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27 septiembre 2007

ALICANTE EN EL RECUERDO: LA ALBUFERETA

Según los académicos, una albufera es una ”laguna formada por el agua del mar en playas bajas”.
La Partida de la Albufera, como tal, ya aparece en unos documentos oficiales fechados en 1700, ofreciéndonos algunas de sus curiosas circunstancias. La más grave de ellas, era de carácter sanitario, pues las aguas allí retenidas “provocaban terribles males a la población”.
Más datos abalan la necesidad de reducir al mínimo, en cuanto ello sea posible, esta marisma: “cubrir y terraplenar, para evitar los contagios y muchas enfermedades que originan la detención de las aguas” (6 de marzo de 1704).

La Albufera en los años 40

Sin embargo, el problema sigue vigente en 1710 pues se cita un “privilegio aprobando una ordenanza para que en la Albufereta no se pudiera amerar ni curar lino, cáñamo ni otras cosechas, para preservar la salud”.
Es evidente la preocupación de la ciudad por sanear el almarial donde crecía la barrilla, ya que servía para hacer la sosa. Alicante siempre ha tenido “amor patrio” hacia dicho producto, ya que se le denominada “barrilla de Alicante” y era el mejor del país.
Pero, como preocupaba y mucho la salud del vecindario, en 1729, fue convocada la junta de terratenientes para que se aportara dinero “para los gastos de la obra para evitar las enfermedades”. El 5 de abril del mismo año, se produjo una declaración de los peritos sobre “la necesidad de hacer un paredón para sostener y preservar el terraplén que se debía hacer para cegar la Albufereta”.
La obra se hizo, como lo demuestra una resolución capitular de 25 de septiembre de 1730 “para que los dueños de la tierra de la Albufereta pagaran lo que se había repartido para costear la obra”.

La Albufera en 1942

Desde siempre, la Albufereta ha estado prácticamente incomunicada de la capital. Como las plantaciones habían sido objeto de prohibición o eliminación, la Albufereta vivió prácticamente despoblada durante muchos lustros. Es natural, se trataba de un generoso joyero arqueológico por los restos del antiguo puerto interior y por los hallazgos relacionados con la antiquísima urbe que tuvo su asiento en el tossal (Lucentum).
Dicen las crónicas que a la Albufereta sólo se podía llegar por Vistahermosa, ya que el paso por la Sierra de San Julián (Grossa) estaba limitado a una senda incómoda y peligrosa. Cuando Francisco Figueras Pacheco, describe un viaje a la Albufereta, recuerda que “Hasta no ha muchos años no había en ella más que acantilados y derrumbaderos imponentes”. La carretera actual, dice, “Se abrió por entre la roca y el mar, a bastante altura sobre los peñascos donde rompen las olas”. “De una parte, la masa de la montaña cortada casi a plomo para darnos paso, parece gravitar sobre nosotros, de otra el mar que ruge en la hondura, a nuestra derecha, socava la costa que recorremos, orlándola de quiebras y peñascos.”.

La Albufera en 1953

El viajero actual todavía puede encontrar denominaciones antiquísimas no desaparecidas o perdidas. Desde el Tossal verá (o intuirá) dónde está el Mollet o Serra Grossa, la playa de la Almadraba, la Cala de los Judíos, la Cala Cantalares y la Cala Palmera. Pues dicen, justificándolo todo, que la sierra es gorda, que allí permaneció instalada durantes muchos años una almadraba y hubo una colonia de judíos expulsados y mucho cantos de piedra en la cala y palmeras en otras.
Esta zona de la Albufereta es, naturalmente, millonaria en alusiones y generosa en comentarios vertidos por Francisco Figueras Pacheco, que es autor del libro titulado “El antiguo puerto interior de la Albufereta de Alicante”. En él describe amplia y documentadamente lo que fue el antiguo puerto “este lodazal era una espaciosa laguna de agua dulce, rica en pesca, formada por las aguas de las corrientes próximas y de los manantiales que brotaban entonces en las raíces orientales de la sierra de San Julián”.
Si quisiéramos saber algo más de la historia de la Albufera, habría que someter a esta zona a la acción de las modernas y eficaces máquinas excavadoras. Por desgracia, la evolución turística ha tapado, destruído o sepultado la mayor parte de su pasado.

La Albufera en 1936

Francisco Figueras Pacheco, se ocupó de resumir el amplio repertorio de sus investigaciones. “Los datos y observaciones reunidos prueban que la Albufereta no sólo fue un puerto en el sentido estricto del vocablo, sino tambíen que reunió todas las comodidades apetecibles, dentro de la limitación de su recinto: Manantiales próximos a la aguada, de los barcos; abrigo absoluto de vientos y temporales; defensa fácil en trances bélicos, por la guarnición de la contigua plaza fuerte; muelles permanentes de sólida cantera; anchura suficiente para las naves de la época; capacidad bastante para carga y descarga de ocho a diez embarcaciones a la vez; y ensenada exterior, segura y amplia, donde fondear las de eslora superior a la corriente y esperar turno las que no cupiesen en el recinto de los muelles. Lógico es tambien suponer que el tráfico marítimo aconsejó la construcción y reparación de los buques y nada tendría de extraño que el emplazamiento de los astilleros fuese en la orilla izquierda del fondo de la Albufereta. En síntesis: Un puerto importante. Como consecuencia final podemos deducir que la Albufereta reune, tanto por sus condiciones marineras de abrigo como por las dimensiones medidas, suficiente capacidad para que fuese utilizada sin inconveniente alguno tanto por las naves comerciales como por las militares de dimensiones normales”
El historiador alicantino señala igualmente que el viejo Cabo del Aicodre (Cabo de las Huertas) defendía admirablemente el fondeadero de los temporales de Levante, “pues son los únicos molestos de la costa” y señala que el geólogo Jessen que había recorrido la zona años atrás “no dejó de ver que esta enseriada, sobre ser la más segura de la bahía, es mucho mejor que el sitio en que se emplazaron los actuales muelles de la capital.

La Albufera en 1970

Como ya hemos dicho al principio del artículo, por allí están las ruinas de Lucentum... junto al gran asentamiento turístico-playero que fue creado por los promotores locales a partir de los años sesenta de este siglo: por los locales, los regionales, los nacionales y los internacionales, que todos acudieron con entusiasmo a este lugar donde se creaban colmenas habitables para surtir el gran mercado de la demanda.
Pero antes que llegara el boom turístico, la Albufereta tenía mucho gancho, un evidente atractivo para los alicantinos que visitaban, frecuentemente la playa en la época estival. No era fácil llegar por un viejo camino, porque la actual carretera, aunque mas estrecha, nace en los años treinta de este siglo y hasta entonces se iba por un senda. Antes que la carretera había llegado el ferrocarril que tuvo en la Albufereta su estación más proxima a la capital.
Gabriel Miro, maestro de la literatura, calificó de “ferrocarril inquieto” al popularmente conocido por el “de la Marina”, pues desde su salida de Alicante hasta su llegada a Denia, el ferrocarril rompía constantemente la monotonía y se lanzaba atrevidamente entre montañas ciñéndose a sus ladera, en un gesto entre deportivo y valeroso.

Cantera y vía férrea de Alicante-Albufera, en 1930

Fue en 1870, cuando se decidió la construcción de este ferrocarril de via estrecha que había de suponer un gran alivio para los visitantes de la Albufereta.
Años despues, en 1879, la Diputación Provincial resolvió entregar 60.000 reales (parte de un donativo del Gobierno) para “la construcción de un camino que partiendo de la playa de Santa Ana discurra hacia la huerta por la ladera Sur de la Sierra de San Julián”.
Las obras se iniciaron un año más tarde y sería la base de la via actual.


La Británica, refinería de petróleo situada en la salida de Alicante hacia la Albufera, y de la que hablamos en ESTE enlace.


Faro del Cabo de las Huertas

Algunas casetas en la Playa de la Albufera. 1936

La Albufera a finales de 1950

La Albufera, poco después de retirar las casetas de madera. Ya estaba construido el Alfin.

Casas construídas en la Albufera en los años 60.

El Camping Internacional de la Albufera, arrasado por una riada.

Construcción del edificio de la Cantera, en los años 60.

Construcción de rascacielos en la zona de la cantera, en los años 60

Vista de la Albufera desde la Serra Grossa. 1970

Fachada marítima de la Albufera en 1973.

Fachada marítima de la Albufera en 1945. ¿Encontráis las 7 diferencias?

info: Alicante de la A a la Z
fotos: Memoria Gráfica de Alicante y Provincia

Puedes localizar la Playa de la Albufereta en nuestro Mapa de Panoramio

21 abril 2008

EL PUERTO ROMANO DE LA ALBUFERETA

A raíz de la publicación en Alicante Vivo, el pasado 25 de febrero, del magnífico y extenso artículo de Rubén Bodewig titulado “EL YACIMIENTO SUBMARINO DE LA ALBUFERETA”, me permití insertar un comentario en el que afirmaba que nunca entenderé que nos quieran “vender” determinados descubrimientos cuando no son tales.
Así, hacía referencia, por ejemplo, al bombo y platillo que le dieron al supuesto “hallazgo” del Torreón de San Francisco, cuando se excavó durante las obras de encauzamiento de las aguas pluviales en la Rambla y la Explanada, mientras estaba sobradamente descrita dicha torre en numerosos documentos históricos de Alicante sobre el antiguo recinto amurallado, así como en el libro de Pascual Rosser Limiñana, “NACE UNA CIUDAD. ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE LAS MURALLAS DE ALICANTE” (Concejalía de Cultura. 1995).
Añadía a continuación que más recientemente ocurrió algo similar, en este caso con el puerto romano de la Albufereta, cuando se afirmó en los medios de comunicación que se habían “descubierto” sus restos durante las obras de encauzamiento del Juncaret.
A este respecto, terminaba diciendo que guardo un pequeño libro en mi colección de documentos antiguos de Alicante, en el que ya Francisco Figueras Pacheco, autor del mismo, describía estos restos pormenorizadamente: “EL ANTIGUO PUERTO INTERIOR DE LA ALBUFERETA DE ALICANTE. DESCUBRIMIENTO Y DESCRIPCIÓN” (Gráficas Moscat. 1955).

Pues bien, a continuación me propongo hacer un pequeño resumen de algunos pasajes de este estudio de Figueras Pacheco, pero antes me gustaría citar algunos autores y documentos, muy significativos, que nos pueden poner en situación y que transcribo literalmente:

“El momento en el cual el área comienza a ser inundada por las aguas marinas es difícil de precisar, pero la existencia de una línea de fractura postpliocena parece ser el hecho clave. Se trata de una línea de debilidad tectónica que discurre paralela a la costa, introduciéndose tierra adentro por la Albufereta, dejando como horst el área del Cabo de las Huertas. De manera que, posiblemente, desde finales del Terciario, las aguas marinas penetraron en el sector, configurando así una especie de pequeña ría que sería aprovechada para la construcción de un puerto romano, gracias al resguardo que le proporciona el Cabo de las Huertas y que determina el cierre del golfo de Alicante por su sector septentrional”. // “...la instalación aquí de una zona marismeña es un hecho que cronológicamente cabría datarlo de tiempos históricos y al que debieron de contribuir dos factores fundamentales: por un lado, una regresión del nivel marino y, en segundo lugar, la colmatación debida a aportes marinos y, sobre todo, fluviales, que coadyuvarían a la creación de una restinga de débil espesor que sería sobrepasada, únicamente, con fuertes temporales marinos o con ocasión de lluvias muy intensas y con potencia suficiente, capaces de conseguir un desagüe en el mar”.

(“EL SANEAMIENTO DEL BARRANCO DE LA ALBUFERETA: TENTATIVAS EN EL SIGLO XX”. Margarita Box Amorós. 1984)

“...ninguna persona privada o stranya no puixa amerar lli, canem ni altre splet en l’Albufera de dita ciutat aprop de les heretats de Gaspar Bernat e d’en Antoni Merita y d’en Bernat Joan y de moltes altres per lo gran dan queja de la infectio e males odors que donen e fanales gurts qui cullen sos fruyta en ses heretats que tenen en la dita horta sino passen lo mes de octubre...”

(PRIVILEGIO DE FERNANDO EL CATÓLICO, otorgado a la ciudad de Alicante el 18 de enero de 1510)

“...es un depósito natural de aguas estancadas situado al nordeste de la Sierra de San Julián y principio meridional de la huerta por la banda del mar, no lejos de la antigua Lucentum...” // “ Las aguas de esta laguna, corrompiéndose en verano por falta de movimiento y por los despojos de los vegetales nativos, infectan la atmósfera, y producen tercianas muchas veces rebeldes y malignas, que desde la Condomina se extienden a los pueblos de la huerta...”

(“OBSERVACIONES SOBRE LA HISTORIA NATURAL, GEOGRAFÍA, AGRICULTURA, POBLACIÓN Y FRUTOS EL REYNO DE VALENCIA”. Cavanilles. 1797)

Dos pequeños apuntes de la prensa del primer tercio del siglo XX, para documentar el inicio del saneamiento de la zona, ya que no se acometió hasta entonces a pesar de que legislaciones muy anteriores abogaban por acabar con los focos de insalubridad, asunto que por unas cosas u otras, fundamentalmente de índole económica, fue eludiendo reiteradamente el Ayuntamiento de Alicante:

“...están ultimándose los últimos detalles de la obra de desecación de la Albufereta...” // “...y que ha sido tan eficaz que ha hecho desaparecer totalmente aquella charca...”

(La Voz de Levante. 29 de mayo de 1928. “La Albufereta en seco”)

“Seguramente por falta de una monda frecuente y metódica han perdido su eficacia los trabajos de desagüe que se realizaron y «La Albufereta» vuelve a ser un lugar pantanoso, insalubre, por tanto, y peligroso para la colonia que a su alrededor se ha formado desde su saneamiento”.

(Diario de Alicante. 2 de noviembre de 1931)

Más tarde vino la instalación de los emisarios submarinos, nuevos saneamientos de la zona, la incursión del urbanismo desbordado... y en una publicación actual sobre los hallazgos durante las obras de encauzamiento del barranco, nos encontramos el “redescubrimiento”:

“La última cata arqueológica localizada y estudiada ha sido el puerto romano altoimperial (siglos I-II d. C.), ubicado en la margen derecha del cauce, muy cerca de la Playa de l’Albufereta, al inicio del encauzamiento o Área Arqueológica 3. En estos trabajos se ha excavado tanto el fondeadero del embarcadero como una pequeña porción del interior de la instalación portuaria”. // “En conjunto se ha documentado una estructura longitudinal de 48 metros, compuesta de un muro corrido, compartimentado por medio de tirantes en varios módulos (foto 3). El interior del embarcadero se encontró algo deteriorado, hallándose el resto de un pavimento en mortero de cal, que marca la posible línea de suelo del interior del muelle.
En líneas generales, este último hallazgo nos sitúa ante un puerto vinculado a la ciudad romana de Alicante, Lucentum, que se halla no muy lejos de l’Albufereta, en el Tossal de Manises. Dicha instalación permitiría el transporte de mercancías y personal entre el litoral y los barcos fondeados en la actual playa.
Amortizado este puerto, a partir del siglo III d. C., el área es reaprovechada para ubicar una necrópolis (siglo IV d. C.)...” // “La zona meridional del fondeadero se rellenó o se utilizó como vertedero en época tardía (siglos IV-V d. C.)...”

(“RECONSTRUCCIÓN PALEOAMBIENTAL DE L’ALBUFERETA D’ALACANT DURANTE EL PERÍODO ÍBERO-ROMANO”. C. Ferrer, A. M. Blázquez, M. A. Esquembre y J. R. Ortega. 2005)

Embarcadero de la época romana. 2005

Llegados a este punto, veamos la mencionada obra de Francisco Figueras Pacheco, inscrita dentro de la “Memoria de las excavaciones de Alicante. 1934 a 1936”, de las que fue Director, meramente descriptiva, pues no contiene ni una sola ilustración, si bien su cuidada retórica se encarga de dibujar con las palabras lo que sus páginas no contienen gráficamente.
El primer capítulo, titulado “Topografía marinera”, describe el litoral alicantino desde el Benacantil al Cabo del Alcodre (Cabo de las Huertas), pasando por los acantilados de la Sierra de San Julián “que hoy los salva una carretera amplísima” y las ruinas del Tosal de Manises “donde se alzó un día la famosa ciudad de Amílcar” (entonces todavía se sostenía que podía tratarse de Akra-Leuka), se centra en “lo que llamamos la Albufereta en la acepción local más restringida del vocablo”, y menciona los problemas de su pasado pantanoso hasta que se abordó su reciente saneamiento por parte del consistorio alicantino. Comenta Figueras la gran cantidad de restos de construcciones y de cerámica dispersos por todo el cauce del almarjal, así como los claros vestigios del lecho primitivo y trozos de madera restos de embarcaciones antiguas (reconocidas por los técnicos en el Museo Naval de Madrid), y termina diciendo:
“Dos espesos muros de grandes mampuestos que debieron estar coronados de sillares, dejaron considerables trozos de su fábrica, alternados a derecha e izquierda del lodazal, pudiendo seguirse todavía sus alineaciones en longitud de más de 60 metros. Digno también de especial mención es un curioso macizo de cantería admirablemente conservado, con su cantil de grandes sillares, a escasa altura sobre la superficie actual de la marisma, que cerrándola de margen a margen, marca el límite hoy visible de la Albufereta, por el extremo lindante con las huertas. En la partida se le conoce con el expresivo nombre de «El Mollet», diminutivo de muelle en el lenguaje regional. Por el extremo opuesto o sea el que se acerca a la playa, no se observan vestigios de obras que interceptasen la salida al mar. En cambio las que cerca de éste bordean la orilla oriental, son abundantísimas”.
El segundo capítulo, que se titula “El problema fundamental de la Albufereta”, arranca con una pregunta: “¿Cómo explicarse todo lo que nos muestra hoy la Albufereta, sobre el supuesto de que fuera siempre un ingrato charco?”. Al poco lanza una segunda cuestión, todavía más intencionada: “¿Cómo explicar que las construcciones más destacadas de estos parajes, aparezcan bordeando precisamente el lodazal, en vez de huir de sus orillas, según aconseja la sensatez menos exigente?”. Y él mismo se responde, concluyendo que la única explicación plausible es que no siempre fue un charco pestilente, sino que:
“Ha miles de años, la faja cenagosa comprendida entre el «Mollet» por un extremo y las arenas de la playa por el otro, era un estero, una ría, un estuario, una superficie en fin, cubierta constantemente de agua, ya porque llenasen su cauce las de una rambla entonces importante, ya porque la invadiese el mar, antes de cerrar su entrada las arenas de la playa actual, bien por la acción simultánea de ambas causas. La depresión que aún marca el cauce primitivo y la escasa distancia que lo separa de las olas, lo están diciendo con elocuencia insuperable”.
Concluía Figueras que el hecho de que existieran notables asentamientos alrededor, unido a la naturaleza y dimensiones de las ruinas del cauce, sólo podía denotar la existencia de un puerto, conclusión que reforzaba argumentando, amén de con sus propios trabajos de campo, con un importante desglose de documentos, fundamentalmente del Archivo Municipal de Alicante, entre ellos: los estudios de Chabás avalados por Fernández Guerra y Hübner, la Crónica de Bendicho (transcribe Figueras: “y yo vi entonces que una saetía con sus velas tendidas, se metió dentro de la Albufereta hasta el cabo, que es muy cerca del camino y dio la vuelta, cosa que no sé yo que se haya visto jamás”), y planos y grabados antiguos.

Esquema geomorfológico de la zona de la Albufereta. 2005

El tercer capítulo, el más extenso de la obra, lo dice todo con su título: “Descripción del puerto”. Se compone a su vez de varios apartados: “Forma y dimensiones”, “El dique del Norte”, “Los muelles de atraque”, “Los astilleros”, “Capacidad del vaso”, “Las naves antiguas”, “El fondeadero exterior”, “Comunicaciones” y “Síntesis”. Detengámonos en algunos aspectos y datos que aporta Figueras Pacheco en estos subcapítulos:

1. El cauce tiene forma de “N” muy estirada, cuyo trazo más largo es el que llega a la playa. La longitud total se aproxima a los 300 metros, y la anchura es de 40 metros en la entrada del puerto, pasando apenas a 30 metros en el resto de la ría. Antes de fabricarse los muelles, parece ser que las dimensiones eran bastante mayores.

2. El dique del Norte, el popularmente denominado “El Mollet”, es la obra mejor conservada. Es un macizo de cantería de 1,80 metros de ancho “formado por dos hiladas de sillares de piedra, perfectamente careados y unidos entre sí los de cada hilada, por encajes de cola de milano”. // “Por debajo de este cantil, la obra es de mampostería, de pequeñas dimensiones y sobresale en la actualidad unos 70 centímetros del suelo... Forma un arco de círculo de 30 metros de radio con 1,25 de flecha y 17,70 metros de longitud de la cuerda. A ambos extremos y formando con esta cuerda ángulo de unos 120º, se inician dos muros, el de la izquierda de 7,30 metros de longitud, que más tarde cambia de orientación, para continuar durante unos 2 metros paralelo al eje de la Albufereta en ese lugar. El de la derecha, de unos 5 metros, viene a unirse con la prolongación de un muro... // ...apoyo de uno de los lados de un arco de alcantarilla, por la que en tiempos pasados debió desaguar normalmente la rambla o regato que dio origen a la Albufereta”. // “...a unos 3,80 metros del cantil del «Mollet», se encuentran vestigios de un camino romano que lo cruza paralelo a él, con una anchura apreciable de 3,40 metros”. // “...hallazgo de los estribos de un puente de 4,40 metros de luz, bajo el que cerca del «Mollet» y a unos 14 metros del eje de la rambla, debieron fluir las aguas desviadas en defensa del dique”.

3. En cuanto a los muelles, se fueron disponiendo alternativamente en ambas orillas, para aprovechar así el espacio disponible, y a su vez dejar el suficiente para que las naves maniobraran. El que mejor se conserva se halla en la orilla derecha del primer tramo a partir del “Mollet”. Dice Figueras que es “un muro de 62 metros de largo (o al menos esta es la longitud en que nosotros hemos podido seguirlo) que corre a lo largo de la primera rama... // ...y cuyo cantil, está separado 15 ó 20 metros del bancal más próximo. Sobre este muro puede apreciarse una obra, que permitiría suponer corría a lo largo de él un camino”. // “...puede apreciarse que la mampostería es de grandes mampuestos, la que nos permite suponer, así como su orientación, abrigada de la boca de la Albufereta, que esto constituía un muelle de atraque...”. A continuación describe en la orilla oriental otro muelle, de 63 a 65 metros de longitud y 1,20 metros de espesor, en la segunda rama de la N, que bien podría ser el más antiguo, por ser también el más próximo a las faldas del Tosal. Y en la tercera rama, de nuevo en poniente, restos de un muro de unos 90 metros de longitud, que bien podría haber sido otro muelle.

4. Para calcular la capacidad, Figueras Pacheco hace un estudio de las dimensiones de las embarcaciones de la época de carácter mercantil, pues desecha la posibilidad de un uso militar. Esloras de 30 metros darían una capacidad superior a las 100 toneladas para buques de vela, y afirma que, dadas las dimensiones del puerto, “los muelles de la Albufereta, estuvieron en condiciones de servir para la carga y descarga con toda comodidad, de ocho a diez naves a la vez”. Además, la ensenada exterior del puerto, al abrigo del Cabo de las Huertas, ofrecía en todo momento condiciones óptimas como fondeadero, caso de tener que esperar para acceder al recinto interior.

5. Y en cuanto a los caminos que llegaban y recorrían el puerto, describe indicios de uno que lo bordearía por la orilla occidental (derecha), y afirma la clara existencia de otro que transcurría por la opuesta, y se encontraba en perfectas condiciones a un metro de profundidad bajo la superficie actual del campo. Este último, bordea por la parte del mar el Tosal de Manises, recorre el puerto, cruza la rambla más al interior, y se dirige a la parte posterior de la Sierra de San Julián, para enlazar con el ramal de la Vía Pretoria que llegaba hasta Alicante. Por otra parte, Figueras afirma la existencia de restos de una calzada romana en las inmediaciones de la Albufereta, que se dirigiría hacia el interior para comunicar la costa con las serranías de Alcoy y comarcas próximas. Por último, el camino más oriental, después de servir de arranque al que subiera a la ciudad, debió seguir con dirección a El Campello para enlazar con la vía romana del litoral.

El cuarto y último capítulo, titulado “Pretérito y futuro”, tiene menos trascendencia para los fines de este artículo, pues como su nombre indica, trata por una parte del tráfico marítimo que tuvieron nuestras costas antes de la llegada de los romanos (cretenses, griegos y cartagineses), así como las repercusiones del mismo en su desarrollo; y por otra, de lo acaecido tras la destrucción de la ciudad, el abandono del puerto, su degradación, y el arduo trabajo de excavación futura si se quiere hacer posible la restauración de las ruinas.
Cosa esta última que es evidente que, hoy por hoy, jamás llegará a ser posible.

ARMANDO PARODI ARRÓNIZ

25 febrero 2008

EL YACIMIENTO SUBMARINO DE LA ALBUFERETA

En mayo de 2002, unos submarinistas aficionados tuvieron la suerte y el privilegio de vivir un momento mágico y emocionante. Hallaron los restos de un barco hundido en la bahía de Alicante, y decidieron comunicarlo a las autoridades. El descubrimiento de este tesoro fue el primer paso en una cadena de investigaciones hasta que, en el año 2005, el Taller de Imagen de la Universidad de Alicante editó este reportaje audiovisual realizado sobre los apasionantes trabajos de arqueología submarina realizados en un barco romano hundido a escasos 800 metros de la Playa de la Albufereta.


Recreación de naves romanas.

Esta excavación tuvo que realizarse con suma cautela, para evitar el expolio de estos restos por parte de cazatesoros y submarinistas desaprensivos con nuestra historia y patrimonio. La localización exacta nunca se publicó, y se mantuvo bajo un necesario control para evitar un desastre.
Todas las piezas se encontraban en un estado de conservación muy favorable, por lo que constituyó un importante resto arqueológico con el que comprender el funcionamiento del puerto comercial que existió en la albufera natural que existió junto a la ciudad de Lucentum y el Cerro de las Balsas.

Como bien se contó en este artículo sobre el origen de las poblaciones, es probable que Lucentum se ubicara precisamente en el Tossal de Manises de la Albufereta por su condición privilegiada, junto a un manantial de agua dulce que afloraba de la Serra Grossa, protegidos por la montaña, ubicados en lo alto para ver llegar al enemigo, junto a una fértil huerta, y especialmente, por estar junto a una laguna salada con comunicación directa con el mar, que por su profundidad, permitía la entrada segura de los barcos para amarrarlos en los muelles, y poder comerciar de un modo seguro (gracias a que nunca se urbanizó el barranco, los restos de este puerto aparecieron hace pocos años durante las últimas obras del encauzamiento del barranco de Orgegia-Juncaret en la desembocadura de la Albufereta).

Asímismo, en las rocas ubicadas junto al actual edifico Alfín y el Puerto Deportivo de la Albufereta, se crearon unos muelles de piedra para navíos de mayor porte que no podían entrar en la albufera.









Fotografías de la zona de rocas entre la Playa de la Albufereta y el Puerto Deportivo, en las que se aprecian los restos de rocas extraídas por la mano del hombre, y primitivas construcciones como muelles para embarcaciones. Este conjunto está totalmente abandonado, y pese a estar sometido a la erosión de las olas del mar durante miles de años, permanece todavía de un modo reconocible. Actualmente es un lugar idílico desde el que uno se puede sentar a ver la puesta del sol tras la ciudad, contemplando la bahía sentado junto al agua.


Mapa del Siglo XIX de la Albufereta, donde podemos ver a la derecha el Cabo de las Huertas y a la izquierda la Serra Grossa. En el centro, la albufera natural que se desecó al iniciarse el Siglo XX, y que sirvió de puerto natural para los barcos mercantes romanos. Los restos de los muelles primitivos se encontraron en las obras del encauzamiento del Barranco de la Albufereta hace pocos años.

Este puerto natural fue motor de crecimiento del municipio lucentino y sus predecesores íberos hasta que la laguna se fue colmatando de lodos provenientes de las avenidas periódicas de agua, que arrastraban grandes cantidades de sedimentos provenientes del interior, y que limitaron el calado de los barcos hasta impedir que entraran.
Quizá este momento fue parejo con la crisis económica y la caída del Imperio Romano, que conllevó el traslado de la ciudad a las faldas del Benacantil, y el uso de la Playa del Baver como puerto y fondeadero de barcos mercantes hasta la creación del Puerto de Alicante.

Se tiene constancia de la existencia de la laguna durante el Siglo XIX como zona pantanosa y lacustre, similar a los humedales que encontramos en la Vega Baja, y ésta fue desecada al iniciar el Siglo XX para evitar la aparición de epidemias por el agua estancada.

Imaginemos el puerto de aquel municipio romano, fortificado y ubicado junto al mediterráneo, al que llegaban los barcos cargados de mercancías y materias primas, y desde el que salían los productos elaborados en nuestra huerta. Junto a los productos elaborados, llegaban la cultura, los conocimientos y las noticias del exterior. Fueron siglos y siglos, en los que durante la Antigua Roma y el Imperio, se extendió el comercio, la cultura, la lengua, la religión... y la vía de comunicación más importante y efectiva, a pesar de las importantes calzadas romanas, era la que aportaban las rutas marítimas.







Ejemplos de navíos mercantes y militares romanos.

Uno de aquellos barcos, cuya eslora se estima en 12 metros con una manga de 4 metros, un día cualquiera del Siglo I d.C. naufragó en una tfrente al embarcadero de la costa del paraje hoy conocido como Albufereta. Quizá arribando a puerto, quizá justo al partir... Seguro que aquél desastre no tuvo la trascendencia que aquellos cuyos ojos fueron testigos, pudieron imaginar. En aquél momento, el problema fue económico, y seguro que algún mercader perdió importantes sumas, por no hablar del destino del responsable del barco.
Pero aquello pasó, y el paso de los siglos fue haciendo que desapareciera del recuerdo...

Dos milenios después, la casualidad hizo que aparecieran sus restos, y aquél barco, congelado en el tiempo, llegó al futuro a contar esta historia a todos los alicantinos.




En 2003, tras la primera fase de extracción, los especialistas del COPHIAM, determinaron que se halla en un óptimo estado de conservación. La actuación arqueológica, según Pablo Rosser, permitió extraer la totalidad del mercante romano, que sesenta vasijas, varias de cenas de ánforas de aceite, parte de la bomba de achique, cestería, cordajes, redes, anzuelos y once lingotes de cobre, con un peso de 70 kilos. Además, se estimó que la posible causa del naufragio fuera una tormenta. Rosser confió en que su estudio de forma detallada permita descubrir nuevos datos sobre la vida en Lucentum hace 2.000 años.
También dijo que "es la primera vez que se realiza un estudio de este tipo en la Comunidad Valenciana porque nunca se ha excavado tan a fondo un barco romano. De hecho es la primera vez que se ha conseguido recuperar la carga que llevaba un pecio de estas características".




Navíos romanos grabados en monedas de la época. La importancia de los viajes en mar era tan grande que las naves desataban pasión y orgullo. Los largos viajes de las grandes rutas marítimas duraban años, y la sociedad de las ciudades costeras como Lucentum siempre tenía población viajando por el mar. Muchos de ellos nunca regresaban...


El Guanche tuvo que tener un aspecto similar al de estos barcos romanos.


Los restos de El Guanche, nombre con el que se bautizó al pecio del siglo I que se dedicaba al comercio entre La Bética y la costa alicantina, se encuentran sumergidos y protegidos para evitar su deterioro. No obstante, Rosser afirmó que se va a realizar en breve una nueva prospección «para confirmar unos datos en torno a la estructura del maderamen». Dicho proyecto, que ya ha recibido el permiso de Patrimonio, lo llevará a cabo el Centro de Arqueología Subacuática con la coordinación del COPHIAM gracias a fondos europeos. «Más que excavación estaríamos hablando de una toma de datos», destacó el arqueólogo.

Probablemente, en el futuro estos restos puedan ser expuestos para que todos podamos imaginar ese Alicante de hace 2000 años en el MARQ de Alicante. Gracias a que gran parte de la superficie del casco del barco (se conserva una superficie de 8,60m x 2,70m) se quedó enterrado en arenas fangosas con un bajo nivel de oxígeno, podría recuperarse esta madera, siendo tratada previamente, para ubicarlo en el museo.

Asímismo, en la zona se ha determinado que existe un auténtico parque arqueológico submarino, ya que con las prospecciones para instalar el nuevo emisario submarino, se han hallado restos fechados entre el siglo IV a. C. y el V d. C.
Las sospechas sobre la riqueza arqueológica que esconden las aguas de la bahía de la Albufereta se subestimaron, y con los últimos estudios subacuáticos desarrollado por la Consellería en 2005, se probó que el puerto de Lucentum fue el más importante que existió en Alicante desde el siglo II antes de Cristo hasta el final del Imperio Romano.
Tras las excavaciones que se hicieron en 2002 en el pecio "El Guanche", y los muelles portuarios de Lucentum que aparecieron tras las obras de acondicionamiento del barranco en 2005, se sabía que en las profundidades de estas aguas podía encontrarse más material portuario. Pero en ninguna de las cábalas que se hicieron, se esperaba un tesoro submarino como el hallado.
Según el arqueólogo que dirigió los trabajos de prospección, Carlos de Juan, "todas las rutas comerciales de la antigüedad hicieron parada en el puerto que se situaba en la Albufereta". El yacimiento submarino que posee más de 40 hectáreas y en el que se han hallado piezas fechadas desde el siglo IV antes de Cristo hasta el V d. C. En definitiva, un total de nueve siglos de historia portuaria.

Entre los centenares de piezas (que está catalogando el MARQ y la Consellería) se encuentra un fragmento de vasija griega inscrita del siglo IV antes de Cristo, prueba fehaciente de que en época del comercio griego este puerto alicantino tenía mucha importancia. También se han hallado ánforas grecoitálicas, provenientes de la zona sur de Italia (siglo III antes de Cristo); fragmentos de ánforas de la Roma republicana, denominadas Dressel Uno, y otras del Alto Imperio. A esto se le unen restos de vajillas de cocina tanto de Italia como del África Romana (Túnez).

Asimismo, según el arqueólogo alicantino, existen indicios de nuevos naufragios que se deducen por el encuentro de clavos de hierro. Esto se debe a que cuando la madera no queda protegida bajo tierra, la madera la devoraban los xilófagos, dejando sólo los clavos como testigos. Además se hallaron restos de la comida de los barcos que atracaban en la Albufereta, que permiten arrojar datos sobre las dietas del momento.
Todos estos hallazgos, fruto de 150 catas de sondeo, prueban que la Albufereta era un puerto donde se comerciaba, se reparaba, se abastecía y se realizaban paradas de descanso.
Muchas naves buscaron en la playa alicantina refugio por las buenas condiciones del mar que ofrecía el lugar, aunque algunas, llegaban demasiado dañadas y antes de arribar, se hundían en las proximidades.

En la zona se han hallado más de 80 monedas de plata y vellón, y una posible de oro, con la impresión IMP CONTANTINI AUG, con la efigie del empereador laureado, y varios modelos de reversos, siendo el de mayor abundancia el de Genio Populi Romani (Genio con patera haciendo una libación)

Incluso siglos después, en la misma zona se produjeron hundimientos en los barcos que partían desde Alicante o se dirigían hacia su puerto. En el mismo 2005, se hallaron dos nuevos pecios (de los siglos XV y XIX) en la costa del Cabo de las Huertas (uno de ellos el primer barco lapidario hundido del que se tiene constancia hasta el momento en toda la Comunidad Valenciana).

Esto es una evidencia más de que los fondos marinos de la bahía de la Albufereta, son un gran yacimiento arqueológico que debería protegerse y vigilarse de un modo especial ante la posibilidad del expolio.

El descubridor de los dos navíos (lo que le da el derecho de ponerles nombre) fue Jorge Mora, un profesor asociado de la UA y aficionado al buceo. Fue el pasado abril cuando en el transcurso de una sesión de submarinismo en la zona se topó con los restos de ambos naufragios, que no se encuentran a mucha distancia entre sí, según explicaron a este diario los miembros del equipo multidisciplinar encargado de la excavación subacuática.
Mora dio rápidamente parte del hallazgo a la Guardia Civil, cuyo grupo de buzos se desplazó al lugar y balizó la zona, y también lo comunicó a la Conselleria de Cultura, quien a su vez se puso en contacto con el MARQ ofreciéndole tomar las riendas de la investigación. Los responsables del museo pensaron enseguida en el Taller de Imagen de la UA para el trabajo de reconstrucción virtual del barco.

El pecio del Siglo XIX transportaba láminas de pizarra, y el del Siglo X, transportaba sillares de piedra. Ambos estarían vinculados con la construcción.

En el barco medieval se encontraron diversos fragmentos de cerámica, como una perolita de cocina de pasta rojiza y con esmalte interno, aunque la carga principal del barco, y probablemente la clave del naufragio, son dieciséis grandes piedras sillares de formas no homogéneas (una mala colocación de la carga, exceso de peso, corrimiento de las piedras, o quizás por un temporal...).
El yacimiento se encuentra a unos ocho metros de profundidad, muy cercano al litoral y justo enfrente de lo que siglos atrás fue una cantera en la que todavía hoy quedan huellas de aquella actividad. Tras la investigación, se propuso la realización de un trabajo de investigación urbana para conocer qué edificio histórico de Alicante presenta en su construcción la misma técnica de piedra labrada y que fue, por lo tanto, el frustrado destinatario de esa carga hundida.

La antigua cantera del Cabo de las Huertas, de la que se extraían las rocas calizas y se cargaban directamente en los barcos que fondeaban en cerca, para transportarlas a las ciudades cercanas. Probablemente utilizarían los actuales salientes de roca a modo de muelles. Puedes localizarla en nuestro Mapa de Panoramio.

El barco, de 14 metros de eslora y un peso cercano a las 20 toneladas, transportaba un cargamento que no era para una gran travesía sino para una zona próxima.

Para poder acceder al maderamen del barco y excavarlo (está enterrado en un 90%), los buzos utilizaron grandes globos hinchables de 500 kg cada uno para desplazar los sillares unos centímetros, con una operación muy delicada (pues pueden hacer efecto ventosa con lo que esté debajo de los mismos.

Independientemente de si los restos podrán exponerse o no, la reconstrucción virtual sí que fue posible gracias al excelente trabajo del Taller de Imagen de la Universidad de Alicante, que montó una animación a partir de 400 fotografías digitales.

El proceso de excavación comienza con la delimitación y montaje del yacimiento. Primero, limpiando la arena que cubre los restos mediante unos tubos que, gracias a una motobomba, actúan a modo de aspiradora. Esta tarea se tiene que repetir al inicio de cada jornada de trabajo si la noche anterior ha habido viento. El siguiente paso es la fijación de un bastidor rectangular que, en su parte superior, posee unas cuadrículas que dividen visualmente los restos por cada metro cuadrado. De este modo se puede configurar un fotomosaico digital que da una visión completa del aspecto del yacimiento, ya que bajo el mar no se tiene la misma perspectiva de conjunto.

Hoy en día, en las aguas de la costa española, se calcula que hay más de 3000 barcos naufragados de todas las épocas. Este tesoro sumergido es de un incalculable valor, y se encuentra ante el peligro del expolio de los coleccionistas y de las empresas caza-tesoros, que buscan hacer negocio con el patrimonio de todos. Si pudiéramos lograr que se invirtiera en la recuperación de estos restos, podríamos escribir mucho mejor nuestra historia, y admirar los restos de estos navíos en museos de arqueología naval.

Fuentes:
Bajo el Agua
Ancient Ships: the ships of antiquity
Galleria Navale
Commentariola Hispaniae

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El Faro de Tabarca y los hundimientos

20 febrero 2010

LA CONDOMINA / ALBUFERETA EN EL RECUERDO DE DIEGO J. ESCOLANO

Además de la afición que por uno u otros temas tenemos los que formamos parte de Alicante Vivo y escribimos en esta web, hay un valor añadido y es la satisfacción de que los lectores que nos siguen a diario, confíen en nosotros para contarnos sus vivencias más queridas. Y eso es lo que ha pasado con Diego J. Escolano, que es un seguidor nuestro, un alicantino de pies a la cabeza y que ha alternado su vida entre Carolinas y la Condomina y la Albufereta, donde según expresión propia, ha pasado los momentos más felices de su infancia y donde su familia, tanto paterna como materna, estaban fuertemente arraigados, ya que su padre nació en la Torre de las Águilas (que al parecer fue temporalmente de los abuelos de Diego), la Finca Picó fue de sus abuelos paternos, la Finca Ansaldo, de sus abuelos maternos y la famosa Casa Filo era de una tía abuela suya.


Albufereta primeros años 60: la carretera de ascenso a la Serra Grossa, aún no está hecha, la Finca Adoc sólo tiene 3 bloques y en la arena se vislumbran los modernos pabellones de baño.
             
El abuelo paterno de Diego, Diego de nombre también, que corrió por Argelia (como buen Santapolero), por París a los 16 años, y por Estados Unidos antes de cumplir los 25, volvió sabiendo hablar 5 idiomas (lo que le convirtió en traductor “oficioso” de la zona, cada vez que llegaba algún turista de los pocos que lo hacían en esa época) y teniendo cierta cultura que unida a su imponente aspecto físico, ya que era un hombre de más de 1,80 de altura y muy fuerte, le convirtió en un hombre muy respetado en la zona. Fue alcalde pedáneo de Vistahermosa durante la sublevación militar del 36, y gracias a que salvó la vida a distintas personas adineradas, pudo salvar la suya al acabar la contienda. Su otro abuelo, Pepe, afiliado a la CNT, izó la bandera republicana al día siguiente a que Franco emitiera el parte de final de la guerra, y ahí la mantuvo durante todo el día. Su madre, que trabajó desde muy pequeñita en el campo para poder pagar la finca, es hoy una de las pocas personas oriundas de la Condomina que sobrevive allí pese a los embates, presiones y trabas de promotoras y Ayuntamiento.

El abuelo materno de Diego: José Ramón Seva, en la entonces carretera local A-190, hoy avda de La Condomina.

Playa de la Almadraba, donde se ven los primitivos Apartamentos Alfin y a la derecha la frondosa pinada del Camping Bahía.
  
Así mismo, los primeros apartamentos que se hicieron por allí, fueron los del edificio Picó que sigue en pie y está detrás del polideportivo de la Albufereta. Los construyeron sus tíos, José María y Diego, que también construyeron (entre otras cosas) la antigua parroquia de la Albufereta (la subterránea) en el Camino de la Colonia Romana, y urbanizaron la avenida de Ansaldo.
Es difícil apreciar en estas fotos cómo era la vida en La Albufereta / Condomina en los 50-60, incluso en los 70. Casi ninguna de las calles y casas que hoy las surcan existían en esos momentos. Unos pocos chalets, y mucho campo. Tanto que en ocasiones alguna rabosa se atrevía a bajar por allí. Los que rondan o pasan la cincuentena recordarán seguro las extensiones de tierra baldía –antes huerta- llenas de regaliz, de acelgas silvestres y de algarrobos. Miles y miles de gorriones, algunas serpientes “sacres”, y poco más. Era tal la tranquilidad de la zona, que desde Ansaldo en noches tranquilas y según soplara el viento se oían las olas de la playa de San Juan.

Los apartamentos Picó en construcción. En la última foto se aprecia detrás del edificio, Casa Filo, a la derecha (la de los arcos), es la Finca Picó y al fondo a la izquierda la Torre de las Águilas, donde nació el padre de Diego.

La Condomina: solo con la torre de Sarrió, al fondo el Xiprer y la Mitja lliura...la casa blanca del centro de la foto es la finca Ansaldo.

La Colonia de la Albufereta.

Urbanización de Castillo de Ansaldo (a la altura de los apartamentos El Pelícano y Novaire). Como se ve, la torre Castillo (hoy integrada en un centro comercial) no tiene almenas.
       
En la década de los sesenta, se podía jugar tranquilamente entre las ruinas de Lucentum, antes de que se cerrara. Lucentum, o mejor, el Tossal y todo lo que llega de tierra hasta la cova perteneció por cierto a la finca Picó. Se vendió primero la zona de costa (aún no se atisbaba, ni se conocía el turismo, y casi nadie podía sospechar lo que luego iba a suceder), más tarde el Tossal. Mucho más tarde la tierra de lo que hoy es la urbanización “California”.

San Jorge, La Jirafa, El paraiso, Vistabella, Hirma...la nueva Albufereta.
    
Luego llegaron las palas excavadoras, el asfalto enterró la regaliz, la gente ahuyentó a las rabosas, y hubo que empezar a fumigar contra los mosquitos, porque los gorriones y las golondrinas empezaron a no volver. Cosas del progreso.


Agradecemos a Diego J. Escolano, la gentileza que ha tenido con Alicante Vivo al confiarnos sus vivencias y las fotos que han hecho posible este artículo y que nos aporta un valioso testimonio sobre la vida en una zona alicantina, que tanto ha cambiado.



 
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