo lo que le venía bien para embellecerla. Pero todo el coro no está ahí, porque el abad se quedó doce sillares y los vendió.”

El Castillo de Santa Bárbara:
Jaime Pomares es sobrino de Don Aureliano Ibarra Manzoni, político liberal nacido de padres ilicitanos en Alicante en 1834, y hermano por parte de su padre (Antonino Ibarra Vidasol), de Pedro Ibarra Ruiz, arqueólogo y figura muy importante para Elche. Fue figura del pensamiento ilustrado del Siglo XIX en Alicante y España. Como nos dice Enrique Cerdán Tato en sus “Gateras”, era un apasionado, estudioso y subversivo. Sus artículos periodísticos molestaban mucho a los conservadores monárquicos, que lo persiguieron hasta encerrarlo en la cárcel en 1867: las mazmorras del Castillo de Santa Bárbara, con un grupo de compañeros republicanos, un año antes de la revolución del 68.
Don Eleuterio Maisonnave lo puso al frente de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Alicante, siendo su primer presidente, y hacia 1884, administró los bienes del Conde de Casas Rojas. Murió hacia 1890, tras una vida llena de vicisitudes.

Jaime Pomares conoce, gracias a su diario donde describió su celda, cómo fue aquél año del cautiverio de esta figura que sufrió la prisión por sus ideas liberales.
Pues bien, el concejal Pedro Romero, le impidió poner una placa en homenaje a su figura como uno de los primeros demócratas argumentando que el Castillo de Santa Bárbara es un Bien de Interés Cultural. Sin embargo, nos señala muy dolido cómo sí que se ha permitido ubicar unos horrorosos aseos en plena fortaleza.

Este es el peso de la historia en Alicante.

Anecdotario de un alicantino en Suecia:
Las siguientes páginas corresponden al llibret de la Barraca El Cabasset de 1998 (premio de aquel año al mejor llibret de barracas). Se trata de un artículo de Jaime Pomares, caligrafiado de un modo espléndido por Adolfo Belló, el presidente de la barraca.
En ellas podemos leer cómo Jaime recuerda Alicante desde la distancia. Las Hogueras de San Juan son parte de ese imán que tira cada año a Jaime Pomares desde Estocolmo hasta Alicante, para revivir esos momentos únicos que sólo se producen en Alicante.
Os invitamos a leer y disfrutar sus palabras y anécdotas, como por ejemplo, que encontró una "Santa Faz" en una iglesia sueca, a miles de kilómetros de nuestro famoso convento:

(click sobre las imágenes para ampliarlas)



Instinto de sabueso:
Existen dos maneras de detener la injusticia: tirarse a las ruinas a parar las excavadoras, o usar la cabeza para sumergirse entre documentos. Jaime es un luchador en la sombra, movido por su alicantinismo, de esos a los que nadie levanta monumentos porque sus hazañas no son de epopeya, pero cuyos resultados son tanto o más importantes, como hemos podido ver.

Además, Jaime Pomares no cesa actualmente en sus indagaciones, y sigue arrojando pistas y promoviendo iniciativas para conseguir éxitos en la ciudad de Alicante.
Incluso está convencido de que en el Cerro de las Balsas debe haber una basílica:

“Yo siempre tenía instinto de “sabueso” y sabía que fuera había algo. Había un antecedente: el puerto, y la necrópolis donde ahora llevan excavados cerca de 1000 enterramientos. He hablado con Pablo (Rosser), y le he dicho que es una necrópolis muy tardía. En esos tiempos esto estaba cristalizado. Hay dos bases de altar bizantinas en el museo (Marq) que las trajeron de por aquí (Cerro de las Balsas). Aquí tiene que haber una basílica. Y está en las balsas, porque el bautismo primitivo se realizaba con un rito de inmersión. Y ahí siempre ha habido un nacimiento de agua, y aún nace hoy. Luego ahí está la basílica.
De momento no se han excavado, porque las balsas son propiedad de un campesino. Normalmente las zonas de enterramiento estaban en los caminos de entrada /salida a las ciudades. Y justo aquí, salía un camino que entraba hacia Vistahermosa…”


Un ejemplo de alicantinismo:
Jaime Pomares, es sin duda, un ejemplo de cómo todos podemos contribuir, con nuestras capacidades y dentro de nuestras posibilidades, a impedir que se siga destruyendo nuestra ciudad, y sobre todo, a ofrecer nuevas cosas positivas que la mejoren. Ha vivido cientos de casos en Alicante, con los que ha conocido cómo se mueve aquí cualquier iniciativa a partir de intereses particulares. Su trabajo le ha llevado hasta a descolgarse con arneses del macho del castillo para certificar el estado de la roca y la base de la fortaleza. Desde pequeño ha conocido el amor a la ciudad en su familia, y sirva como ejemplo que fue su bisabuelo quien regaló a la ciudad las emblemáticas palmeras de la Explanada.
Es alguien de quien deberíamos tomar ejemplo, por su constancia, su lucha y su amor a la tierra y a la justicia. Jaime Pomares, en la reciente actualidad, sigue aportando grandes cosas a Alicante. Su intervención en el comité que seleccionó a los museos para la red MedRus, que aglutina a un museo representativo de cada país del litoral del Mar Mediterráneo, la cuna más importante de las civilizaciones. Su aportación ayudó a que el Museo Arqueológico Provincial (MARQ) figurara en este selecto club desde 2002 siendo el único museo que representa a España, y permitiendo que por una vez, Alicante figurara en una lista de ciudades por alguna noticia positiva. Gracias a esto, este magnífico Museo se ha dado a conocer más allá de nuestras fronteras. Luego vendrían los reconocimientos, como el Mejor Museo del Año 2004 en Europa, y las colaboraciones con instituciones como el Museo Británico.

Le preguntamos qué diferencia existe entre el Alicante que dejó de joven, y el que se encuentra cada vez que viene desde Estocolmo, y nos dice:

“El alicante de entonces era penoso y el de ahora… es más penoso. Como ciudad, antes era más agradable. Echo de menos la limpieza de la ciudad. Antes baldeaban el centro con unas mangas de riego con 20 o 30 metros de agua a presión. No había polvo. Ahora es todo abandono y descuido…”


Cuando le pedimos que nos dijera cómo podíamos hoy seguir sus pasos, nos dijo:

“Hoy ya no se puede pelear así, porque tropezamos contra un tipo de gente que tiene detrás a unos partidos con los que no puedes luchar. Han transformado la política en un modus vivendi. Ahora no se alcanza la política por méritos y por lograr el bienestar del propio. Se hace carrera política (hijos de ministros que ya son ministros…). Parece que sólo nos queda el pataleo. Hoy haces, escribes, denuncias… y nada. A pesar de eso, yo no puedo permanecer parado e inactivo ante la justicia. Ni siquiera en las cosas más pequeñas, como la denuncia que hice al Seprona ante un señor que hace poco cazaba pajaritos con liga ilegalmente (cola untada en las ramas de los árboles) en las laderas del Benacantil.

Hablando una vez Olof Palme, en un momento dado le preguntaron sobre la opinión de la democracia, y dijo “Bueno, de todos los sistemas que hay es el menos malo, pero para mí tiene un defecto gravísimo: que siendo un sistema tan excelente, la gente acaba votando en contra de sus intereses. Y eso el que vota…”

Ante el panorama desolador, le preguntamos si no nos quedaba esperanza para luchar contra las decisiones que destruyen nuestra ciudad sin contemplación, y con una breve frase, nos resumió su mensaje:
“No os calléis Por lo menos no os calléis.”

Jaime Pomares, de niño, en el Paseo de la Explanada. La ciudad que sus ojos vieron nunca la volveremos a conocer. Noviembre de 1932.

Como os decíamos hablando del Cerro de las Balsas, desde que el hombre abandona el nomadismo y se asienta de manera permanente en el territorio, aparece el concepto del “lugar” y del “hogar”, y con él, surge un vínculo estrecho entre la tierra y las personas que viven en ella y se alimentan de sus productos. Eran los primeros pobladores los que la amaban tanto que le dedicaron divinidades y rituales, o los que luchaban por no ceder ante el invasor aquellos poblados que les habían visto nacer.
Aunque hoy pisemos asfalto en lugar de tierra, los árboles los contemplemos en alcorques encajados en las aceras, el aire no sea puro y el cielo cueste verlo, ese vínculo con la tierra que pisan nuestros pies y que nos ve nacer no ha desaparecido. Y la prueba de ello es Jaime Pomares.

Sirva este artículo de homenaje y reconocimiento, así como de ejemplo para todos los que queremos defender esta ciudad para lograr que mejore y no vuelvan a repetirse errores y destrucciones del pasado.
Gracias a Jaime y Antonio por una charla inolvidable. ¡Esperamos repetir pronto!

 
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